Por: Juan Carlos Rocha |
Edmand Lara acaba de sufrir la mayor derrota de su corta carrera política.
En el capítulo más reciente de esta suerte de reality show boliviano —nuestro particular Game of Thrones criollo—, el protagonista terminó admitiendo, aunque sin decirlo explícitamente, que sin poder real el poder no sirve de nada.
Agotado, lanzó un pedido de auxilio desesperado, una especie de ‘hablemos, salvemos lo nuestro, todavía estamos a tiempo’.
Sea o no plenamente consciente de ello, lo ocurrido el fin de semana marca un punto de inflexión decisivo: en su condición de vicepresidente, en su relación con el poder y en su futuro político con aspiraciones presidenciales.
Vamos por partes.
Durante semanas, Lara dirigió al presidente Rodrigo Paz algunos de los peores adjetivos posibles en política:
• ‘Títere de Doria Medina’ (20 nov).
• ‘Mentiroso’ y ‘cínico’ (23 nov).
• ‘Rodrigo Paz no vale la pena, no vale un peso’ (22 dic).
• Sus ministros son ‘oportunistas, ambiciosos y pelotudos’ (22 dic).
• ‘Gobierna para los ricos y con corruptos’ (23 dic).
• ‘Rodrigo Paz está loco’ (9 ene).
• ‘A Rodrigo Paz lo tengo cagando, lo tengo de los huevos’ (25 ene).
• Dijo que quiere asumir la Presidencia por un solo día para descubrir las ‘irregularidades y maleantadas de la Presidencia’ (28 ene).
• ‘Estamos en un narcoestado, el Gobierno protege a los narcotraficantes’ (28 ene).
Y varias otras descalificaciones aberrantes, todas lanzadas sin pruebas. Estas son sólo las que vienen a la memoria ahora mismo.
Pocas horas después de la acusación de ‘narcoestado’, el 30 de enero el Vicepresidente pidió hablar con Rodrigo Paz y lo invitó a dialogar para ‘resolver diferencias’.
Pero más que una convocatoria sincera —que en todo caso tendría que hacerse en privado y no por TikTok—, sonó a desafío de pandilla, a ajuste de cuentas a puño limpio: ‘Rodrigo Paz Pereira, cuando tú digas, a la hora que tú digas y en el lugar que tú digas, ahí voy a estar’.
No pasaron ni 24 horas cuando TikTok volvió a estallar con otro giro dramático: como Paz no respondió y decidió ignorarlo, Lara dijo respetar su decisión, anunció que ‘por el momento’ lo dejaría gobernar y se despidió con un ‘a partir de hoy no te voy a nombrar’, aunque, eso sí, manteniendo ‘las puertas abiertas al diálogo’.
En redes, el episodio fue interpretado de mil formas, la mayoría burlonas: despedidas adolescentes que no quieren ser despedidas, sino chantajes emocionales. El despechado que no pierde la esperanza de volver.
Horas después el video desapareció de su cuenta de TikTok, como antes desaparecieron otros episodios incómodos como el de la inesperada confesión de infidelidad conyugal grabada el 16 de noviembre en un trayecto del tercer anillo interno de Santa Cruz.
Si esto fuera una telenovela, la gráfica de rating dibujaría en este punto un pico tipo Sajama. Pero no lo es. Es política. Y el protagonista no es un actor local, sino el vicepresidente de un país. Ese es el problema.
La pregunta de fondo es evidente: ¿por qué este cambio abrupto de estrategia —que no de actitud— del Vicepresidente?
Algunas razones parecen claras:
Primero. Con dos viajes al exterior del Presidente Paz, el Decreto 5533, la firma digital y todo lo que eso implica, quedó en evidencia que Lara no ejercerá la Presidencia interina ni cinco minutos, ni siquiera para la foto del recuerdo. Eso tiene que provocarle la mayor frustración de su vida.
Segundo. Su locuacidad desbordada, la incontinencia verbal, los insultos, la postura de oposición interna y la falta total de tacto llevaron al Gobierno a bloquear casi por completo su capacidad de acción. La única unidad estratégica que dependía de la Vicepresidencia —del área tecnológica— fue cerrada por decreto y sus funciones transferidas al Ministerio de la Presidencia.
Tercero. Lara puede presidir la Asamblea Legislativa, lo que suena bien en el papel, pero en la práctica su poder es mínimo: no tiene bancada. Sin ella, no puede impulsar ni bloquear leyes. Ya lo comprobó.
Cuarto. La Vicepresidencia no maneja recursos. Ni siquiera el pago de su sueldo depende de él, como ya lo experimentó cuando se quejó públicamente por un retraso. Cada vez que ‘se porta mal’, el Ministerio de Economía puede volver a ‘demorar’ el desembolso. Lara mucho menos podrá financiar o proyectar una estructura política propia: no administra fondos.
Lara descubrió, en definitiva, que puede ser el segundo hombre del país, vicepresidente constitucional del Estado Plurinacional y todo lo que quiera, pero que en los hechos su presencia es casi prescindible.
No tiene poder en el cargo. Tampoco en la calle.
La prueba fue el 22 de enero, durante la celebración del Día del Estado Plurinacional en La Apacheta, que intentó capitalizar ante la ausencia de Evo Morales y el MAS. ¿El resultado? Cuatro gatos.
Casi se podría decir que hay más gente en La Apacheta cuando un bus se detiene a hacer una ofrenda a la Pachamama antes de salir de La Paz a Oruro, que cuando Lara convocó a celebrar una fecha de nombre rimbombante y legitimidad discutible.
La razón de ese fracaso es simple: sin recursos Lara no puede dar pegas en el Estado; sin pegas no hay gente que vaya ni lleve a otra gente a los actos; ni hay dinero para pagar a los asistentes.
En este escenario, a Lara le quedan sólo dos caminos reales:
1. Recomponer su relación con el Gobierno del que forma parte, acompañar el proceso como corresponde, compartir éxitos y asumir responsabilidades, para intentar construir una proyección presidencial de continuidad dentro de cinco años.
2. Renunciar a la Vicepresidencia, asumir una oposición real y empezar desde ahí la construcción de una alternativa de poder hacia 2030.
El problema es que la primera opción ya no depende de él. Y del otro lado no hay ninguna prisa ni entusiasmo por volver a confiar en alguien que dinamitó todos los puentes.
Pero como esto es Bolivia, y Lara es Lara, lo más probable es que elija una tercera vía: aferrarse al cargo en un Gobierno con el que dice no estar de acuerdo, para no perder las migajas: un sueldo decente, auto, chofer, seguridad y algún viaje al exterior que le caerá por invitación.
Lo que quizá no advierte es que cuando en 2030 intente ser Presidente, los electores le dirán: ‘Capitán, usted ya estuvo cinco años en el Gobierno. Nosotros lo pusimos ahí. Y no hizo nada. Sólo TikToks’.
En paralelo, el mayor beneficiado de los desequilibrios del Capitán de Punata es el presidente Rodrigo Paz: uno hace TikTok; el otro trabaja. A su manera, con promesas centrales hasta ahora incumplidas (50/50, cierre de la Aduana, perdonazo tributario, digitalización del país, acabar con el Estado tranca…), y algunas ambigüedades, sí. Pero gobierna, que es su trabajo. Y tiene algunos aciertos, particularmente en el plano del relacionamiento internacional.
Además, por contraste, la elección entre uno y otro es clara.
Por una necesidad de seguridad personal y nacional, nadie quiere vivir cerca del peligro. Y Lara es eso: la palabra que no se cree, lo inesperado que da miedo, la puñalada por la espalda.
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