Por: Ramiro Sánchez Morales |
Dicen que los padres tenemos un truco secreto que la ciencia no explica. Somos seres de carne, hueso y olvidos; hombres que a veces cargan con el mal humor como si fuera una bufanda vieja y que se pierden en el laberinto del trabajo. Pero, cuando el mundo de un hijo se triza, ocurre el milagro: nos brotan manos de gigante bajo la camisa gastada y la espalda se nos ensancha hasta volvernos murallas invisibles.
Yo no soy un hombre perfecto. Soy un ser humano que se agota, que confunde fechas y que tiene las manos endurecidas por la rutina. Sin embargo, poseo una alquimia antigua: la de mudar el hambre de mi estómago al de ustedes. Mi cuerpo ha aprendido a nutrirse solo con ver sus platos llenos, porque mi verdadera fuerza no viene del pan, sino de esa luz que emiten sus ojos cuando están tranquilos. A veces, cuando los miro dormir, siento que mi corazón se expande tanto que las paredes de la casa tienen que ceder para dejarlo latir.
Camino por la casa como un árbol antiguo,
con raíces de roble y sombra de aguacero,
a veces distraído, a veces ambiguo,
pero si ustedes lloran, soy el primero.
Mi palmada en su hombro tiene un don bendito:
detiene los vientos, espanta el fracaso,
hace que el miedo se vuelva chiquito
y que el universo quepa en mi abrazo.
Hay una magia invisible en el "hola, papá". Es una frecuencia que me reconstruye los huesos y ordena los astros. Cuando la voz de Ramiro me llama, siento que mis pies se anclan a la tierra para que nada me mueva; cuando Pablo me busca, el cansancio se convierte en pólvora; cuando la luz de Natalia me ilumina, mis sombras se disuelven; o cuando el impulso de Thiago y la chispa de Mateo me alcanzan, el tiempo se detiene en seco. El sol sale a medianoche y mi pecho se vuelve una fragua donde fundo todo mi dolor para transformarlo en seguridad para ustedes.
He descubierto que mi amor por ustedes tiene el poder de doblar las esquinas del destino. Si la vida intenta golpearlos, mi sombra se estirará hasta cubrirlos por completo, volviéndolos invulnerables.
Tal vez sea un viejo gruñón, tal vez mis defectos se cuenten por miles, pero si alguna vez sienten que el suelo desaparece, busquen mi mano. Aunque mis fuerzas flaqueen, haré un pacto con la tierra para que no se mueva y le pediré a los inviernos que pasen de largo de su puerta. Con una sonrisa, les diré el único hechizo que ha mantenido al mundo en pie desde el inicio de los tiempos: "Tranquilos, hijos míos, que mientras yo respire, todo saldrá bien".
.jpg)




%20(1)%20(1).png)
