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EL DÓLAR SALIÓ DEL CLÓSET

Por: Gonzalo Chávez Álvarez |

Hay momentos en que la economía se parece más a la psicología que a las matemáticas. Durante meses Bolivia vivió una curiosa terapia colectiva de negación. El gobierno insistía en que el tipo de cambio oficial seguía siendo una cosa (6.86 – 6.96 Bs por dólar) , mientras el mercado, con la terquedad que caracteriza a los mercados cuando escasea un bien, utilizaba otra completamente distinta, entre 9 y 10 Bs por un Washington. 

Era un secreto tan público que ya nadie se molestaba en esconderlo. Los importadores, exportadores, empresarios, inversionistas e incluso buena parte de las familias hacían sus cuentas con un dólar diferente al oficial. El Banco Centra del Bolivia (BCB), mientras tanto, publicaba diariamente un elegante “tipo de cambio referencial”, nombre sofisticado para evitar pronunciar las palabras prohibidas: mercado paralelo mayorista.

La escena recordaba esos matrimonios donde todos saben que la pareja está separada, excepto la pareja. Hasta que ocurrió lo inevitable. El Ministerio de Economía y Finanzas presentó la resolución ministerial 245 que representa mucho más que una modificación administrativa. Es, en realidad, el certificado de defunción del viejo régimen cambiario fijo que Bolivia mantuvo durante casi quince años. En la línea de recuperar la independencia del BCB, este anuncio debió hacerlo la autoridad monetaria. En fin, la carabina de Ambrosio. A rigor también hay que aclarar que el “nuevo” régimen cambiario flexible es un retorno al sistema vigente entre 1985 y 2011. El viejo y cumplidor Bolsin. ¡Hola perdido!

Conviene aclarar una confusión bastante extendida. Mucha gente cree que el gobierno acaba de devaluar la moneda. En realidad, la devaluación ocurrió hace meses. El mercado ya había hecho ese trabajo sin pedir autorización a nadie. Lo único que acaba de cambiar es que el Estado decidió dejar de discutir con la realidad. Y, como suele ocurrir, la realidad terminó ganando por puntos.

La innovación central del nuevo sistema parece técnica, pero tiene enormes implicaciones económicas.

Desde el 2011, el tipo de cambio era básicamente una decisión administrativa del BCB. Ahora será el resultado del promedio ponderado de las operaciones reales de compra de dólares realizadas por los bancos con sus clientes. Dicho en castellano: el Banco Central deja de inventar el termómetro y empieza a leer la temperatura del mercado de divisas.

Es un cambio importante. El precio del dólar deja de parecerse al resultado de una reunión ministerial y comienza a reflejar, aunque imperfectamente, lo que verdaderamente ocurre en el mercado.

Naturalmente, el BCB conserva cierto control. Publica diariamente el tipo de cambio oficial, limita el margen de venta de los bancos (coloca un techo de 10 centavos) y mantiene capacidad regulatoria. No estamos frente a una flotación completamente libre. Tampoco frente al viejo tipo de cambio fijo.

Más bien estamos entrando a una flotación administrada. Un sistema bastante conocido en el mundo y que Bolivia ya utilizó exitosamente durante varias décadas después de la estabilización de 1985.

En otras palabras, el dólar deja de vivir encerrado en una vitrina y comienza a caminar por la calle, aunque todavía acompañado por un guardaespaldas del Banco Central.

Este nuevo régimen cambiario tiene varias virtudes. La primera es que reduce la enorme discrecionalidad política. El tipo de cambio comienza a construirse sobre transacciones efectivas y no sobre voluntarismos.

La segunda consiste en dejar de quemar reservas internacionales, que de hecho ya no tenía, defendiendo un precio artificialmente barato. Durante años el Estado vendió dólares como si todavía viviéramos en la época de la abundancia gasífera. En buena parte del gobierno de Morales y Arce se quemó como 12.000 millones de dólares sin decir Jesús y esta boca es mía.

La tercera ventaja es que ayuda a unificar el mercado cambiario. Cuando existen varios precios para un mismo dólar, inmediatamente aparecen arbitrajes, privilegios y rentistas profesionales. En economía, pocas especies se reproducen con tanta velocidad como quienes descubren una diferencia de precios subsidiada por el Estado.

Finalmente, el nuevo régimen mejora la credibilidad internacional. Los organismos multilaterales, inversionistas y calificadoras suelen desconfiar de los precios administrados cuando estos contradicen persistentemente al mercado. O sea es un buen guiño de ojo a la suegra FMI.

Pero este nuevo régimen no fabrica dolares. Aquí aparece el detalle más importante de toda la historia. Este cambia la forma de calcular el precio del dólar. No crea un solo dólar adicional. Y esa diferencia lo cambia absolutamente todo.

Sería como instalar un velocímetro digital de última generación en un automóvil que sigue sin gasolina. El tablero ahora será mucho más preciso, pero el vehículo continuará detenido. Bolivia no enfrenta una crisis de cálculo cambiario. Enfrenta una crisis de oferta de divisas.

La producción de gas cayó dramáticamente. Las exportaciones generan menos dólares. El déficit fiscal sigue elevado. Las reservas internacionales continúan siendo reducidas y una parte importante está compuesta por oro, un activo muy valioso pero bastante menos líquido cuando el mercado exige intervenciones rápidas.

En semejante contexto, el nuevo régimen puede administrar mucho mejor la escasez. Pero administrar la escasez no equivale a eliminarla.

La prueba de fuego no llegará durante una semana tranquila. Llegará el día en que aumente súbitamente la demanda de dólares. Por ejemplo, si la economía comienza a recuperarse.

Ese será el momento en que descubriremos si el nuevo mecanismo posee suficiente credibilidad para absorber el estrés o si volverán a abrirse brechas importantes entre el mercado formal y el informal. Los economistas solemos decir que un régimen cambiario nunca se pone verdaderamente a prueba durante el buen tiempo. Se prueba cuando llega la tormenta. Los paraguas siempre funcionan perfectamente… hasta que empieza a llover.

La sostenibilidad del nuevo régimen dependerá mucho menos del reglamento que de las políticas económicas que lo acompañen.

Bolivia necesita generar más dólares mediante exportaciones, atraer inversión privada, reconstruir rápidamente las reservas internacionales y ordenar las cuentas fiscales para disminuir la enorme demanda de divisas que hoy genera el propio Estado.

También será fundamental fortalecer la independencia técnica del BCB. Los mercados confían mucho más cuando quienes administran la política monetaria son elegidos por su solvencia profesional y cuentan con estabilidad institucional, no cuando permanecen indefinidamente en condición de interinos esperando mejores tiempos políticos.

En el fondo, ningún régimen cambiario puede ser más sólido que la economía que lo sostiene. Los tipos de cambio no producen confianza. La reflejan.

El dólar siempre termina siendo un espejo bastante cruel. No muestra el país que quisiéramos tener, sino el que efectivamente hemos construido. El nuevo régimen cambiario constituye, sin duda, un paso en la dirección correcta. Pero no olvidemos que cambiar el termómetro jamás ha sido suficiente para curar la fiebre. La verdadera medicina sigue siendo la misma de siempre: producir más, exportar más, ahorrar más, gastar mejor y reconstruir instituciones creíbles.

Porque, al final del día, los dólares son profundamente democráticos: siempre terminan votando por las economías que generan confianza.


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