Por: Agustín Zambrana Arze |
Cunas vacías, un cambio silencioso que ya está tocando la puerta de Bolivia
Mientras Pekín intenta descifrar por qué sus cunas se quedan vacías, el fenómeno se espeja en Europa. En Francia, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, las muertes superaron a los nacimientos el año pasado. El mundo está cambiando su forma de crecer y, de repente, el desafío ya no es el exceso de población, sino el vacío que dejan los que no nacen, más adultos mayores, menos fuerza laboral y una presión asfixiante sobre los sistemas de salud y pensiones.
Bolivia no está en ese extremo, es cierto, pero sería un error creer que estamos al margen. Nuestra realidad demográfica ya entró en una transición silenciosa. En los años noventa, el promedio era de más de 4 hijos por mujer, hoy, según datos del INE, estamos rozando los 2,1.
Ese número, el 2,1, es lo que los demógrafos llaman nivel de reemplazo. Es el punto de equilibrio. Por debajo de eso, la población empieza a reducirse si no hay migración que la sostenga. Para dimensionarlo con claridad, nuestra natalidad ha caído aproximadamente 41% desde 1990. Si miramos solo la última década, la reducción ronda el 17%. Los números están ahí, aunque no queramos verlos.
¿Por qué ocurre esto? No es un fenómeno ajeno. Es el resultado de decisiones íntimas y valientes que se toman en la mesa de la cocina de los hogares. Cuando el trabajo es inestable, cuando el acceso a una vivienda digna parece un sueño inalcanzable y los costos de crianza se disparan, tener hijos deja de ser un paso natural para convertirse en una decisión de riesgo. A esto se suma, por supuesto, la mayor formación académica y la necesaria inserción laboral de las mujeres. Es parte del desarrollo de una sociedad, pero trae consecuencias que todavía no estamos sabiendo enfrentar.
Aquí en Bolivia todavía no discutimos esto con la seriedad que merece. Seguimos confiando en que somos un país joven, y lo somos, pero esa es una ventaja con fecha de caducidad. El bono demográfico no es eterno. Depende de que seamos capaces de ofrecer oportunidades reales para que las nuevas generaciones decidan que vale la pena quedarse, emprender y formar un hogar aquí.
No se trata de decirle a nadie cuántos hijos debe tener, esa es la libertad más sagrada, sino de preguntarnos qué tan difícil le estamos haciendo la vida a quienes quieren construir un proyecto de familia. El empleo formal y la seguridad jurídica no son solo temas económicos, son el motor que genera la confianza necesaria para apostar por el futuro.
El caso de China nos deja una lección. Cuando un país reacciona tarde a sus señales demográficas, ya no hay decreto, palo ni ley que logre revertir la tendencia. La población no crece por orden administrativa, crece cuando hay certidumbre.
Bolivia tiene hoy una oportunidad de oro para planificar con calma y no reaccionar con desesperación en diez o veinte años. El desarrollo no es solo ver subir el PIB, es crear un entorno donde un joven vea un horizonte posible y no un callejón sin salida.
Los datos no hacen ruido, pero hablan claro. El futuro no se improvisa, se construye creando condiciones para que las familias puedan proyectarse con tranquilidad. Porque al final, el país que viene no se definirá en los discursos, se definirá en las decisiones de millones de hogares que necesitan razones para creer en Bolivia.
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