Por: Manfredo Kempff Suárez |
La vieja y bella Santa Cruz de la Sierra, cuando doblaban las campanas de la catedral por una muerte, era motivo de misas, comentarios y marchas al cementerio, pero ahora se ha convertido en un pueblo donde la vida vale muy poco. Ya no doblan las campanas o no se las escucha por el bullicio pueblerino. Santa Cruz de los Balazos, o Santa Cruz de los Difuntos, podría ser su nuevo nombre, si nos fijamos cómo el bandolerismo se ha adueñado de la ciudad y del departamento.
Es cierto que la urbe ha crecido mucho, dos millones – o cerca – ya no es poca cosa, y en las grandes ciudades suceden los peores crímenes, robos y accidentes. No nos vamos a comparar con México o con Bogotá, por cierto. Pero es que la violencia ha surgido en Santa Cruz desde hace una década o algo más y como México y Bogotá se ha extendido por el resto de su territorio. Pero, también, como México y Bogotá, el narcotráfico ha sido el elemento principal de los asesinatos, guardando las proporciones con nosotros, naturalmente. Ciudad de México tiene 9 millones de habitantes y el DF casi el doble, mientras que Bogotá está cercana a los 8 millones.
Lo que asusta es que la delincuencia común, cuando corre la bala y el insulto vengativo al mismo tiempo, es nuevo. Fue un acontecimiento terrible las muertes de los políticos Roca y Barbery terminando la década de los 40, de lo que se habló durante mucho tiempo. Como fue el asesinato del científico Noel Kempff Mercado, abatido por narcotraficantes. O los crueles asesinatos a sangre fría en el hotel Las Américas donde tres extranjeros fueron acribillados por agentes gubernamentales, pero que, hasta ahora, no existe una cabeza responsable. Estos eran verdaderos sucesos que conmovían a la ciudadanía.
Ahora, matan y no pasa nada. Dizque en los últimos cinco días (escribo el martes) han asesinado a nueve personas, entre ellos a un teniente de la Policía. Nada es político, al parecer. Todo es, aparentemente, ajuste de cuentas entre sujetos vinculados con el narcotráfico. Pero, algo más, hay más muertos extranjeros que nacionales. Brasileños, sobre todo. El principal “modus operandi” es la motocicleta. La motocicleta se ha convertido en el arma más mortífera que existe en la ciudad, no solo porque es la preferida para ejecutar a enemigos, no porque facilita la huida cobarde, sino también para asesinar a transeúntes inocentes o para que los motoristas se suiciden en sus locas carreras o manden al otro mundo a sus confiadas cortejas, a las que, por supuesto, casi nunca les facilitan un casco protector. Ver a dos sujetos montados en una moto en algún lugar lejano o desguarnecido es como ver a un individuo armado y amenazante. Recuerda la Colombia de Escobar. Se debería hacer como en otros países vecinos, donde solo las motos llevan un pasajero si tienen un permiso especial y así eliminar el abuso y la soberbia de los orates de la velocidad.
Las noticias sobre los ajustes de cuentas en Santa Cruz capital son permanentes y ni que se diga en San Matías, allí en esa tierra colorada junto a la frontera con Brasil. Y en los últimos días las balaceras de los narcos se han trasladado a uno de los lugares más hermosos de la Chiquitania, con su bella iglesia misional, y de los más desarrollados y emprendedores: San Ignacio de Velasco. Hasta esa próspera ciudad se han desplazado para cobrar sus cuentas pendientes en el negocio sucio de la droga los pistoleros en motocicleta y enmascarados con casco. ¿Qué más pueden necesitar para matar a mansalva en plena luz del día?
La Policía hace lo que puede, pero puede poco. No está debidamente armada. Existen inconfesables pugnas internas en la institución y acusaciones terribles que no eran cuentos, porque jefes de alto rango fueron a parar hasta los tribunales norteamericanos. Es cierto que no tienen medios, pero existe algo más: no es lo mismo detener beodos en las noches que enfrentar a tipos dispuestos a matar. No es lo mismo atrapar a unos chupacos sin uniforme en una “rockcola”, que a la banda de Sebastián Marset.
La seguridad de las personas en Bolivia no existe y menos en las zonas donde operan los narcotraficantes. Si la DEA actúa decididamente apoyando a la Policía Boliviana, no hay duda de que volverá la tranquilidad que se merece Santa Cruz entera.






