Por: César Rojas Ríos |
¿El retorno de Evo?
Por cierto, no es el retorno de Ulises ni de nada que se le parezca. Ulises retorna para la felicidad de su esposa Penélope y su hijo Telémaco; pero el retorno de Evo, ¿a quién haría feliz? A los afiebrados, que, inclusive viendo los desastres ocasionados por su Jefazo, optan por no ver. Posan los ojos en otra cosa y recurren a argumentos remanidos o directamente esotéricos. En fin, que algunos eligen la cárcel ideológica donde encerrarse de por vida… ¡allá ellos! No son los únicos, están los cínicos, a quienes les importa un bledo las doctrina, solo saben de beneficios y privilegios en contante y sonante. Y como en el pasado, con Evo, allá estaban, si se da en el futuro, así allá también irán. Y santas pascuas. ¿Y la conciencia? Para estos pragmáticos de la política, eso no se lleva, porque no factura.
“Retorno de Evo”, así titula la columna de Pedro Portugal (PP) en Brújula Digital, 12/8/2026. Piensa que el fantasma de su retorno ronda por los pasillos de los ambientes políticos de Bolivia. No exageremos PP, que Evo lo viene intentando desde el gobierno de Añez, Arce, ahora Paz, y nada de nada. Lo suyo parece ser un delirio renovado alentado a voluntad y dinero, pero no cuaja con una sociedad que no quiere ver para atrás porque siente en rigor lógico que es en gran parte la causa de este presente; porque la caída que le propinaron las “pititas”, parece ser mayor que la caída de Adán del paraíso terrenal.
El desarraigo absoluto.
Todo indica que ahí se quedará, porque salvo los afiebrados y cínicos, nadie quiere su retorno. Nadie en su sano juicio, pues Evo comparte con Lucifer la categoría del eterno expulsado, para el caso, de la Casa Grande del Pueblo. O sea, que le tocará consumirse en las llamas de la estratagema y el deseo perpetuo del eterno retorno, degradado en puro deseo, que, en el ámbito del poder, es el de la inanidad y la anti-política.
Para PP Evo es ya historia. Mala historia, agreguemos. Un desvarío del que a golpes de realidad estamos saliendo. Para Evo, los días que pasan, son instantes que se precipitan como vampiros sobre la anemia de su crepuscular tiempo político. [P]





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