Por: Hernán Terrazas |
Con el pitazo final del árbitro esloveno en la final de la Copa del Mundo, llegó a su fin también el "período de gracia" para el gobierno de Rodrigo Paz. Ha transcurrido ya más del 13% de una gestión de cinco años, tiempo suficiente como para, por lo menos, marcar una idea de la identidad del mandato que se extenderá, si bien les va, hasta 2030.
Quedaron atrás los episodios festivos, globales o locales, que representan siempre una suerte de oxígeno, sobre todo para un gobierno agobiado por la crisis económica y por una incierta manera de manejar las diferentes situaciones que le tocó enfrentar.
De hecho, hay mucho más en el debe que en el haber de la "contabilidad" de una presidencia que todavía está muy lejos de hacer realidad los compromisos que asumió hacen más de ocho meses.
La estabilidad económica no está asegurada. La promesa del 50/50, que buscaba transferir a las regiones el 50% de los recursos del Estado, terminó reducida a un reparto de deudas. Las grandes leyes de transformación siguen en suspenso y sin consensos y, un detalle no menor, el "Bolivia en el mundo" del que se habló al principio no se cumple por la falta de embajadores en la mayoría de las naciones con las que el país mantiene relaciones diplomáticas. ¡Ocho meses sin representantes! Es difícil que el "mundo venga a Bolivia" en esas condiciones.
En cuanto a los recursos que deben venir de fuera con urgencia, inexplicablemente se demoró un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, que no solo significa "plata para asegurar la estabilización", sino que constituye también una condición para que se produzca el desembolso de recursos de otras fuentes internacionales.
El tiempo pasa y el recuento en distintos temas continúa siendo preocupante. Es evidente que el país fue prácticamente saqueado durante las gestiones anteriores, pero, a estas alturas, el diagnóstico ya es insuficiente.
En el caso de las empresas públicas deficitarias, sabemos que el MAS tiró la plata en "negocios" sin pies ni cabeza para demostrar que el Estado puede ser empresario, pero hasta ahora ninguna de esas empresas ha sido cerrada. Es más, por alguna razón que escapa a cualquier explicación económica, incluso se piensa en el salvataje de algunas. Y ahí hay una contradicción entre quienes, racionalmente, hicieron la autopsia y aquellos que todavía creen que algo se puede hacer con un sospechoso botiquín de primeros auxilios.
Es verdad que ningún gobierno puede revertir en pocos meses el deterioro acumulado durante dos décadas. Pero también es cierto que el tiempo político avanza mucho más rápido que el calendario. La paciencia de la ciudadanía tiene plazo fijo y el crédito otorgado en las urnas comienza, inevitablemente, a agotarse.
El Mundial terminó. Con él también concluyó el paréntesis que, de una u otra manera, permitió postergar el juicio cotidiano sobre la gestión. A partir de ahora, el gobierno será evaluado menos por las promesas que formuló y mucho más por los resultados que sea capaz de mostrar.
Porque, al final, la política no se mide por las intenciones, sino por los cambios que logra hacer realidad. Y es que, como en el fútbol, goles son amores y esta gestión, lamentablemente, todavía no abre el marcador





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