Por: Hernando Calla |
Sobre el supuesto "golpe fallido" del 26 de junio que no pasó de ser un plantón de Zúñiga y otros “pachajchos” de Inteligencia Militar perdidos en su propia ensalada gubernamental.
En los años 70 se conocieron historias de defecciones famosas como la de Philip Agee, el exagente de la CIA que publicó “Inside the Company: CIA Diary”, un libro que destapó las actividades de espionaje que realizaba la CIA en países latinoamericanos. Por supuesto que semejante destape de las operaciones non sanctas de la CIA en países que no contaban con las simpatías de los gobiernos estadounidenses de esa época le acarreó graves consecuencias a su autor, quien tuvo que asilarse en Cuba para resguardar su seguridad personal. Fue a través de esos relatos nos enteramos de la existencia de unidades y operaciones de “inteligencia” que poco tenían que ver con la inteligencia como atributo de los seres humanos o los seres vivos.
En nuestra historia particular como país que pugnaba por reestablecer los derechos humanos y las libertades democráticas, nuestra experiencia con la “inteligencia militar” fue particularmente traumática en 1980 cuando aprendimos con sangre la lección de que dichas unidades operaban como agencias de terrorismo de Estado, organizadas por las dictaduras militares de los años 70. Desde el asesinato de Luis Espinal, pasando por el atentado a la cúpula de la UDP y el golpe siniestro de García Meza en 1980, hasta la masacre de la dirección clandestina del MIR el 15 de enero de 1981, la mayoría de las referencias apuntaban a la actuación encubierta de agentes del Departamento II de Inteligencia del Ejército en coordinación con paramilitares locales asesorados y entrenados por militares argentinos.
Hace poco, a 44 años de ese funesto golpe militar, asomó de nuevo el fantasma del gorilismo (militares extremistas) en las Fuerzas Armadas, aunque esta vez como una comedia mal montada que únicamente llamó a la burla y la parodia popular. Si en 1980 la narcodictadura militar asumió el rostro atrabiliario de un ministro Arce Gómez que amenazaba a los que llamaba “delincuentes subversivos” a caminar “con el testamento bajo el brazo”, en 2024 el supuesto “golpe fallido” del 26 de junio proyecta la figura de payaso de un comandante general (Juan José Zúñiga) y muestra el grave deterioro de la institucionalidad jerárquica de las Fuerzas Armadas, en su relación con el gobierno de turno.
Enseguida aparecieron versiones que relacionan el supuesto “golpe fallido”, o “autogolpe”, con ciertas operaciones de “inteligencia del Ejército” de las que el comandante general del Ejército habría formado parte. Y la manera como nos enteramos abundantemente de este detalle no menor, es a través de un ex agente de inteligencia militar refugiado en el exterior, aparentemente caído en desgracia al formar parte de cierta “hermandad” militar generacional denominada los “pachajchos” (que se habría conformado al amparo de la decisión del gobierno de Morales de alinear a las FFAA con las políticas del MAS) y ahora implicada en los hechos del 26 de junio.
Se trata del capitán Sergio Castro quien fue entrevistado desde el exterior en varios medios digitales bolivianos para dar su versión de que los hechos ocurridos ese día en la plaza Murillo, sobre los que él sostiene fue un “autogolpe” que habría sido preparado con mucha antelación (al menos desde junio 2023) con la participación de agentes de la Unidad de Inteligencia del Ejército, incluido él mismo.
Ahora bien, según Manuel Morales del CONADE, este capitán Castro (alias Adrián Colombo) fue identificado en 2022 como militar infiltrado en un grupo de la resistencia juvenil paceña. Su desembozado perfil de provocador llevó a que se lo señale como “tira” o “buzo” militar por lo que lo eliminaron de los chats del CONADE, provocando su desaparición de escena. Antes de ello, sin embargo, habría actuado en ocasión de la detención de siete jóvenes del comité cívico pro La Paz que fueron imputados de varios delitos, de los cuales otros cuatro resultaron ser también militares infiltrados que fueron liberados ipso facto; en tanto que los tres jóvenes inocentes estuvieron con detención preventiva durante varios meses antes de declararse “culpables” para poder salir libres luego del manido “proceso abreviado”. La infiltración al CONADE (y también a ADEPCOCA) fue corroborada con total cinismo por este supuesto exagente en las entrevistas que le hicieron en julio los programas del Bunker, Encontrados y otros, lo que es revelador de la naturalización de este tipo de inconductas en el espacio público ya que ello no parece haber incomodado a muchos de los que le facilitaron el micrófono.
En efecto, el mismo capitán Castro reaparece como testigo clave en esos medios denunciando que Zúñiga habría armado un autogolpe para apuntalar la decaída popularidad del presidente Arce Catacora, tal como lo dijo el mismo general al momento de su detención el día del “golpe fallido”, según la versión oficial del gobierno. Sin embargo, con los antecedentes mencionados ¿Podemos confiar en la información supuestamente confidencial que da este agente o exagente para convencernos de que se trató efectivamente de un “autogolpe” y no como pretende el oficialismo a través de su ministro de gobierno, de que lo ocurrido fue un “golpe fallido”?
Esos antecedentes sugieren más bien que se debe tomar con pinzas lo que dice este capitán que para nada se muestra arrepentido de su papel de agente de inteligencia destinado a infiltrar organizaciones de la sociedad civil y dividirlas. Más aún si desconocemos sus verdaderas motivaciones para hacer las supuestas revelaciones de grueso calibre que hizo involucrando a los principales personajes del Gobierno; en última instancia, su perfil corresponde a personas que se dan a la tarea no sólo de desinformar sino también de difamar “por encargo”, como cuando lanza acusaciones sin sustento contra Manuel Morales del CONADE, precisamente la organización que se ocupó de infiltrar.
No hay punto de comparación entre la mediocridad de este ex agente militar boliviano con la seriedad con que publicó su libro el exagente de la CIA que hemos recordado al inicio, lo que demuestra la degradación y falta de consistencia de los relatos conspirativos actuales.
Por verosímiles que puedan parecer las referencias que suelta el exagente en sentido de que el montaje de un autogolpe ya estaba entre los planes del Gobierno desde hace un año al menos, lo poco que sabemos es que hay una treintena de militares que han sido imputados por terrorismo y alzamiento armado lo que no cuadra con la hipótesis del autogolpe. Entre los militares activos que han sido imputados como responsables de estos hechos hay varios cuya única falta parece ser haber sido estar cerca de los hechos, en el lugar y el momento equivocados; mientras que algún militar del sector pasivo prefirió declararse en la clandestinidad a dejarse aprehender desprevenido y cuyo mayor delito parece haber sido expresarse en contra de la desinstitucionalización de las Fuerzas Armadas que los gobiernos del MAS han promovido.
Este último caso desmiente más bien la versión oficial del “golpe fallido” que parece más endeble todavía. Por un lado, el principal personaje de este despliegue militar inusual del 26 de junio era el comandante general “pachajcho”, cuya aparición pública en los últimos tiempos tuvo el aparente propósito de respaldar al Gobierno y amenazar a sus enemigos opositores (particularmente a Evo Morales) con meterlos a la cárcel si fuese necesario; por otro, el supuesto ideólogo civil de la asonada golpista era nada menos que asesor del ministro de Defensa, a pesar de ser una persona conocida por su visión conspiranoica.
De ser cierta la versión oficialista, lo único que cabe es devolverle la carga de responsabilidad al Gobierno, recurriendo al dicho popular “cría cuervos y te sacarán los ojos”. Por el contrario, debido a que seguramente no pudieron encontrar materia justiciable para procesar al supuesto ideólogo, el juez se vio obligado en primera instancia a darle detención domiciliaria. De cualquier manera, dicha medida sustitutiva le fue revocada a los pocos días seguramente “por órdenes superiores”, en la evidencia de que, de comprobarse su inocencia, se caería cualquier entramado para la acusación de “golpe” contra los otros militares implicados.
Ninguna de las versiones se sostiene, lo ocurrido no fue ni autogolpe ni golpe fallido. El asunto más parece un amotinamiento militar que pretendía hacer recular la decisión gubernamental de destituir al general Zúñiga como comandante del Ejército, pero sin un propósito real de alzarse contra el Gobierno constituido y suplantarlo por un gobierno militar. En otras palabras, la cosa no habría pasado de ser un plantón de los “pachajchos” (esperpentos rechonchos de patas cortas) sin que el gobierno, por su parte, hubiera logrado salir de su propio “chajcho” (mescolanza) entre golpe y autogolpe, o entre inteligencia militar e imbecilidad gubernamental.
Lo anterior no quiere decir que el Gobierno estuviera dispuesto a dejar pasar la oportunidad de seguir escarmentando a los opositores más incómodos; lo que efectivamente hizo enseguida (como lo hace desde 2021) con la aprehensión de Fernando Hamdan, el representante de la ONG de derechos humanos CIDHPDA.
Lo cierto es que, independientemente de cómo se caracterice lo ocurrido el 26 de junio, el Gobierno persistirá en su política de represión judicial contra todos los que reivindican la libertad de expresión, el derecho a la libre asociación y el derecho a la política como parte de los derechos y las libertades que tiene todo ciudadano boliviano; derechos humanos y libertades ciudadanas que son vulneradas desde los inicios del gobierno del MAS, pero cuyo atropello se intensificará previsiblemente con el actual desgobierno de Luis Arce a medida que se siga ahondando la crisis generalizada que hoy vivimos.
| Hernando Calla estudio economía y ciencias sociales. Es autor, editor, traductor interesado en historia, política y economía. Actualmente presidente de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos La Paz.






