Por: Juan Carlos Rocha |
El presidente Rodrigo Paz se está cayendo, pero él no lo sabe.
El hombre en el que el país puso todas sus esperanzas hace un año llega a la crisis provocada por el escándalo Nadia Beller-Fernando Cerimedo en el peor momento de su gestión.
Su obstinación por mantener a su lado al monje oscuro traído por su hija Catalina, pese a las decenas de advertencias desde dentro y desde fuera del gobierno, lo llevaron al hueco profundo en el que cayó y del que quizá no logre salir.
Paz llega a agosto con su imagen y credibilidad muy comprometidas por el escándalo del que apenas comienzan a aparecer los primeros datos.
En poco más de nueve meses acumuló tantos desaciertos que su situación no parece sencilla de resolver.
Hasta el lunes 17, su gestión era percibida negativamente por la ineficiencia —sólo la lentitud sería hasta aceptable— y por una serie de escándalos que hacían sospechar la existencia de escenarios de corrupción.
Ineficiencia por los diez meses perdidos sin avanzar en los cambios que el país pidió con su voto. Deficiente gestión de los combustibles, los dólares y la crisis, y un equipo de colaboradores improvisado.
Fue un capitán bienintencionado y aparentemente con ganas de llevar al país a buen puerto, pero no tenía GPS, ni brújula, ni sabía leer la dirección por las estrellas.
Y en lugar de llevar una tripulación preparada para la misión, cargó amigos y amigotes.
Un capitán excesivamente retórico, algo sofista, otro tanto demagogo, incapaz de escuchar las alertas que le decían incluso sus propios aliados.
Si bien algunos de sus acompañantes son rescatables y decentes (un par de su círculo tarijeño, uno de ellos ministro, y otro par de ministros cruceños), eso fue insuficiente porque más fuerte que ellos fue Cerimedo.
Y, como agravante, el capitán resultó no tener mando. Eso se descubrió muy pronto y rápidamente perdió el control, que fue tomado ahora sabemos por quién.
Luego aparecieron los efectos de esas malas decisiones, con irregularidades como la gasolina basura, el caso maletas, el oro de Viru Viru y otros.
Se respiraba en el aire el olor de la corrupción, pero hasta aquí no había nada concreto. Su exsocio principal, Samuel Doria Medina, habló más de una vez de corrupción sin señalar casos específicos.
Tuvo que pelearse Nadia Beller con su novio, Fernando Cerimedo, para que se destapara la olla nauseabunda. Acusaciones muy graves que no llegan de una ciudadana cualquiera, sino de alguien que estuvo muy ligada al círculo más íntimo del poder.
Ese pequeño círculo donde se conocen todos los secretos que no trascienden a la opinión pública.
Igual que Cerimedo, ella no fue parte de la “estructura del Estado”, como les encanta precisar a ministros y voceros, pero todo indica que directa o indirectamente, por la vía conyugal, participaba de ese grupo allegado a la cúpula del poder, donde para influir y decidir no se necesita un cargo.
Los “cooperantes ocasionales y externos”, como los llamaría sin sonrojarse el vocero presidencial, tienen más poder que los ministros de Estado.
La “familia real”, bautizada así por la periodista Lupe Cajías, quedó enlodada pese al glamour de sus apariciones públicas, y las denuncias de Beller alcanzaron a la primera dama. Lo que no es poco.
Es probable que no todas las denuncias sean reales, pero tampoco es creíble que nada de lo dicho sea cierto. Cuando ocurren estos episodios, hay verdades que suelen mezclarse con hechos que no lo son. Es un recurso muy conocido en política.
Pero incluso si sólo la tercera parte de lo que se dijo es verdad, eso es suficiente para que un gobierno democrático se caiga.
Con relación a Cerimedo, las declaraciones de Beller confirman algo que se sospechaba: el “cooperante” no sólo asesoraba, sino que decidía.
Pero tampoco sólo decidía: también hacía grandes negocios oscuros desde su posición como el hombre más poderoso del gobierno de Rodrigo Paz.
Un Rodrigo Paz al que se ha visto en un par de actos marginales estos días, como si no se hubiera enterado de la realidad urgente que está gritando por todos lados.
Sobre el tema central aún no ha dicho nada. Y no sería de extrañar que cuando finalmente hable del asunto, diga que hubo “errores y no delitos”, como su padre Jaime Paz en 1994, cuando le estalló el escándalo de los narcovínculos.
Y quizá buscará un refugio en el lenguaje, con alguna frase muy “a lo Paz”, de esas eufemísticas, propias de un estilo que ama invertir el sentido de las percepciones: como su intento de convertir en acierto el desmanejo de la crisis de los 53 días.
La diferencia es que, en una circunstancia como la actual, y si las cosas apuntan a ser como parecen, ningún reducto lingüístico ni ningún pedido de disculpas serán suficiente.
Pero si finalmente entra en razón, el Presidente tendrá que diferenciar la dimensión policial del atentado del lunes 17 de la dimensión política del tema.
En el primer caso, hay que dejar que la justicia haga su trabajo, sin interferencias, incluso sabiendo que eso en Bolivia es casi una utopía.
Pero ese es el tema que menos preocupa.
Lo difícil viene con la dimensión política del escándalo.
Allí, al Presidente probablemente sólo le quedarán dos opciones reales para superar su propia crisis.
Uno: investigar y castigar severamente todas las irregularidades y hechos de corrupción, incluso si tocan a su ámbito más íntimo, y recomponer su gobierno desde cero.
Es decir, volver a empezar, pero esta vez gobernando con los únicos que podrían darle la gestión que él no supo hacer y la gobernabilidad que necesitará para salir de la crisis económica y hacer una administración eficiente y de cambio, capaz de satisfacer las esperanzas, ahora desfallecientes, de la gente.
Naturalmente, una salida así implica que él deje la soberbia, y que los otros actores políticos lo acepten.
Sería algo así como salvar a Rodrigo Paz para salvar la democracia, sin dejar de investigar lo que se tiene que investigar. Y después salvar de Rodrigo Paz al Presidente, para no repetir los mismos errores.
O, dos: buscar un acuerdo político para acortar su mandato, llamar a elecciones y devolverle a los ciudadanos la decisión del destino del país, como planteó y argumentó el amigo Johnny Nogales Viruez en un imperdible artículo de opinión publicado en sus redes.
El gran riesgo de esta segunda salida, si bien quizá inevitable, es que tendría como principal beneficiario al hombre que gobernó 14 años y que en este tiempo se dedicó a complotar desde la sombra para volver al poder y quedarse en él hasta su muerte, cual emperador andino.
Además, con nuevas elecciones no se volvería a tener una Asamblea Legislativa como la actual, tan favorable para el cambio, aunque por hoy sin uso.
Trágica dicotomía del país:
La primera salida es poco probable.
La segunda, poco deseable.
Nota urgente de última línea: que alguien le avise al presidente Rodrigo Paz que se está cayendo. Lo más probable es que él no lo sepa; suele habitar en una realidad paralela. Alguien tiene que decírselo. Es un deber ciudadano.
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