Por: Carlos Ibañez Meier |
En la geopolítica contemporánea existen espacios cuyo valor estratégico supera con creces su tamaño físico, y el Estrecho de Ormuz es el más determinante de todos. Por este angosto corredor marítimo transita entre el 20% y el 25% del petróleo que se consume en el mundo, convirtiéndolo en la arteria energética central del sistema económico global. Sin embargo, lo verdaderamente relevante no es su importancia comercial, sino la naturaleza profundamente asimétrica del poder que se ejerce sobre él. Aunque formalmente bordeado por Irán y Omán, en la práctica es Teherán quien posee control casi absoluto: no porque pueda administrarlo como un canal, sino porque tiene la capacidad creíble de impedir su uso.
La ventaja de Irán se explica por tres factores estructurales. Primero, la geografía: Irán posee más de 1.500 km de costa sobre el Golfo y domina el lado norte del estrecho, lo que le permite desplegar misiles, minas y sistemas de ataque a lo largo de una amplia franja, mientras que Omán solo controla una porción limitada del lado sur. Segundo, la asimetría militar: Irán no busca controlar el paso, sino negarlo mediante tácticas de bajo costo y alta efectividad —lanchas rápidas, drones y minas—, lo que basta para elevar el riesgo y paralizar el tráfico marítimo. Omán, en cambio, carece de esa doctrina ofensiva y no tiene incentivos para interrumpir el flujo del que depende su propia economía. Tercero, la lógica estratégica: Irán puede beneficiarse del caos elevando los precios del petróleo o usando el estrecho como herramienta de presión global, mientras que Omán y los países del Golfo necesitan estabilidad para exportar energía. Basta con que Irán genere percepción de peligro para frenar el tránsito. En síntesis, Irán tiene la ventaja porque puede cerrar el estrecho sin controlarlo plenamente, mientras que Omán no puede replicar esa estrategia sin perjudicarse directamente.
Esta diferencia entre control y negación es crucial. Irán no necesita patrullar permanentemente el estrecho ni bloquearlo de forma total; le basta con mantener una amenaza constante mediante misiles antibuque desplegados a lo largo de su costa, minas navales de bajo costo y enjambres de embarcaciones rápidas capaces de hostigar a buques de gran tamaño. Este modelo de guerra asimétrica convierte al estrecho en un espacio de riesgo permanente donde la percepción de peligro puede ser tan disruptiva como el daño real. Ni siquiera una potencia naval como Estados Unidos puede garantizar seguridad total sin escalar hacia un conflicto abierto de gran magnitud. El verdadero dominio de Irán radica en su capacidad de generar incertidumbre sistémica, un tipo de poder mucho más difícil de contrarrestar que el control territorial clásico.
Los escenarios futuros pueden agruparse en tres trayectorias. El primero es una reapertura militar liderada por Estados Unidos, con ataques sostenidos contra infraestructura iraní y operaciones de desminado. El precio del petróleo podría dispararse hasta 120-180 dólares por barril antes de estabilizarse en torno a 90-110 dólares, con una contracción del PIB mundial de 1% a 2%. Aun así, el estrecho quedaría convertido en un corredor altamente militarizado y permanentemente vulnerable.
El segundo escenario, más probable, es una estabilización negociada mediante canales diplomáticos indirectos, donde actores como Pakistán desempeñarían un rol de mediación. No habría solución definitiva, sino un equilibrio frágil basado en la contención mutua. El petróleo se mantendría entre 75 y 95 dólares por barril con una prima de riesgo persistente, y la economía global se desaceleraría moderadamente sin caer en recesión. Irán mantendría su capacidad de presión sin ejercerla plenamente, mientras el mundo aceptaría una estabilidad precaria como costo de evitar una crisis mayor.
El tercer escenario es el más disruptivo a largo plazo: un conflicto de baja intensidad pero prolongado, con incidentes recurrentes y una incertidumbre constante que afectaría las decisiones de inversión y comercio. El precio del petróleo oscilaría entre 90 y 140 dólares por barril con episodios de alta volatilidad, y el crecimiento global podría reducirse entre 1% y 3% de manera sostenida, acelerando la fragmentación de los mercados energéticos y el rediseño de las cadenas de suministro.
Los principales perdedores serían las economías altamente dependientes de importaciones energéticas. India encabeza esta lista, con pérdidas potenciales de 3% a 6% de su PIB, debido a su elevada dependencia del petróleo del Golfo y su limitada capacidad de absorción de shocks externos. Japón y Corea del Sur enfrentarían contracciones de 2% a 4%, afectando seriamente sus sectores industriales y su balanza comercial. Alemania podría ver reducido su PIB en un margen similar, acelerando el deterioro de su base manufacturera. Economías emergentes como Bangladesh o Pakistán podrían sufrir caídas superiores al 5%, enfrentando crisis de balanza de pagos. En contraste, exportadores de energía como Rusia e Irán podrían experimentar aumentos de su PIB de hasta 4% y 2% respectivamente, mientras Irán consolidaría su influencia estratégica sin necesidad de imponerse militarmente. Mientras China, podría asegurarse de descuentos en compras de petróleo de irán (similar a lo que le otorga Rusia) y simultáneamente expandiría su influencia geopolítica en el golfo Pérsico.
La conclusión es tan incómoda como reveladora: el control del Estrecho de Ormuz no pertenece a quien puede mantenerlo abierto, sino a quien puede cerrarlo. En un sistema global que depende críticamente de la estabilidad, el actor con mayor tolerancia al caos posee una ventaja decisiva. Irán no domina el estrecho porque sea más fuerte en términos convencionales, sino porque ha convertido la disrupción en una herramienta estratégica. Y mientras esa asimetría persista, el equilibrio mundial seguirá dependiendo de un angosto corredor donde el riesgo, más que la fuerza, dicta las reglas del juego.





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