Por: César Rojas Ríos |
El presidente Rodrigo Paz, en estas últimas semanas, ha estado metido en un avión y viajando a distintos encuentros internacionales. Trump, Kast, Lula (el rey de España, aunque presente en el país), fueron algunos de sus anfitriones. No son simples viajes, son burbujas de poder y le dan una sensación de cosmopolitismo político. Por supuesto, positiva para el que la experimenta: está y comparte con los poderosos del planeta. Pero cuidado con esta sensación melosa, abarrotada de confetis y almidonadas sonrisas, estar con ellos no se debe confundir con estar como ellos, es decir, en sus circunstancias nacionales, radicalmente distintas a la nuestra de ralentización económica.
En la Bolivia de a pie, a ras del suelo, la vida no discurre de la misma manera que en los hoteles y salones edulcorados donde lo reciben al presidente Paz. Aquí y ahora, los hospitales presentan escasez de medicamentos, el combustible sigue siendo un severo problema y la economía popular está en un acelerado proceso de precarización: no alcanza para llegar a fin de mes, no alcanza para toda la familia, no alcanza para vivir. El pueblo siente que empieza a sobrevivir con el agua hasta el cuello. Estas son las preocupaciones a ras del suelo y las noticias aéreas que trae el presidente no colman las urgencias del día a día.
La política gubernamental, como los viejos sioux, tienen que vivir con el oído a ras del suelo para percibir si se aproximaba el tren. En nuestro caso, el tren se llama malestar social, y día que pasa, acopla más vagones sociales, sube la temperatura de su caldero, adquiere mayor combustión y si uno se digna a levantar la vista, se logran divisar columnas de humo aquí, allá y acullá con un inquietante y denso sonido de tam-tam. [P]





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