Por: Robert Brockmann |
Soy uno de los miles (¿decenas de miles, centenares de miles?) de moradores de La Paz que visita cada vez menos el lago Titicaca y destinos turísticos en el altiplano, porque pasar por El Alto es cada vez más difícil.
Esta reflexión sobre El Alto viene a cuento de la tragedia de ayer, 27 de febrero de 2026, que quedará registrada en los anales: un enorme avión C-130 Hércules, ¡un enorme cuatrimotor de carga! que recorrió varias cuadras destruyendo todo a su paso, hasta llegar al extremo de la pista del aeropuerto en medio de una tormenta de granizo, donde quedó destruido pero no ardió.
A su paso dejó un tendal de un número todavía indeterminado de muertos y heridos (20 mientras escribo estas líneas), que, siendo demasiados, son muchos menos de los que hubieran podido ser si la cantidad de combustible con que debería ir cargado un cuatrimotor, se hubiese incendiado.
Pero la característica principal de esta tragedia por la que saltó a las noticias mundiales no es lo ya dicho, sino que llevaba un cargamento de billetes nuevos para el Banco Central, que debían ser registrados y puestos en circulación. Esos billetes quedaron expuestos, y volando al viento, entre los restos del avión y los cuerpos desparramados.
Esa también pudo haber sido la noticia que saltara a las pantallas del mundo, pero tampoco fue lo principal. Lo que marcará esta catástrofe en la historia, y que salpica a los alteños —y por extensión, a todos los bolivianos— es que miles de ellos (reportes estiman entre 5.000 y 15.000 alteños) irrumpieron en la pista rompiendo vallas, pisoteando víctimas y heridos para saquear el dinero.
Como si ello no fuera ya lo suficientemente impactante y cuestionable, la turba saqueadora repelió con violencia tanto los intentos de las fuerzas de rescate por llegar a salvar a los que se pudiera, como el trabajo de los periodistas que intentaban cubrir el evento. Así, la prensa mostró al mundo no la tragedia de un avión que se estrella en un paraje urbano densamente poblado, sino el saqueo tribal de los alteños a sus conciudadanos caídos, al dinero que llevaba el avión, y a los maltrechos tripulantes del avión.
Hubiera querido poder sentir el dolor de esta tragedia nacional. En lugar de dolor, tuve que sentir ira e indignación infinitas. Como tantos bolivianos.
Esto es un desastre de relaciones públicas para El Alto, pero también para el resto de los bolivianos. Este comportamiento salvaje e inhumano es lo que quedará registrado en la mente de la percepción pública mundial en el futuro previsible.
El debate, por supuesto, saltó de inmediato a las redes: desde ataques racistas sin matices (“todos los alteños son unos indios salvajes”), hasta defensa ciega de lo hecho, también sin matices, con el argumento de “tú, forastero, no habrías actuado mejor dadas las circunstancias”.
Y es que semejante evento, tan impactante, da pues, para pensar. Por una parte, Puka Reyesvilla lo pone en perspectiva, con sarcasmo: “Cinco mil delincuentes no son ‘El Alto’. No se debe generalizar.” Pero ojalá hubieran sido cinco mil, que ya sería suficiente retrato de una sociedad, sino que algunos medios estiman hasta en 15.000 la turba saqueadora.
¿Es El Alto una sociedad en quiebra moral? Decía al comenzar que soy uno de miles de moradores de La Paz que evitaría, si pudiera, pasar por El Alto. Pero debo diferenciar. Alguna vez conté que, siendo estudiante, me pagaba mis gastos vendiendo repuestos automotrices en La Paz y El Alto. Y mi experiencia con clientes era harto más agradable en la ceja de El Alto que en San Pedro en La Paz. Los alteños eran respetuosos, afectivos, conversadores. Esta experiencia se vio corroborada por la de mi amigo Manuel Suárez, que comerciaba antigüedades: “los alteños, haciendo negocios, son unos caballeros ingleses”, decía.
Entretanto, han pasado muchas cosas: la guerra del gas, “ahora sí, guerra civil” y dos veces Senkata. Violencia que generó más violencia. Los alteños que destruyen su propia ciudad para bloquear a los forasteros. Los paceños necesitan pasar por El Alto para llegar al aeropuerto y a casi todo destino en el resto del país, excepto a Yungas. El Alto tiene a La Paz, diríamos, cogida del cogote, y lo disfruta. Pasar por El Alto es, por diversos motivos, desagradable. La imagen que proyecta El Alto al resto del país es... complicada.
Después de décadas, en las últimas semanas necesité internarme varias veces en El Alto por distintos motivos, laborales y personales. La última de ellas, gratificante, el día antes de la tragedia. Los alteños de mi juventud no han cambiado. Las interacciones individuales siguen siendo positivas: gente estupenda cuando hay nombres, rostros y respeto mutuo. El Alto es Dr. Jekyll y Mr. Hide.
El problema está cuando se interactúa como colectivo anónimo. Manejar en El Alto es de lejos la peor experiencia en el país, y mira tú si habrá conductores jueputas en La Paz y Santa Cruz. En El Alto los minibuses, que son el 99 por ciento del parque automotor, forman verdaderos muros infranqueables que no ceden ni un centímetro y actúan en bloque. Ha habido veces, que, volviendo en moto del lago, me he visto rodeado por cinco minibuses apuntándome porque nadie está dispuesto a ceder. La actitud de la gente, en muchedumbre, es naturalmente agresiva. Recordemos la muchedumbre alteña que chequeaba documentos buscando cambas en los aciagos 21 días de 2019.
¿Tiene Bolivia un problema alteño? ¿Es El Alto un problema? El accidente aéreo del 27 de febrero dice sí. La muestra, sea de 5.000 o de 15.000, no es “un caso aislado”, no es “un grupo de delincuentes”. Es una sociedad con un problema de valores, con una mentalidad de excepcionalidad. Que cree que todo le está permitido con la excusa de la pobreza. ¿Habría actuado de la misma manera cualquier otra sociedad bajo las mismas circunstancias? Es muy dudoso. Por lo pronto, El Alto ha dejado una marca, y se ha creado un problema de imagen, que no podrá ser fácilmente olvidado ni perdonado.






