Por: Edwin Cacho Herrera |
¿Qué conexión existe entre el cambio climático, el fenómeno del Súper Niño, el consumo del agua por parte de la minería y la limitada disponibilidad de ese recurso para otros usos en el país, sobre todo en Potosí? Un hilo fino, de carácter medioambiental, ata esos cuatro factores y dos especialistas explican y desvirtúan con datos reveladores el estigma que rodea a la actividad minera como causante de la escasez del agua en el altiplano boliviano.
En un nuevo capítulo de la serie Vetas, conversamos con el biólogo experto en temas ambientales Rafael Anze y Damián Jiménez, especialista en gestión ambiental minera. Vamos de lo general a lo particular, buscando una explicación sobre el impacto de la actividad minera en el recurso agua, un elemento fundamental en la producción de minerales, sobre todo en el beneficiado de los mismos.
“La minería es una actividad económica que genera impactos ambientales generalmente negativos. Quien diga que no lo hace, no está siendo sincero”, afirma Jiménez, aunque es un convencido de que se puede hacer minería en el país sin dañar de manera significativa el medio ambiente. “El tema es tener todas las variables medioambientales controladas y hacer minería responsable”, asegura.
Damián Jiménez (centro) y Rafael Anze (derecha) en Inti Raymi. Lo que antes era una mina, fue inundada y se convirtió en el lago Kori Kollo, como parte del cierre ambiental de la actividad minera.
El cambio climático ya no es teoría
Para Anze, el cambio climático “dejó de ser una cuestión que se trata en el hemisferio norte y no tiene nada que ver con nosotros”. “En los últimos cinco años se han presentado en La Paz sequías e inundaciones que han hecho que tomemos más atención en la comunidad científica que hace muchos años alertó que el cambio climático es un tema urgente que merece atención adecuada”, reflexiona.
Los científicos describen esos cambios extremos en el comportamiento del clima como el fenómeno del Súper Niño. “Es evidente que el año pasado ha sido sumamente seco y árido. Recién ahora está lloviendo, pero de manera desproporcionada”, apunta Anze y comenta que, en un evento reciente, escuchó decir: Hemos rezado para que llueva y ahora estamos rezando para que deje de llover.
El caudal del río Acre subió 16 metros e inundó 16 barrios y 3 comunidades de Cobija.
Y es que mientras las intensas lluvias están provocando riadas, mazamorras, inundaciones pocas veces vistas en La Paz, Cobija, Guanay, Oruro, Sacaba y otras regiones bolivianas, la sequía se está haciendo sentir en sectores rurales de Santa Cruz y Cochabamba.
Un ejemplo. La producción de soya de la campaña de verano 2023-2024 disminuirá en 600 mil toneladas en Santa Cruz a causa de la sequía entre noviembre y enero. Los productores del grano de oro alcanzaron a sembrar el 90% de la superficie proyectada, 1,2 millones de hectáreas.
2023, año de la sequía en Bolivia
El año pasado se produjo en Bolivia la peor sequía en décadas. Afectó al 85% de los municipios, según el Viceministerio de Defensa Civil. Los registros del Servicio Nacional de Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología (Senamhi) marcaron temperaturas récord haciendo que el agua adquiera una importante relevancia precisamente por la situación de sequía.
A nivel nacional, el 12 de noviembre de 2023 el termómetro registró en Yacuiba, al sur de Bolivia, 44,9 grados centígrados, un verdadero infierno. En Potosí, la temperatura récord alcanzó los 27,8 grados, el 26 de agosto del año pasado. La Villa Imperial resultó la más afectada y los racionamientos de agua potable comenzaron a partir de septiembre.

El lago Titicaca afectado por la sequía de 2023 que secó las fuentes de agua en el occidente.
A ese panorama se sumaron los incendios forestales provocados por grupos de interculturales-avasalladores en el oriente del país y cooperativistas mineros que pretenden ingresar a Parques Nacionales como el Madidi, en el norte de La Paz, a punta de fuego, quemando los bosques amazónicos, para saquear los recursos mineralógicos de las áreas protegidas.
El resultado fue la devastación de 3,5 millones de hectáreas en 2023, según Defensa Civil, aunque no existe un solo sentenciado por delitos contra la vida y el medio ambiente.
La minería no pasa del 4% en consumo del agua
Anze y Jiménez coinciden en que existe un mito construido por décadas en sentido de que la minería consume la mayor parte del agua allá donde opera y, por tanto, es responsable de su desaparición. Por separado, se dan a la tarea de desmitificar con datos y tendencias mundiales, ya que en Bolivia no existe información oficial.
Anze explica que, aunque el planeta está cubierto por agua en aproximadamente un 97%, solamente el 3% es agua dulce. El restante es agua salada que no puede ser utilizada para el consumo humano “salvo que tengamos procesos muy costosos”.
“De ese 3%, la mayor parte, más del 90%, está contenido en acuíferos y glaciares; normalmente el agua que utilizamos es agua de ríos”, afirma y agrega que, de esa proporción contenida, el 1% es agua disponible para usos que tenemos los seres humanos.

Aguas subterráneas en minería que son tratadas por empresas grandes que operan en Bolivia.
Sobre la base de un estudio de la Cepal (Comisión Económica para América Latina y el Caribe), ambos expertos señalan que actividad agrícola es la que consume más agua, seguida por el uso doméstico y finalmente por la industria, donde se encuentra la minería. Jiménez dice, siempre respaldado en el estudio, que el consumo de agua por la minería es de entre el 5 y 7%.
Pero, el dato más decidor, según Jiménez, es el que muestra que en Chile y Perú, países similares a Bolivia en cuanto a minería, el consumo de agua anualmente es de entre el 2 y 4%. “Los números son contundentes. Chile y Perú, con cifras reales, consumen hasta el 4% y Bolivia es imposible que esté por encima de eso”, afirma.
“Sí, existe el estigma de que la minería usa demasiada agua y eso no es tan cierto. La cantidad de agua que utiliza una empresa minera tiene un porcentaje muy bajo con relación a otros usos; sin embargo, donde la minería tiene un papel importante es cuando hablamos de gestión del uso del recurso”, complementa Anze.
¿Qué pasa con el agua en Potosí?
Donde se cree con más fuerza que la minería es la causante de la escasez de agua es en la región potosina, porque las grandes empresas están instaladas en sus provincias y hay operaciones de numerosas cooperativas en el Cerro Rico de la Villa Imperial. El año pasado, el cambio climático y el fenómeno del Súper Niño golpearon duro, pero la creencia apuntaba a las actividades extractivistas.
Jiménez y Anze contrarrestan ese escenario con datos proporcionados por la Administración Autónoma Para Obras Sanitarias (AAPOS), que dan cuenta que los ingenios consumen hasta el 14% del agua potable en la capital potosina, pero representan el 45% de los ingresos de la cooperativa del agua, “lo que supone que están subvencionando la tarifa del resto de la población”, según Jiménez.

Filas de personas para recibir agua potable de cisternas durante el racionamiento en Potosí (ANF).
Explica que Potosí, así como todo el altiplano boliviano, forma parte de una cuenca cerrada, endorreica, es decir que no tiene salida mar, en la que el agua se evapora cuatro veces más de la cantidad que llueve, por lo que la mayoría del recurso es salado y, por tanto, no apto para el consumo humano. A eso se le conoce como estrés hídrico.
Las empresas mineras y el manejo del agua
Un aspecto esencial que diferencia a las grandes empresas mineras y ciertas cooperativas de las auríferas o empresas extranjeras disfrazadas de cooperativas y de las pequeñas empresas instaladas allí donde operan las grandes compañías para explotar desmontes o “pedazos de ríos” es el tipo de tratamiento que le dan al recurso agua.
“Las empresas que trabajan con criterio de sostenibilidad construyen una planta de tratamiento de aguas para procesar toda el agua que sacan de la mina y, en lugar de botarla al río, la tratan y la utilizan en el proceso minero, en el beneficiado de los minerales y, de esa manera, aminoran el impacto ambiental”, asegura Anze.
Mina Kori Kollo luego del cierre ambiental y convertida en un lago artificial.
Jiménez complementa mencionando que las grandes empresas “recirculan” el agua, trabajan en minería subterránea procesando el recurso que encuentran para utilizarlo en sus operaciones y el que no es utilizado, es devuelto a la naturaleza, pero sin metales pesados.
A modo de ejemplos, Anze y Jiménez mencionan a la minera Inti Raymi, que ahora está en proceso de cierre, la empresa Sinchi Wayra que trata sus aguas de copagira, y algunas cooperativas mineras en el departamento de Potosí, aunque, según la normativa medioambiental vigente desde 1992, todas las actividades mineras deberían hacerlo para obtener las autorizaciones y licencias ambientales respectivas. La realidad es totalmente distinta.
El flagelo de la minería ilegal en Bolivia
Anze no dubita en calificar como flagelo que hay que combatir a la minería ilegal fuertemente arraigada en la explotación del oro con cooperativas auríferas sobre todo en el norte de La Paz y empresas extranjeras que utilizan a las cooperativas nacionales como fachadas. Pero también pide poner el ojo en las cooperativas que explotan desechos de las grandes empresas.

Operación minera aurífera ilegal en Mapiri con contaminación del medio ambiente.
“Una operación de minería legal, por ejemplo, para el uso del agua, tiene que tener un permiso especial de la Autoridad de Aguas y Saneamiento y en su licencia ambiental están incorporadas todas las medidas de gestión del agua. En cambio, un minero ilegal, ni lo uno ni lo otro. No tiene permiso, pero usa el agua; no tiene licencia ambiental y no hace sus operaciones con criterio de protección del medio ambiente”, compara.
El desafío de la trazabilidad de la producción
Explicado el tema de la minería, el agua y el mito de la desaparición del recurso hídrico, Jiménez se anima a realizar una proyección desde la perspectiva de que Bolivia ha sido, es y será un país minero, y de que contamos con minerales críticos para la transición energética mundial como el litio, el niquel y el zinc, entre otros.
“El mundo va a necesitar esos minerales y no se puede obviar a la minería… hay que tener trazabilidad de la producción para que se sepa que el mineral que salió de una empresa x y se vendió en Suiza, se tenga la seguridad de que en el proceso no hubo vulneración a los Derechos Humanos, trabajo infantil, trata de blancas y otros delitos para que haya una minería sustentable”, concluye.