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MARIÚPOL, EL STALINGRADO DEL SIGLO XXI

Aquel día Volodimir Geletukha, huesudo y con ojos azules hundidos, sólo pretendía salir del sótano el tiempo justo para recoger leña y ponerse a salvo. Desde que los rusos cortaron luz, agua y gas al inicio del asalto de Mariúpol, a finales de febrero, los residentes del subterráneo que compartía con otros greco ortodoxos salían por turnos, para evitar en lo posible la ruleta de la muerte. 

Vía: ABC | 

En el exterior, se encontraban con otras personas igualmente desesperadas en busca de madera para cocinar y calentarse. «Nada más salir, una mina explotó. Cuatro de mis vecinos murieron allí, delante de mí. Algunos recogieron los cadáveres mientras que el resto excavamos las tumbas».

Con la leña que pensaba quemar, hizo las cruces que coronan las tumbas a pie de carretera, «en el primer espacio libre que encontramos», sumándose a otras que llenan arcenes, parques, jardines y cualquier trozo de tierra de la ciudad portuaria ucraniana con la que Moscú se ensaña desde el 24 de febrero en venganza –según una docena de residentes consultados– del fallido intento de ocupación de 2014, repelido por las fuerzas ucranianas.

Tras aquella guerra, esta vez los rusos regresaron con artillería, bombarderos y la firme voluntad de reducir a cenizas la ciudad de 450.000 habitantes, situada en la región de Donbass, que osó reconstruirse con más ambición que nunca y aspiraba a ser icono de la cultura ucraniana. Sus calles, hace unos años vibrantes, son hoy una sucesión de escombros, coches desventrados, tumbas improvisadas y una enorme colección de cadáveres, según los residentes consultados tras lograr huir de la ciudad a su llegada a Zaporiyia, el primer lugar seguro que encuentran tras escapar de los invasores.

«No quiero imaginar el olor que emana de la ciudad ahora que suben las temperaturas. No puedo decirlo con certeza, pero creo que han muerto entre 5.000 y 10.000 personas en Mariúpol»


Miembros de las tropas prorrusas llevan el cuerpo de un civil muerto en Mariúpol - REUTERS

«Ha sido como vivir en 1941», resume Volodimir, 61 años, con la mirada ida y media sonrisa de cortesía en referencia a la trágica fecha en la que Ucrania fue arrastrada por nazis y bolcheviques en la Segunda Guerra Mundial. Ni siquiera se inmuta cuando se recuerda horadando los arcenes para sepultar a sus amigos. «He visto muchos, muchos muertos. En el último refugio donde nos escondimos, dos hombres aprovechaban las pausas de los ataques para recoger cuerpos, pero eran tan seguidos que una vez tuvieron que meter cuatro muertos en un sótano y huir de allí. Y eso ha ocurrido muchas veces. No quiero imaginar el olor que emana de la ciudad ahora que suben las temperaturas. No puedo decirlo con certeza, pero creo que han muerto entre 5.000 y 10.000 personas en Mariúpol», expresa el hombre enfundado en un traje gris de arpillera en el centro comercial Epicentrum de Zaporiyia, convertido en el punto de llegada de quienes logran huir del Stalingrado del siglo XXI.


Saqueadores

El alcalde de Mariúpol, Vadym Boichenko, confirma la cifra de «al menos 5.000 muertos» y también desvela que las tropas rusas han creado crematorios móviles para incinerar los cadáveres civiles y deshacerse así de las pruebas de sus crímenes para evitar el ultraje internacional generado por las matanzas del cerco de Kiev. «Los rusos han convertido todo Mariúpol en un campo de exterminio. Desgraciadamente esto ya no es Chechenia o Alepo. Es el nuevo Auschwitz».

Vitali, nacido en Mariúpol, pelirrojo, barbilampiño y de rostro aniñado, tiene aspecto de antihéroe pero su relato contradice la apariencia. «Sólo fui el copiloto, el héroe fue mi padre que decidió conducir hace 20 días a Mariúpol para sacar a mi abuela, empeñada defender la casa de los saqueadores», recuerda en el aparcamiento de Epicentrum, punto de acogida de refugiados, a pocos metros de un coche destrozado por la metralla de una bomba mientras su padre corre al interior del hipermercado para cargar el maletero de patatas. «No queda ni un solo edificio en pie. Todo son ruinas. El centro no lo vimos, porque mi abuela vive en el barrio de Ilichovsk, pero la llegada fue aterradora», detalla el joven. «En la avenida principal había una sucesión de tumbas de madera y de cadáveres sin sepultar, al menos vi seis. La gente ha empezado a sacar los muebles de las casas para despedazarlos y quemarlos para poder calentarse. Cada minuto, una explosión sacudía el barrio».

Cuando finalmente recogieron a la anciana decidieron ir a casa de la abuela de Elena, la novia de Vitali, que como tantos otros ancianos seguía atrapada en la ciudad. Se calcula que al menos 130.000 de los más de 400.000 habitantes viven atrapados en las ruinas. «Nos contaron que las temperaturas eran tan gélidas, de hasta -5º, que llegaban a dormir con 10 mantas encima. Como son mayores y no podían correr a los sótanos, cocinaban con leña en el baño». Padre e hijo tardaron 20 horas en realizar un trayecto de 400 kilómetros, y consumieron un día completo durante el regreso. En cada puesto de control, los soldados rusos les interrogaban y cacheaban entre insultos y humillaciones. «Nadie iba hacia Mariúpol, sólo había gente intentando salir, y sobre todo vimos muchos autobuses rusos. Convencen a la gente de que lo más seguro es ir a Rusia», explica Vitali.


«Lo hemos perdido todo»

Tamara, 56 años, sostiene la correa de su perro con mirada abatida. «Lo teníamos todo en la vida y lo hemos perdido todo», suspira recordando una casa y una ciudad que ya no existen. «El día que pudimos salir, Mariúpol parecía destruida al 80%». Las imágenes siguen saliendo del barrio gracias a residentes como su marido Vitali, que muestra en el móvil un vídeo de su calle, donde múltiples incendios simultáneos en los edificios de viviendas iluminaban la absoluta negrura de la noche. Hablan de una vida entre ruinas y nieve –que ahora comienza a desaparecer, acelerando la putrefacción de los cuerpos– en un núcleo urbano convertido en fosa común. «Los cadáveres estaban en todos sitios. Los vecinos nos organizamos para salir en grupos y enterrarlos, pero las explosiones nos impedían a menudo hacerlo».

«Cada día nos despertamos dando las gracias a Dios por haber sobrevivido y nos acostábamos rezando por despertarnos al día siguiente»

Yulia Shakman se ha convertido en creyente gracias al cerco medieval aplicado por los rusos, en la más pura tradición del asedio contra Grozni que simbolizó el horror de la impunidad y los crímenes de guerra en los años 90 del siglo pasado. «Cada día nos despertamos dando las gracias a Dios por haber sobrevivido y nos acostábamos rezando por despertarnos al día siguiente», recuerda mientras su medio hermana Dasha, de 11 años, facciones perfectas y dos apretadas trenzas de color del trigo, juguetea con una Biblia ilustrada que alguien le ha regalado en el centro temportal de acogida. «He pasado miedo cada segundo», confiesa la paramédico voluntaria de 34 años que vivía pegada a la radio con la que recibía llamadas advirtiendo de heridos y cadáveres.


Ataques a ambulancias

Yulia dejó a sus hijos con su madre y sus hermanos para concentrar sus fuerzas en ayudar a su comunidad. «Todo era impredecible y aterrador porque había que ayudar entre las balas y bajo las bombas. Ni siquiera sé decir a cuántos heridos rescatamos, pero fueron decenas. Sí recuerdo muy bien a las tres personas que murieron en el coche, camino al hospital», explica con mirada terca, casi desafiante. «Ni siquiera teníamos ambulancia, porque a las ambulancias las atacan antes: circulábamos en un coche civil para no llamar la atención de los rusos. A ellos no le detienen los objetivos civiles, más bien les atraen. Uno de nuestros mejores médicos, Alexandr Zhuk, del Primer Hospital, desapareció con su equipo a mediados de marzo. Solía tratar a militares y ayudarles a ser evacuados como si fueran civiles, junto a dos traumatólogos y un cirujano. No sabemos qué fue de ellos porque hemos perdido contacto con el hospital. En su sótano había un centenar de personas, entre ellos bebés conectados a respiradores. Temo que hayan sido bombardeados».


Una mujer en Zaporiyia observa un tablón con fotografías y
mensajes de ciudadanos de Mariúpol - M. G. Prieto

Es posible que su temor sea infundado. El jueves trascendió que los rusos deportaron de forma forzosa al personal y los pacientes del Hospital Número 4, y cabe la posibilidad de que el Número 1 siguiera la misma suerte. «Temíamos estar en el mismo lugar por mucho tiempo, así que nos movíamos al tiempo que movíamos a los heridos. Los sótanos eran heladeras, no teníamos comida, agua ni calefacción, era una verdadera pesadilla. Mi madre se quedó con mis hijos en casa. El segundo día, una explosión voló los cristales de las ventanas pero como no había refugio, se quedaron allí. Cocinaban con leña en el exterior, buscaban agua en los arroyos y para dormir se tumbaban en fila y se cubrían con toda la ropa que tenían. Cuando las explosiones movían el edificio, corrían al pasillo».


Desmayos por hambre

Los huidos, agasajados con regalos y comida caliente en una frecuentada carpa frente al centro comercial Epicentrum, evocan el hambre como un elemento aún asumible, si bien el Ayuntamiento denuncia que algunos de los 130.000 residentes atrapados en la ciudad se «desmayan de hambre por las calles». Tras saquear los supermercados, los vecinos han comenzado a forzar apartamentos en busca de cualquier cosa que les llene el estómago. Volodimir recuerda que comía «una vez al día cuando había suerte, y cada dos días si no la había». Otros comían a diario «una especie de puré que hacíamos con agua y avena, al menos nos llenaba el estómago», explica Anton, 32 años y un hijo de nueve que aún no sabe que su casa ha sido destruida por segunda vez. La primera, en 2014, sufrió la misma suerte en la ofensiva que se apoderó de su ciudad natal, Lugansk. Su casa y su coche terminaron en ruinas tras ser alcanzados por un bombardeo. Rehízo su hogar en Mariúpol para volver a perderlo en marzo. «Mi suegra nos ha contado que ya no nos queda casa. Cuando arreciaron los bombardeos en nuestro barrio, nos refugiamos en un hotel con otras familias, en total 80 personas de las cuales 20 eran niños. Era terrible, porque en los ojos de los niños sólo veíamos el vacío. Los pequeños intentaban comportarse como niños pero no podían jugar, ni salir del sótano, y no entendían bien por qué». Anton cuenta que ante la falta de provisiones, se estableció en la ciudad un «sistema de trueque» que incluía comida por electricidad gracias a los generadores. «El generador necesita combustible y aceite, y mi amigo y yo solíamos buscar tiendas de esos productos y llenábamos garrafas en medio de los ataques para luego intercambiarlas por comida».

Los puntos de distribución de la escasa ayuda humanitaria solían estar reservados para familias con niños. Allí se formaban colas interminables, objetivo habitual de ataques. «En la tienda 1.000 cositas, en el cruce de la calle Stroiteli y la Avenida de la Libertad, hubo muchos muertos en un bombardeo. Es una zona fronteriza, con posiciones ucranianas y rusas, de ahí que fuera tan peligroso porque avanzan y pierden territorio constantemente y es difícil saberlo», indica Volodymir. «Los aviones bombardeaban de forma constante, tan masiva que resultaba imposible rescatar gente entre los escombros porque volvían a atacar», apunta Yulia. «Cuando intentábamos huir a otros sitios había francotiradores que nos disparaban», añade su madre, Katia, de 51 años que parecen 70.

Los supervivientes tienen en común el miedo. Miedo a perder –su casa, su país, sus seres queridos– y a morir. Miedo a saber que sus seres queridos –en los puntos de asistencia a refugiados, los paneles con fotos de desaparecidos y angustiosos mensajes a mano que ruegan noticias de vida atraen miradas analíticas de los recién llegados– no van a regresar, y miedo a no volver a recuperar sus vidas.


Culpabilidad

Algunos también comparten el sentimiento de culpabilidad que implica haber sobrevivido, como le ocurre a Angela, de 57 años, que se fue de vacaciones dos días antes del inicio de la guerra dejando a su madre Valentina, de 73 años, en Mariúpol. Cuando quiso volver, la ciudad ya estaba cercada. «La última vez que hablé con mamá fue el 2 de marzo, antes de que cortaran el teléfono. Me contó que en el apartamento hacía -2º y que debía ir al río para buscar agua. Detrás de su casa hay una iglesia. Decía que mis sobrinos habían comenzado a enterrar allí los cadáveres y también las piernas, brazos y otros restos humanos que iban hallando en la calle. También contaba que no se pueden recoger todos, porque hay demasiados y porque las bombas no les dejan moverse ni siquiera hasta la iglesia». Ahora la vida de Angela cabe en el colchón de un refugio de Zaporiyia, donde consume los días llamando a su madre una y otra vez, sin éxito, de forma obsesiva.

«Mi mamá me contó que mis sobrinos habían comenzado a enterrar allí los cadáveres y también las piernas, brazos y otros restos humanos que iban hallando en la calle»

«Los rusos dicen que nos están liberando de los nazis, pero es mentira. Destruyen Mariúpol porque la ciudad había florecido y prosperado, y eso no lo pueden permitir. Prefieren tenernos viviendo entre ruinas», alza la voz Yulia. «Todo lo que teníamos ha sido reducido a cenizas. Rusia debería devolvernos Crimea y el Donbass y centrarse en mejorar la vida de su gente, que está en la miseria, en lugar de destruir nuestras vidas. No sé qué quieren de nosotros pero, por favor, dígale a Occidente que alguien tiene que parar esta locura».









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