LA FUNDACIÓN DE BOLIVIA

Por Hernán Paredes.-

Discurso de Manuel Rigoberto Paredes Iturri para ingresar a la Sociedad Geográfica de Sucre, el año 1937.

Os agradezco por la benevolencia que habéis tenido de permitir que haga parte de esta nobilísima institución cultural, por la que han pasado y siguen dándole brillo los más altos prestigios de la ciencia, del foro, de la política y de la cátedra, los cuales han dejado y van dejando en el boletín que edita y en las obras que los socios publican, muestras perdurables del ingenio de sus autores; por lo mismo, grande ha sido mi vacilación antes de elegir el tema que sea digno de vuestra atención y que me sirva de entrada a este docto centro.

He creído que en el interesante campo de nuestra historia y desarrollo geográfico nada podía seros más grato, que unas ligeras anotaciones sobre los antecedentes relacionados con la formación política-geográfica de nuestra República; asunto poco estudiado por nuestros historiadores, a los cuales se puede aplicar muy bien las palabras de Anatole France, que para evitarse las molestias de las averiguaciones no hacen más que copiarse los unos a los otros; y así con vuestra venia entro en materia.

1

En tiempos primitivos la región que hoy ocupa Bolivia hizo parte del vasto Imperio Incaico. Los Incas profundos conocedores de la geografía y habitantes que constituían sus dominios, la incluyeron dentro de la circunscripción territorial y administrativa denominada Kolla Suyo o sea Nación o Región de los Kollas.

Este nombre proviene de haber sido sus moradores gobernados en épocas muy remotas por una casta superior y sabia, llamada Kollanas, de la que los Incas han debido conservar recuerdos gratos. Parece que tal nombre se deriva de la palabra Khollunis o sea montañeses.

Según los cronistas españoles esta división territorial comenzaba por el norte en Villcanota, donde existía una gran muralla que servía de límite. “Esta pared, dicen los antiguos, se hizo por concierto entre los ingas y los indios del Collau”, afirma Regina de O. Lizarraga, los cuales, trayendo guerras muy reñidas entre sí vinieron en este medio que se hiciera esa pared en el lugar dicho, de un Estado, de un hombre, no muy ancha; lo cual sirviese como de muralla para que ni los ingas pasasen a conquistar el Callau, ni los Kollas el Cuzco. Rompieron por su mal los Kollas las pases y quisieron conquistar a los ingas, mas éstos revolviendo sobre los otros, los conquistaron y no pararon hasta Chile. Esta pared se ve en el día de hoy desde la nieve de un cerro y atravesando el valle y camino real sube hasta la nieve del otro “. (Descripción de las Indias).

Cieza de León manifiesta que el pueblo más al norte que tuvieron los Kollas era Ayaviri, por lo que, sin duda, se le llamó así, porqué Jaya huiri está compuesto de las palabras aymaras Jaya, lejano y huiri, porción.

Por el sud se extendía hasta Tucumán comprendiendo su jurisdicción por el sudoeste hasta cerca de las tierras conquistadas a los de Chile; por el este hasta la región de los chiriguanos. En esta vasta superficie territorial habitaban numerosos pueblos y tribus,

todos ellos compuestos de individuos que poseían los mismos rasgos étnicos, idénticos caracteres en la gran variedad de las costumbres y la lengua; predominando en esta última los idiomas aymará y kechua. Tales moradores se hallaban distribuidos en pequeñas poblaciones dispersas y situadas en cerros fortificados, independientes unas de otras, hasta hostiles; pero todas ellas sujetas a un mismo gobernante enviado por el Inca y diferenciadas de las que habitaban las otras partes del imperio, con el nombre genérico de Kollas, sin que ninguna de ellas se hubiese adjudicado este nombre como distintivo exclusivamente suyo.

Todo ese conjunto de tribus o poblaciones por el sistema de colonización practicado por los Incas con la denominación de mitimaes, eran indistintamente transportados, según lo exigían las necesidades políticas del gobierno, de un lugar a otro, con todos los componentes de familia, para ser reemplazados con los moradores de los sitios que iban a ocupar y a quienes se les había obligado a abandonarlos y someterse a semejante cambio.

Es así como los Kollas de los valles de Cochabamba, que después de haber consentido una porfiada resistencia, fueron casi exterminados por el Inca Tupac Yupanqui, y nuevamente poblados por Huayna Capac con los colonizadores traídos de otras parte de su reino, según Cabello de Balboa.

Con semejante sistema, se produjo la consiguiente mezcla racial de las distintas tribus y familias; sobre todo la amalgama fue grande en las regiones que hoy constituyen las repúblicas del Perú y Bolivia. Los pueblos que se formaban tenían cierta comunidad de origen y poseían caracteres físicos y psicológicos, casi iguales, que les impulsaban a confundirse a medida que la fuerza plasmática que las dominaba y que es cualidad propia de las razas primitivas, les obligaba a esa confusión.

2

A la caída del Imperio Incaico en el extenso territorio que formó el Kollasuyo, se erigió la famosa Audiencia de Chancillería Real de La Plata comúnmente conocida con la denominación del distrito de la Audiencia de Charcas, abarcando en un principio su jurisdicción inmensas zonas del territorio, las que fueron desmembrándolas poco a poco, hasta que la Real Cedula de 26 de mayo de 1573, apartó de su abrigo las ciudades del Cuzco y Arequipa, y fijó sus límites en los términos siguientes: “que todo lo que está desde el Collao inclusive, hacia la ciudad de La Plata, quede, vuelva y sea del distrito y límites de la dicha nuestra Audiencia de los Charcas, declarando como declaramos que el dicho Collao hacía la dicha ciudad de La Plata comience desde el pueblo de Ayaviri, que es de la Encomienda de Juan de Poncorvo, por el camino del Urcusuyu y desde el pueblo de Asillo, que es la Encomienda de Gerónimo de Castilla, por el camino de Omasuyo y por el camino de Arequipa desde Atucana, que es de la Encomienda de don Carlos Iga, hacia la parte de los Charcas y asimismo ha de ser y entrar en el mismo Distrito de la dicha Audiencia de los Charcas la Provincia de Sangabana y la Provincia Carabaya inclusive”.

Las Provincias del Tucumán y Paraguay que estaban dentro de los límites de la Audiencia de Charcas, fueron segregadas de este Distrito por Real Cédula de 3 de noviembre de 1661 y unidas a las del Río de La Plata, para constituir la Audiencia Pretorial de Buenos Aires.

Las anteriores disposiciones reales fueron incluidas en el famoso Código conocido con el título de Recopilación de las Leyes de las Indias, puesto en vigencia por el Rey Don Carlos II, mediante Ley expedida en Madrid en 18 de mayo de 1780. En las Leyes 9 y 15 del Título 15 del Libro II, de esa recopilación, se mencionan los territorios y fijan los límites de la Audiencia y Chancillería Real de La Plata, con los cuales permaneció por más de dos Siglos, haciendo que sus poblaciones se vinculen estrechamente y adquieran durante ese largo lapso de tiempo, por influencias mutuas, costumbres y sentimientos comunes.

La defensa y vigilancia de las costas marítimas de la Patagonia hasta el Cabo de Hornos y la necesidad de formar un Estado suficientemente poderoso para contener las pretensiones de los portugueses que ambicionaban apoderarse los territorios comprendidos en aquella extensa zona, dieron lugar a la creación del Virreinato del Rio de La Plata, la que se llevó a cabo por Cédula Real de 1 de agosto de 1776.

Con el propósito de acrecentar la importancia de la nueva entidad política, se apartó del Distrito de la Audiencia de Charcas del Virreinato de Lima y se incorporó al de Buenos Aires, con todos los corregimientos, pueblos y territorios que lo componían.

Esta nueva delimitación no fue del agrado de los moradores de la región anexada, ni de los altos funcionarios de Lima. El Virrey Guirior, encargado de practicar la separación de las provincias peruanas, hizo resistencia a las primeras medidas del Virrey Ceballos y con rara penetración y cordura gestionó la rectificación de lo dispuesto por el soberano de España, en sentido de que se adjudicase al Perú desde Jujuy al norte o desde la Intendencia de La Paz inclusive y en el caso extremo de persistirse con el fraccionamiento territorial del Perú, desde las provincias del Collao inclusive. En la representación que elevó el Virrey de Lima Caballero de Croux el 17 de mayo de 1789, consigna estas memorables palabras: “a la verdad que este Virreinato (el de Lima) no admite más división que la que parece le dio la naturaleza, designándole por límites a Jujuy”.

Ha sido un error grave de la Corona de España en haber insistido en esa división, desoyendo las acertadas observaciones de sus virreyes y los informes producidos antes de tal creación, contrarios a que se desmembrase la Audiencia de Charcas, según lo manifiesta el dictamen del Fiscal de esa Audiencia don Tomas Álvarez Acevedo, profundo conocedor del territorio y de sus necesidades, y el presentado por el Virrey de Lima don Manuel Amat y Junient; que opinaban, el primero en su informe del 12 de enero de 1771, de que se crease el nuevo Virreinato sólo con las provincias de Cuyo, Buenos Aires, Tucumán y Paraguay, y el segundo, en el de 12 de enero de 1775, porque se agregase al nuevo Virreinato, no solo la provincia de Cuyo, sino todo el reino de Chile”, sosteniendo que de este modo quedaban los tres Virreinatos de la América Meridional, con la correspondiente porción de territorios. La Cédula Real que rigió el Virreinato del Rio de la Plata, incorporando la Audiencia de Charcas, fue para nosotros funestas, porque no consulto el porvenir ni los verdaderos intereses de este Distrito.

Es así como en la práctica vino a resultar anómala y defectuosa la distribución de los pueblos, la cual se enmendó a costa de la Audiencia de Charcas, desmembrando continuamente los territorios que correspondían a este Distrito en beneficio del Virreinato de Lima. La Cédula Real de 1 de febrero de 1796 retira su jurisdicción la intendencia de Puno, compuesta de los Partidos de Chucuito, Puno, Lampa, Azrangaro y Carabay. Con esta separación, el límite arcifinio y conocido de Villcanota, del antiguo Kollasuyo y después de la Audiencia de Charcas, quedó abandonado y la raza que poblara aquella vasta e importante región dividida en dos fracciones pertenecientes a Estados diferentes pero, como por sobre las leyes civiles, están las tendencias naturales, ambas partes, sintieron siempre impulso de volverse a reunir, traduciendo sus deseos en la práctica con recíprocas y frecuentes incursiones territoriales que de uno u otro lado se producían.

El indio acostumbrado a tener a señores radicados o venidos del norte, sufrió violencia en obedecer a la autoridad de Buenos Aires y estas, a su vez, miraban con poco interés los asuntos del Alto Perú. La insurrección indigenal de 1780 manifestó que los sentimientos de unión de la raza indígena, a pesar de esa inconveniente determinación administrativa, se encontraban latentes. Todo ella, cohesionada y poseída de la misma decisión, obedeció la voz de Tupac Amaru, sosteniendo su causa con igual ardor y brío desde el Cuzco hasta los confines de Chuquisaca. Las atracciones de la sangre, pudieron y se impusieron esa vez más que las divisiones administrativas.

En esa cadena de segregaciones en la que no hay un eslabón que favorezca a la Audiencia de Charcas, y su jurisdicción quedó reducida únicamente a las provincias de La Paz, la que comprendía el Distrito del Obispado de su nombre; La Plata que encerraba los territorios de Chuquisaca, Charcas y Oruro; La de Potosí formada por los actuales departamentos de Potosí, Tarija y Atacama; la provincia de Santa Cruz de la Sierra compuesta de Santa Cruz y Cochabamba, siendo la ciudad de Cochabamba su capital y los territorios de las Misiones de Moxos y Chiquitos.

Todo el Distrito de la Audiencia de Charcas, en el estado que se encontraba, fue conocido desde la creación del Virreinato de Buenos Aires, con la denominación de Alto Perú, y con este nombre probablemente, dimanado de la identidad manifestaban sus habitantes, en caracteres étnicos y sociales con los de Bajo Perú, permanece hasta que se emancipa del dominio español. Mientras el vulgo llama porteños a los moradores de las provincias argentinas, estos les responden con el dictado de coyas, y los tratan con desconfianza y extrañeza, cual si no hicieran parte del mismo Virreinato; el cual en el corto tiempo que duró su existencia no pudo cohesionar los sentimientos de las poblaciones que lo componían con los de las provincias, propiamente argentinas, ni siquiera lograron que entre ellas existiese un franco y sincero entendimiento.

3

Apenas estalló la guerra de la independencia, quedaron aflojados los vínculos políticos que le sujetaban al gobierno de Buenos Aires. Los cabildos de La Plata, Potosí, Oruro y La Paz solicitaron durante ella su reincorporación al virreinato de Lima. El virrey Abascal aceptó las peticiones de esos ayuntamientos y asumió de hecho el gobierno de los pueblos alto-peruanos, expidiendo el decreto por el que quedamos sometidos a su jurisdicción. Publicado por bando otro decreto, igual y más amplio, dio lugar a que lo impugnase el célebre Secretario de la Junta de Gobierno de Buenos Aires, don Mariano Moreno, en los términos siguientes: “Es un argumento pobre del desvío con que la gente ilustrada de aquella capital mira a su Jefe, la pobreza vergonzosa que descubre el bando en todo su contexto. Sin raciocinio, sin convencimiento alguno, anuncia la agregación de las provincias del Río de la Plata, al Virreinato de Lima y una novedad tan grave se manifiesta justificada con solo el hecho de haberlo así pedido el gobernador de Potosí y el presidente de Charcas; de suerte que los habitantes de nuestras provincias son unos rebaños que se mandan, venden cambian y trasladan a discreción del pastor que los gobierna”.

Al declarar el Virrey Abascal, que: “admitiendo la sumisión de Saenz y Nieto, reasumía el mando del Alto Perú y unía sus provincias al Virreinato de Lima”, no hizo sino interpretar las aspiraciones de la mayoría de los alto-peruanos; porque las fuerzas auxiliares que vinieron de Buenos Aires, habían cometido tales abusos con ellos, que llegaron a detestarlos. “Qué porteños aquellos” fue la exclamación de terror que por mucho tiempo se les escuchaba repetir.

En un documento publicado en el numero 1 de “El Fenix” de Lima, correspondiente al 24 de julio de 1827 firmado por un boliviano y que se atribuye al Dr. José Mariano Serrano, se lee: “Que el año 20 en la ciudad de Tucumán...se formó una sociedad compuesta de los emigrados de más influjo en Bolivia, cuyos miembros juraron hacer a su patria independiente de Buenos Aires... que en Buenos Aires se conocía, tan completa y perfectamente el exhalado deseo de los bolivianos para hacer de su Patria un Estado independiente al sancionarse la Constitución del año 19 y tratando de la falta de los diputados de La Paz, Cochabamba, etc., el venerable y sabio representante Dr. Chorroarin dijo en Congreso pleno: “Esta falta señores no hay cómo remediarla, y la naturaleza que tan visiblemente ha separado el Alto Perú de Buenos Aires, nos ha dicho que aun cuando hubieren concurrido a este Congreso, todos los diputados que corresponden al Alto Perú, tan luego como éste se vea libre de españoles dirá que lo es también de nosotros; y así será”. Habiendo callado el Congreso al escuchar esta proposición, que todos creyeron eterna verdad.

Roto estuvo pues el vínculo administrativo que ligaba el Alto Perú al virreinato de La Plata, mucho antes de que se proclame su independencia. La culpa no fue nuestra sino de aquellos céleres porteños que no supieron valorar ni corresponder a los sacrificios que los alto peruanos soportaban por ser fieles a la causa revolucionaria que habían proclamado desde el 25 de mayo y el 16 de julio de 1809, y que la sostuvieron con denuedo y sin desfallecimientos durante los 15 años que duró esa cruenta lucha. En la vida de los pueblos lo que sucede al presente no es sino el resultado de lo que se preparó en el pasado, como lo que ahora se hace recoge sus frutos el porvenir. Los hombres que impulsaron el Alto Perú para esa separación, expresaban y personificaban los resentimientos, las pasiones, las ideas y los intereses de los pueblos y clases existentes, que habían sido objeto de los atropellos y menosprecio de las expediciones argentinas: conjunto de circunstancias que hizo imposible la reconciliación y convivencia con los de Buenos Aires.

4

Firmada la capitulación de Ayacucho, el general Sucre se encaminó hacia el Alto Perú con la misión de destruir los últimos restos del ejercicio realista que bajo las órdenes del general Pedro Antonio Olañeta mantenían en esta parte el poder del Rey de España.

Ya en camino escribió al Ministro de Guerra del Perú, (Diciembre 15 de 1824) desde Huamanga, manifestando que “no tenía instrucción ninguna del Libertador, respecto a la conducta que se debe observar en las provincias del Alto Perú, ni si el ejército debe pasar el Desaguadero”. Insiste desde Andehuaylas (Diciembre 23) diciendo y repitiendo , “que para pasar el Desaguadero es menester que el Libertador de instrucciones muy positivas, muy claras y muy determinadas y que me exprese, me diga cuál es su resolución y su sistema respecto de aquellas provincias que no sabemos a quién han de pertenecer, según la incertidumbre de cosas que hay allí”. Se le contestó (Enero 3 de 1823) que “tratará con el general Olañeta con una completa libertad consultando sólo el interés del servicio; bajo la base que contenían los poderes que el dio en Sañayga; esto es bajo la base de la independencia del Perú y de la soberanía del pueblo para darse la forma de Gobierno que crea conveniente, sobre dicha base; repitiéndole que debía tratar con absoluta libertad. El definitivo arreglo de las provincias allende el Desaguadero toca por la naturaleza de las cosas a los congresos del Perú y al del antiguo Virreinato de Buenos Aires, siempre que éste último sea libre, uniforme y legalmente convocado y reunido. Mientras tanto si las circunstancias pusiesen a usted, en el caso de ocupar las provincias a fuerza de armas, el Ejercito Unido Libertador, tomará parte y posesión de ellas; y serán organizadas y regidas, como países libertados por los independientes del Perú”.

La situación de estas provincias era excepcional. De hecho se hallaban sometidas al gobierno de Lima y de derecho y legalmente correspondían al de Buenos Aires. En la alternativa de disgustar a uno de los dos gobiernos optó por una tercera solución: formar un estado independiente con esas provincias.

Los motivos aparentes que le indujeron para adoptar esa determinación, se deprenden de la carta que dirigió a Bolívar el 3 de febrero, en la que dice: “Me ha dicho el Dr. Olañeta que él cree, no sólo difícil sino imposible reunir a las provincias a las de Buenos Aires; que hay una enemistad irreconciliable; que, o se quedan independientes o agregadas al Perú, en cuyo caso quieren la capital en el Cuzco o más cerca de ellos. Sírvale de gobierno esta noticia que esta corroborada por otras muchas más”. Dos meses después (Abril 23) cuando el decreto de 9 de febrero estaba en vigencia, le dice al mismo: “Aquí también se queda el general Arenales (en Potosí) por uno o dos meses, y con mi ausencia le dejo una ocasión para que haga todo lo posible en favor de su gobierno; acaso él podrá sacar algo, no obstante de que las provincias están a no ser argentinas: los partidos están entre ser independientes o del Perú, a lo último se inclinan los hombres de juicio”.

El gran Mariscal de Ayacucho, a la par de un talento militar sobresaliente, era un estadista de larga mirada, acaso superior como tal al mismo Bolívar, sin perjuicio de esas informaciones que a cada momento le daban, él se dio cuenta desde el primer momento que las enormes riquezas naturales que encerraba el territorio donde pasaba y del grandioso porvenir que podían tener.

Sucre sin esperar más instrucciones, no obstante que volvió a solicitar antes de pasar el Desaguadero y absteniéndose de entrar en tratos con el general Olañeta que lentamente se retiraba al interior del país, apenas llegó a La Paz, dió su célebre decreto de 9 de febrero de 1825 convocando una Asamblea para que deliberasen estas provincias sobre sus destinos. Protestaba no intervenir en la suerte de estos pueblos, pero de hecho reconocía su soberanía y les daba facultad para erigirse en Estado independiente.

Se hallaba Sucre en Potosí cuando con fecha 15 de abril, recibió la contestación a sus últimas consultas al mismo tiempo que la Resolución del Congreso Peruano; en aquella le desaprobaba Bolívar la idea de que se convocase una Asamblea y le ordenaba que mantuviera el statu quo, hasta que el Congreso de las provincias unidas de La Plata y del Perú resolvieran lo conveniente. La Resolución del Congreso Peruano, contenida en tres artículos, era un tanto vaga. Aunque todo esto contrariaba sus miras, Sucre ya no podía ni habría sido capaz de retractarse, tanto más, que el mismo Congreso Argentino había declarado el 9 de mayo la independencia de las provincias Alto Peruanas, exigiendo sólo que el ejército libertador respetara la libre voluntad que manifestasen para constituirse.

El hecho estaba producido. En vano se le dijo a Sucre (21 de febrero): “Usted, dando el decreto de que habla para reunir una Asamblea de las provincias del Alto Perú, comete un acto de formal reconocimiento de su soberanía y esta conducta quebranta a la vez la misma neutralidad que usted pretende guardar, y reconoce de hecho los derechos que puedan tener la provincias unidas de Buenos Aires y las pretensiones que quizá alimente el Perú”...Más adelante le repite: “en suma, su Excelencia me mandas a decir a usted. que el asunto de las cuatro provincias del Alto Perú, debe quedar in statu quo, sin hacer innovación alguna que directa o indirectamente pueda perjudicar los derechos de las provincias unidas del Rio de La Plata o los convenios de ella con el Perú. Al Congreso Constituyente de esta República toca prescribir la conducta que debe seguirse hasta que se averigüen los convenios a los que me refiero”.

Lo más que pudo hacer Sucre es postergar la reunión de la Asamblea hasta el 24 de junio. Bolívar en la imposibilidad de evitar este acto, prohijado por la inquebrantable voluntad del Gran Mariscal de Ayacucho, dictó su famoso decreto del 16 de mayo, por el cual consentía en que se reuniera la Asamblea convocada por aquel a condición que sus deliberaciones no recibieran sanción hasta que el Congreso Peruano se la diera.

¿A qué se debía la obstinación con la que trataba Sucre de llevar a cabo su proyecto?

En la correspondencia que sostuvo privadamente con Bolívar, se trasluce todo su pensamiento. Sucre era un talento realista, poseía en sumo grado el sentido de darse cuenta de la situación. Desde el primer momento notó que la constitución de la Gran Colombia, ideada y sostenida por el genio de Bolívar, era una obra efímera; en cambio la simpatías y relaciones que existían entre el Bajo y Alto Perú eran grandes y manifiestas, lo cual podría fácilmente dar lugar a la formación de un gran Estado que a la larga, pondría en peligro la estabilidad e integridad de las repúblicas colombianas. Previó el caso con una mirada de águila. La fatalidad de haber venido Sucre, contribuyó para que nuestra historia tomase un nuevo rumbo.

Posteriormente se dijo que el decreto del 9 de febrero lo expidió Sucre por consejos de don Casimiro Olañeta, por entonces joven incapaz de sugerir ideas y determinaciones a un personaje de talla del vencedor de Ayacucho, en un asunto tan grave y de tanta trascendencia, como era el precipitar la formación inesperada de una República. Olañeta en la exposición que publicó en 1826 en la que enumera sus servicios a la causa de la independencia, no menciona ese hecho, que pudo haber sido considerado por él como un timbre de gloria.

El decreto, desaprobado por Bolívar, produjo el efecto de sugerir la idea, de suyo intensamente halagadora, de formar patria independiente; sentimiento inexistente hasta entonces en el alma popular, y solo sustentado por pocas y contadas intelectualidades de la época, y aún en éstas admitido con escrúpulos, de romper con las tradiciones, costumbres y simpatías, en fin, con todos los elementos de su vida pasada y presente que le habían vinculado al Bajo Perú.

En aquellos tiempos no dominaban en el Alto Perú, más que dos ideas: de la mayoría, que era la de permanecer unidos al Bajo Perú y la de Sucre que era la de constituirlo en Estado independiente. De esta opinión participaban los mismos argentinos. El gobierno de Buenos Aires consentía el separarse de sus provincias a esa condición.

Entre los que deseaban que se uniese al Bajo Perú se encontraba el general Andrés de Santa Cruz, que a esa causa de esa opinión, se negó a aceptar la diputación de La Paz “mientras no sepa del modo cómo quedan estás provincias”. El prefería que se incorporen al Perú. En carta dirigida al gran Antonio G. de la Fuente, en 12 de julio de 1825, le dice: “Estamos pendientes de la resolución de la Asamblea. Temo mucho por el acaloramiento de los más, que declaren la independencia”. En carta de 27 de agosto dirigida al mismo, desaprobó el proyecto de crear una República en el Alto Perú.

Ese estado de ánimo vino a exteriorizarse en la misma Asamblea, en la que la unión con el Perú fue planteada y defendida con acopio de razones por los diputados Eusebio Gutiérrez y José María Mendizábal. Habiendo triunfado la mayoría sugestionada por el Gran Mariscal de Ayacucho.

En su visita a Bolivia pudo convencerse el Libertador de la poca prevención con que se había fundado esta República y de las múltiples dificultades que tendría que vencer para sostener su independencia e integridad territorial. La circunstancia de haberse dado su nombre a la nueva República con el fin de dejar sin efecto el decreto de 16 de mayo de aquel año, que limitaba las determinaciones de la Asamblea, como lograron que la hiciera, no fue bastante para cegar su criterio, al punto de conceptuarla capacitada para subsistir y desarrollarse por sí misma. En cambio, ese título que halagaba la vanidad del Libertador, a quién le reconocieron por padre, protector y presidente de la nueva República, produjo el efecto que sus moradores se creyeran de una raza muy diferente a la peruana y naciese en ellos resistencia para aceptar su grandioso proyecto de Federar a las naciones de Bolivia, Perú y Colombia, debiendo dar comienzo las dos primeras repúblicas. “De cualquier modo, decía el Libertador: es indispensable que se dé principio a este plan por Bolivia y el Perú, como que por sus relaciones y situación se necesitan uno a otro”.

Hablando Bolívar del decreto del 9 de febrero, decía a los Ministros argentinos que vinieron a su encuentro, que el Gran Mariscal había sido embrollado por los abogados, cuando dictó el decreto que convocaba una Asamblea de diputados; lo cual era inexacto porque no tuvo entrevistas con abogados por lo menos en forma ostensible.

A nuestro juicio fue ese decreto sugerido por el colombianismo, que en Sucre era muy pronunciado.

Bolívar que ignoraba los sentimientos de animadversión que abrigaban los altoperuanos contra la Argentina, se asombraba de que esta Nación se desprendiese fácilmente de sus provincias altas. Se debe a este estado de ánimo que, “en el banquete que dió a los plenipotenciarios argentinos, el día que fueron recibidos, el primero de sus brindis fue: “El Congreso de las Provincias Unidas cuya libertad de principios es superior a toda alabanza y cuyo desprendimiento de las provincias del Alto-Perú es inaudito”. En otro brindis pronunciado en el mismo banquete concluyó diciendo: “que los bolivianos sean siempre los hermanos queridos de los argentinos, que estén siempre a su lado en todos los peligros, y que jamás olviden la generosidad y desprendimiento con que el Congreso de las Provincias Unidas se ha manifestado con respecto a ella”. Tan obligante consideraba el general Bolívar este desprendimiento de la República Argentina que en una de sus conferencias privadas, con nuestros ministros (los argentinos) llegó hasta decirles..."reconozcan ustedes la República Bolívar poniendo por condición la concurrencia con cuatro y cinco mil hombres a la guerra del Brasil, que yo haré que se acepte la proposición. Añadió que había hecho muchas veces notar la conducta generosa de las Provincias Unidas en dejar al Alto Perú en libertad de disponer su suerte”.

Bolívar no fue partidario convencido de que el Alto Perú se constituyese en República independiente. Su pensamiento manifestado con frecuencia era que debíamos continuar unidos a las provincias argentinas o adherirnos al Bajo Perú. Notaba con mucha fundamento, que no poseíamos condiciones para formar y conservarnos como Estado autónomo. Tal vez tuvo razón. Si cedió, mal de su agrado, fue porque a la nueva creación se le dio su nombre y se la consideró como su hija.

Debido a ese bautismo adulatorio, es que perdimos nuestro abolengo peruano y nació Bolivia.

5

Con objeto de llevar a cabo su plan de unir Bolivia a Perú, el Libertador Simón Bolívar acreditó ante el gobierno de la primera, la legación encargada al ministro de la Corte Suprema de Justicia del Perú Dr. Ignacio Ortiz de Ceballos con carácter de Ministro Plenipotenciario de aquella República. Entre las instrucciones que se le dieron, se leen los siguientes párrafos:

“Seguramente la Federación valdría más que la separación actual (se refiere a la separación de Perú y Bolivia); pero este es un partido imprudente, lleno de embarazos y de inconvenientes, sin útiles resultados en nuestra respectiva situación, que sólo deberá adoptarse cuando se tocase la imposibilidad de obtener fusión completa de las dos repúblicas. El ejemplo de los Estados Unidos de Norte a extraviado a sus irreflexivos imitadores, que han introducido en las situaciones políticas de América un elemento perpetuo de debilidad y un germen funesto de discordia”.

“¿Cuál será la suerte de Bolivia si continuase en su actual estado de separación? Segregada de comunicaciones fáciles y directas con las potencias europeas y aún con muchas de las Américas, se vería como repudiada de la civilización; su comercio sería precario, costoso y dependiente de la voluntad de sus vecinos; pues nadie ignora que el puerto del Mar es una empresa quimérica que jamás proporcionará ventaja alguna; las importaciones se harían con grandes dificultades en tiempo de paz y cesarían en tiempo de guerra; las importaciones podrían ser gravadas de un modo que las harían irrealizables; el país sería un teatro perpetuo de agitaciones por los pueblos inquietos de la raza, y de altercados con el gobierno del Rio de La Plata; y lo que es peor de todo se hallaría siempre en inminente peligro de ser acometido e insultado impunemente por un vecino tan fuerte y ambicioso como el imperio del Brasil”.

Todas esas sabias previsiones del Libertador no hicieron cejar al Gran Mariscal de Ayacucho en su propósito firme de crear a Bolivia. Cedió aparentemente a esas sugestiones en su carta dirigida de Chuquisaca el 12 de agosto de 1926, le dice: “la idea de la Federación de que usted; ha hablado como un medio de salvación, tiene aún pocos partidarios (la Federación entre Bolivia y el Perú). Yo he procurado hablar entre mis amigos para que la difundan; pero como ellos mismos no la quieren poco interés toman en apoyarla. Con la venida del enviado del Perú y las propuestas que él haga, podremos adelantar algo, porque se podrá escribir de un modo más amplio y claro. Acaso la división del Perú en dos Estados para formar la Federación les quitará algunos temores que les noto; ofrezco a usted: que se trabajará lo que se pueda. No sé si usted ha pensado que el nombre de Bolivia es probable que parezca en esta Federación o al menos lo conservará uno de los estados federados solamente; usted, habrá considerado mejor esto”.

En la del 4 de diciembre, Sucre le dice a Bolívar; “anteayer presentó la Comisión de Negocios extranjeros su dictamen al Congreso sobre el tratado de Federación, han hecho algunas observaciones, de las cuales, las esenciales son, que el pacto es durante la vida de usted. Y que debe entrar Colombia, y si no, que no entre Bolivia. Yo he llamado a los señores de la Comisión y a otros y les he demostrado su falsa posición; ellos han reconocido algunos yerros y me han dicho que aunque saben que hay fuertes oposiciones, prometen que el Tratado se apruebe integro. Algunos señores me han dicho sino entra Colombia, Bolivia entrará en una Federación especial con el Perú si este se divide en dos Estados, es decir que están prontos a realizar el proyecto presentado por “el Federal” de Arequipa. Dígame usted qué opina sobre esto, pues yo creo que hay en ello algo de perjuicio a Colombia; hábleme usted. Muy claras sus opiniones sobre esto, pero tan claras que no me dejen en las vacilaciones en que casi siempre se me pone en semejantes casos.”

En la del 12 de diciembre de 1826: “el Congreso ha aprobado la Federación con el Perú, con excepción del artículo sexto que habla de las calidades que deben tener los diputados para el gran Congreso; pues han dicho que esto es cosa meramente reglamentaria. El artículo no vale un comino y sentiré que el señor Ortiz Ceballos reclame algo sobre él. Ha habido bastante dificultad para la aprobación y yo en el caso de no querer comprometer solicitar un pacto que podían creer perjudicial a un país y de otro comprometido a procurar que pasase, he sufrido buenos calores. En fin ya está ratificado el Tratado por Bolivia; usted; lo ha creído indispensable; el general Santa Cruz lo ha solicitado con sumo interés; y el Congreso lo ha juzgado ya como necesario. De mi parte he llenado los deberes que me tocaba y yo espero en recompensa se excluido del gran todo”.

En la del 20 de junio de 1827, Sucre le dice al Libertador: “el proyecto de la gran Federación (se refiere Bolivia, Perú y Colombia) no puede tener lugar; hay fuertes oposiciones y la opinión pública lo rechaza; del mal el menos; si la gran Federación podría traernos bienes, ella por ahora nos expone a revoluciones y trastornos. Dejemos que cada ceno se arregle como Dios le ayude y usted cuide de Colombia que es lo que nos interesa”.

“No puedo decir a Usted a punto fijo cuál sea la política del Perú respecto a Bolivia: pero hasta ahora todo se presenta con la mira quitar la existencia de este país y refundirla al Perú”...

Finalmente en la del 27 de enero de 1828, dirigida desde La Paz, le dice: “No puedo decir a Usted. Cuáles sean los intentos del Perú sobre esta República; su ansia es dominarla y lo ha mostrado sin embozo; pero no sé si cuente con los medios. Gamarra está en Puno con 4 batallones y 4 escuadrones que forman un cuerpo de cuatro mil hombres y tiene dos piezas de artillería; los batallones tienen de todo, bueno y malo; pero muchos reclutas; la caballería dicen que es pésima. Creo que cualesquiera que sean sus pretensiones el no ataque a Bolivia, hasta después de mi marcha, en que la elección de Presidente etc., es natural suscite disturbios. Entiendo que los bolivianos resisten una invasión y defenderán su independencia; si el Perú hace grandes esfuerzos y muy grandes esfuerzos, podrá subyugarla momentáneamente, pero poco conservará su conquista. Entre tanto, extenuándose, quedará a merced de Colombia si esta aprovecha la oportunidad que se presenta de atacarlo; pero también Bolivia se agotará en la defensa y sufrirá males. Como americano soy de opinión que el Gobierno de Colombia haga una declaración categórica al del Perú, que si este invade a Bolivia es de hecho una declaración de guerra a Colombia y que ésta atacará al Perú. Yo veo en este paso uno grande a la conservación de la paz continental. Además si fallando mi cálculo el Perú conquista a Bolivia y la conserva, el sur de Colombia corre mil y mil de riesgos. Usted que ha corrido todos estos países que fundo sobradamente mi juicio”.

Como se nota del tenor de estos acápites, primaba en el ánimo del general Sucre más el interés patriótico por Venezuela (Sur de Colombia) que la suerte futura de su inconsulta creación. Sin gran esfuerzo se daba cuenta de que el Perú junto con Bolivia formaría una República poderosa bastante fuerte para sobreponerse a los débiles Estados colombianos. Sólo condescendió el aceptar el Pacto de la Confederación Perú- Boliviana, ante la persistente insinuación del Libertador; pero bajo tal condición, lo hizo no solo irrealizable sino odioso.

Sabía que la Presidencia Vitalicia, estatuída por la Constitución remitida por Bolívar era impopular en ambas repúblicas; pues bien, en el Pacto de Federación se introdujo en su segundo artículo ese punto y se calcó los demás artículos sobre la base de esta resistida y combatida Constitución.

Aún más, indujo al negociador peruano a firmar un Tratado de Límites y Cesiones Territoriales, para que el que no estaba autorizado Ortiz de Ceballos.

Ambos Pactos llevan la misma fecha del 15 de noviembre de 1826 y fueron aprobados por el Congreso boliviano.

Cuando llegó a conocimiento del gobierno peruano la noticia de haberse firmado esos Pactos, se levantó una airada oposición a ellos. Sobre todo el segundo Pacto fue repudiado. El ministro de Relaciones Exteriores del Perú, don José María Pando, se negó a ratificarlo y así se lo anunció a su negociador, manifestándole que suspendía hacerlo hasta conocer el dictamen del Libertador, que se encontraba en Colombia. Era un pretexto para desecharlo como así sucedió.

El General Andrés de Santa Cruz que se hallaba a la cabeza de la Junta del Gobierno en Lima, también lo desaprobó, no obstante de ser natural de Bolivia, lo que no era de extrañar; lo singular del caso era que el mismo negociador Ortiz de Ceballos, con raro cinismo, se alegraba de que: “felizmente los Tratados quedarían en nada, pues los bolivianos no podrían salir de una miserable esfera sino a costa del Perú”.

Aquí cabe anotar respecto a Santa Cruz, que jamás fue partidario de la creación independiente de Bolivia: era un convencido de que esta entidad no se separase del Perú, como ya en otra ocasión lo había manifestado.

Desde que se inició la fundación de Bolivia comenzó el antagonismo entre Sucre y Santa Cruz, encubierto al principio y franco después. Ambos eran representantes de ideas contrarias y pensaban y obraban con sentimientos diametralmente opuestos. Sucre quería dividir el Perú, impulsado por el egoísmo patriótico, muy legítimo en él, puesto que era colombiano, y Santa Cruz que por su nacimiento y sus antecesores, los Khalahumanas, era de alma peruana, comprendiéndose en esta acepción a los nacidos en el Alto Perú, quería unir ambas secciones peruanas y formar un gran Estado cuya costa sobre el Pacífico se extendiese de Tumbes al Paposo; lindase por el norte con el Amazonas; por el sureste terminase en la confluencia del Río Bermejo con el Paraguay; reconstruir en una palabra, gran parte del antiguo imperio incaico, con elementos más homogéneos de raza, tradiciones y costumbre, situados en territorios que tienen el mismo aspecto físico, y que complementan una sección con la otra.

¿Quién tuvo razón?

Somos la posteridad: juzguemos.

Las continuas desmembraciones de nuestro territorio; nuestra bandera gloriosa hasta ayer y arriada hoy ante el minúsculo Paraguay lo está diciendo que Santa Cruz.

Bolivia como muy bien lo dijo Sucre, fue obra exclusiva de su creación. El la hizo surgir como República independiente, en condiciones las más desventajosas; débil, sin vías de comunicación cómodas que vinculen a sus poblaciones, con factores tan desfavorables que al presente estamos palpando después de un siglo de vida independiente, que es aún problemática su existencia, dadas las tendencias de disolución que van menoscabando la solidez de su organismo.

La grandeza de Santa Cruz está en haber entrevisto con clara visión el porvenir de su patria y haber puesto al servicio de este ideal la energía de su carácter. Si sus proyectos fueron aventados por la fatalidad, culpa suya no es el fracaso que le sobrevino.

Y tan en lo cierto estuvo Santa Cruz en sus previsiones, que cuando llegó a ser una realidad la reconstitución de la nacionalidad peruana, mediante la implantación de la Confederación Perú Boliviana, don Diego Portales, el gran estadística chileno, se apoderó de las ideas de Sucre, y dando vida a su política, impuso a su patria supremo esfuerzo para destruir esa identidad que vigorosa y formidable se consolidaba al norte de Chile. En Yungay la victoria material fue de esta República, pero la moral lo es de Sucre, al anegar en la sangre generosa y heroica de esa cruenta batalla al ideal acariciado y llevado al terreno práctico por Santa Cruz.

Portales no hizo sino plagiar el programa político internacional del Gran Mariscal de Ayacucho con la sola diferencia de que éste no quiso que se realice al sur de su patria, y aquél impidió que ello se efectuase al norte de la suya. En esta lucha de tres colosos, dos que coincidieron en el mismo pensamiento deshicieron la obra gigantesca de Santa Cruz, cooperado por pigmeos incapaces de comprender las proyecciones geniales, dominados como estaban de bajas pasiones de medro personal.

Bolivia, cuál una aparición paradójica, renace de este campo de batalla, empapado en la sangre de sus propios hijos para convertirse en víctima de adversarios ajenos a todo escrúpulo que pudiera poner vallas a sus tendencias de acrecentar sus dominios.

Así quedó definitivamente establecida esta desgraciada República, rodeada de naciones ambiciosas, ávidas de engrandecerse a costa de la cínica expoliación de sus ricos territorios, desligándose para siempre del conjunto peruano, del que había hecho parte desde los tiempos prehistóricos, sin tener para nada en cuenta las enseñanzas del pasado ni arredrarse ante los peligros del porvenir fluctuando constantemente en sus orientaciones internacionales de uno a otro lado, dando lugar, por su debilidad y la inepcia de sus hombres públicos a que todos la juzguen mal. Triste situación la de un pueblo que no supo ocupar para su beneficioso desarrollo, el sitio que el destino le señalaba.

Sucre, 1937

Manuel Rigoberto Paredes Iturri

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