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VOLVER DE LA MUERTE: LOS SOBREVIVIENTES DE MARIÚPOL

Ludmila, Tatiana e Igor lograron escapar de la acería de Azovstal, el último refugio ucraniano en la ciudad asediada por los rusos. Vivieron 70 días bajo tierra y contaron cómo es aquel infierno donde aún resiste gente atrapada.

Vía: El Clarín | 

Por: Gonzalo Sánchez | 

Foto: Tropas prorrusas disparan desde un tanque cerca de la planta de acero Azovstal el 5 de mayo de 2022. REUTERS/Alexander Ermochenko | 

Ludmila tenía una estrella roja en las zapatillas. Un día la pintó de azul porque después de tanto sufrimiento la mujer de 65 años ya no quiso poseer nada que aludiera ni a la Unión Soviética ni a Rusia. Se había roto el brazo. Tenía la piel quemada. Estaba bajo tierra, sin chances de ver luz natural, en uno de los sótanos de la planta de Azovstal, la gran acería de Mariupol.

Pensaba que pronto moriría. Se despertaba por los bombazos y como acto reflejo le salía rezar. Tenía como almohada un mameluco de operario. Era una tela áspera, así que una noche la envolvió con un vestido. Acaso ese algodón, cada vez que apoyaba su cara lastimada sobre él, haya sido lo más reconfortante que sintió en los últimos dos meses.


Rezos, llantos y dolor. Ludmila logró salir de la planta de acero el 2 de mayo.
Foto: Sergio Araujo

Bajó a ese búnker el 2 de marzo porque uno de sus parientes era empleado de la acería y le dijo que se escondiera allí. Salió por la misma escalera el 2 de mayo, junto con otras 150 personas, luego de que Rusia acordara con la ONU la apertura de un frágil corredor humanitario. Tardó tres días en cubrir en micro los 200 kilómetros que separan a Mariupol de Zaporhiya, donde la entrevistó Clarín.

Tardó tanto porque los rusos le antepusieron un “campo de filtración”, donde chequearon hasta su último lunar en busca de evidencias del Ejército de Azov, la unidad ucraniana que defiende la planta. Luego, más de quince retenes enemigos convirtieron su viaje hacia la vida en un letargo.

A veces llamar infierno a algo resulta exagerado. Pero en el caso de los sucesos de Azovstal, que significa “acero de Azov”, la palabra no alcanza. Se queda corta para explicar el horror de hambre, muerte y hacinamiento que padecieron los ucranianos que se refugiaron allí.


Chicos durmiendo hacinados en la acería de Mariupol.

El Kremlin puso a Mariupol en la mira apenas comenzó la guerra y no tuvo piedad con ese puerto estratégico del Mar Negro. Pronto, Mariupol -ciudad de 500 mil habitantes- se convirtió en la Aleppo o la Sarajevo de la invasión. Debajo de sus escombros ahora yacen las pruebas de que allí se violaron todos los derechos humanos y posiblemente más, como ocurrió en Bucha o en Irpin.

Nada quedó en pie en ese lugar que hoy está bajo control de Rusia. Se estima que cien mil habitantes, de los 500 mil que vivían allí, todavía sobreviven bajo condiciones de hambre y desesperación. La planta de Azovstal seguía siendo bombardeada esta semana y no se sabe con certeza si continúan con vida las personas que se quedaron en los sótanos cuando Ludmila y otros más consiguieron salir. Tampoco se sabe verdaderamente cuántos son: se habla de unos 2000, entre militares y refugiados. Ucrania acusa a Rusia de bombardeos incesantes, de impedir la evacuación. Rusia dice que Ucrania miente.


"En mi búnker éramos 56 y solo salimos 11"

Tatiana, 25 años, recuerda que miró hacia atrás y estaban las caras de los que se quedaban. “En mi búnker éramos 56 y solo salimos 11. Es decir, quedan 45. No sabemos si están vivos. El criterio fue que salieran primero los niños, las mujeres y los enfermos, los que no tenían la opción de sobrevivir”, recuerda la joven de uñas pintadas de negro. Tatiana es ingeniera. Trabajaba como electricista en la acería. Estaba feliz con su empleo y también con su ciudad “tan clásica y portuaria como moderna e innovadora”.


Bajo fuego. La planta de acero donde se estima que aún hay 2000 ucranianos, entre militares y refugiados. / Ministry Press Service via AP

Cuando empezaron los ataques sintió que iba a morir. “Pensá en una gelatina que se mueve arriba de un plato, así se movía mi casa por las bombas que caían alrededor. Entonces corrí a refugiarme en la fábrica. Dejé todo, no sé si mi casa todavía existe”, dice con una serenidad que no la abandona. Lleva puesta ropa donada y le causa gracia: el vestido con flores, la campera deportiva y los zapatos tipo mocasín que no hacen juego.


El sitio a Mariupol


Tatiana, séptima generación de empleados de su familia, sabía que Azovstal, la gran fábrica de acero de Mariupol, era el refugio perfecto. Conocía que la planta cuenta con cuatro bunkers subterráneos, con capacidad para albergar a más de 600 personas. Sabía que en ellos había comida porque, como todos los operarios de la acería, había participado de un simulacro de emergencia un año atrás. La empresa, por reglamento, está obligada a darle cada día a cada trabajador un litro y medio de agua mineral. Tatiana también sabía, como todos los que se ocultaron allí, que los botellones estaban almacenados en los subsuelos.

Había provisiones para un larga temporada. Pero cuando bajó, el 27 de febrero, no pensó que se quedaría tanto tiempo. Tampoco que no volvería a respirar el aire de la intemperie porque la intemperie sencillamente estaba como ahora: cubierta de humo, de polvo, de fuego y de esquirlas de misil.



“No podías salir. Arriba estaban los soldados combatiendo. Cada tanto ellos volvían al sótano, traían algo para los niños, mermeladas o dulces de algún tipo que buscaban en las cámaras frigoríficas del salón comedor. Nosotros inventábamos juegos y rutinas para pasar el rato. Teníamos un generador diesel y con eso luz y la posibilidad de cocinar”, recuerda Tatiana. Había una chica, Natasha, que preparaba las mejores sopas. Los niños empezaron a hablar de la comida de la “tía Natasha”.


"Tuvimos hambre ahí abajo"

Uno de esos niños es Artem, que tiene diez años y también consiguió sobrevivir junto a su padre, Igor, su madre, Karina, y la hermanita que dio sus primeros pasos durante el encierro en Azovstal, Daryna.


"No hay nada bueno que recordar", dice Artem, de 10 años, cuando se le pregunta
por los 70 días que vivió bajo tierra.

Artem habla como un adulto. “No hay nada bueno que pueda recordar -dice-, tuvimos hambre. Tenía amigos y no sé cómo están. Jugaba con ellos, hacía origamis, pintábamos, dormíamos en unas camas de madera. Cuando sea grande quiero ser granjero. Quiero fabricar alimentos para que nadie tenga hambre como tuvimos nosotros ahí abajo”, dice.

Parece el vocero de su familia y sus padres se conmueven. “¿Argentina? ¿Cómo hago para vivir en Argentina?”, pregunta Igor, el papá. Era empleado de la acería y ahora busca un trabajo urgente. “No tengo nada, nada es nada. No tengo plata, no tengo trabajo, no tengo comida. No tenemos casa, nuestra casa ahora es un hoyo negro. No tenemos nada para vivir y no sabemos cómo va a ser nuestro futuro”, repite e insiste con la idea de Argentina (por la tarde, después de la entrevista, Clarín lo enlazó con la comunidad ucraniana en el país para evaluar la posibilidad de llevarlos a Buenos Aires).

Los primeros evacuados de Mariupol llegaron esta semana a un hotel en la ciudad de Zapohiriya. Todos están bajo tratamiento piscológico, atendidos por médicos y nutricionistas y asesorados por el gobierno ucraniano. Serán trasladados a una localidad de los Cárpatos para pasar un tiempo de descanso y recuperación. Mientras hablaban con Clarín, al mismo hotel, sobre el río Dnipro, arribó una cuadrilla de peritos de Naciones Unidas asignados para investigar violaciones a los derechos humanos. Llegaron en busca de un material clave: sus palabras. Muchos creen que los testimonios de los sobrevivientes pueden resultar valiosos para llevar a Vladimir Putin ante la Haya.


¿Me prestan un teléfono para una videollamada?"

Ludmila, que tuvo cuatro ataques cerebrales, superó un cáncer y ahora luce el pelo teñido de violeta, le recuerda a Clarín cómo se lavaba: “Cuando empezó a faltar el agua, ponía el dedo en un charco y luego me pasaba la yema por toda la cara y eso era todo”, dice. “Necesito hablar con mis hijos, ¿me prestan un teléfono para una videollamada?”, pregunta.


"No hay nada bueno que recordar", dice Artem, de 10 años, cuando se le pregunta
 por los 70 días que vivió bajo tierra.

Los dos hijos de la mujer están peleando. Ella cree que su ex marido, que se quedó en Mariupol, está muerto. Se quiebra al ver a su hijo soldado aparecer por la pantalla del celular. “Cuidate, tenemos que ganar, pero cuidate, comé bien y protegete”, le dice a ese soldado que la mira emocionado, con el casco puesto. Su otro hijo fue herido y está de licencia recuperándose en Lviv.

Les caían bombas encima, tanques, aviación, artillería. Todos los días sentían que arriba de esa comunidad subterránea caía algún tipo de fuego, se derrumbaba el mundo. O un martillo, explicaron, que le pega con fuerza a una chapa y aturde. Así sonaba la guerra sobre sus cabezas, una y otra vez. Se oían, también, los gritos de los combatientes, que muchas veces llegaban heridos o en busca de agua. “Mucha gente necesitaba atención médica. Necesitaban medicinas para la diabetes, la presión, el asma, un niño con autismo que sus padres ya no podían controlar”, repasa Tatiana.

“Sentís como un espiral o como una turbina que hace un ruido y se viene directamente a vos y entonces explota. Todos los días sentíamos eso sobre nosotros”, explica. Una vez las bombas destruyeron una salida. Al día siguiente, otra salida más. “No había más que una sola puerta por donde escapar y pensábamos que nos íbamos a morir por la falta de aire”, recuerda la joven y ya no quiere repasar más nada. Quiere pensar en algo que no ve con claridad: su futuro.

“Estoy viva, pero mi vida es la nada misma. No puedo imaginar lo que vendrá”, dice y se queda con una imagen: “Cuando llegué a esta ciudad, ayer, una anciana se acercó y me bendijo... entonces supe que había vuelto a nacer”.


*Producción, textos e imágenes: Gonzalo Sánchez y Sergio Araujo, enviados especiales a Ucrania.​ Fotos de AFP/AP/Reuters/Maxar

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