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70 años de la Revolución de abril. DE PRIMERA MANO, UN RELATO DE JUAN CARLOS SALAZAR. EL DÍA QUE CAYÓ PAZ ESTENSSORO

El día que cayó Paz Estenssoro. El 4 de noviembre de 1964, tras cruentos combates entre barrientistas y movimientistas que tuvieron como epicentro Laikakota, Víctor Paz fue derrocado por un golpe. Ese día marcó el fin de una era.

Vía: Página Siete | 

Por: Juan Carlos Salazar del Barrio | 

Bajo el cielo encapotado de las vísperas de los días aciagos, los paceños aguardaron las últimas noticias hasta el filo de la medianoche de ese martes novembrino. El anuncio de la precaria tregua entre las fuerzas rebeldes y leales al régimen llegó tarde, entrada la madrugada del miércoles, mientras un concierto de truenos y relámpagos anticipaba la tormenta que se abatiría minutos después sobre la hoyada. La borrasca descargó con furia los nubarrones que se habían acumulado durante toda la jornada y dio paso a un amanecer impregnado de malos presagios.

Las retamas habían teñido de amarillo los jardines y las plazas de la ciudad desde las primeras semanas de la primavera, pero de nada sirvieron sus flores protectoras, a las que la superstición popular atribuye propiedades mágicas en los momentos de angustia, para conjurar el maleficio que los vecinos creían advertir en el ambiente.


Paz Estenssoro, el líder del MNR que estuvo 12 años en el poder, tras la Revolución.
Foto: Archivo La Paz/ Revista Ciencia y Cultura.

Los paceños despertaron ese 4 de noviembre a medio vapor. Ninguna actividad empezó a horario, si es que hubiese comenzado alguna. La gente salió rumbo al trabajo con el Jesús en la boca que acompaña toda hora incierta. Las amas de casa invadieron los mercados y las tiendas de barrio para abastecerse de alimentos, mientras el comercio iba cerrando paulatinamente sus puertas por aquello del nunca se sabe. No lo sabían, pero lo presentían. No era la melancolía propia de los días de Difuntos y Todos Santos la que se respiraba ese día, sino la tensión de vigilia que vela todo cambio histórico.

Los edificios públicos amanecieron ocupados por milicianos obreros y campesinos, atrincherados en azoteas y ventanales, con el acullico y una marraqueta como único desayuno. Los “comandos zonales” del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), puestos en estado de alerta, se decían listos para la resistencia armada. Civiles leales al presidente Víctor Paz Estenssoro habían introducido al Palacio Quemado en la víspera más de 200 fusiles para ser distribuidos entre la militancia partidaria para la defensa de la casa de gobierno, centro del poder político.

“La ruptura Paz-Barrientos coloca a nuestro país al borde de la guerra civil”, titulaba el diario católico Presencia, en la primera plana de una edición histórica que se agotaba rápidamente en los quioscos de periódicos.  

Era el “tiempo de las cosas pequeñas”, como lo describió años después el escritor Sergio Almaraz Paz. El MNR había optado por el camino del suicidio. El movimiento político más importante de la segunda mitad del siglo XX, heredero de la segunda revolución armada latinoamericana después de la mexicana, no solo estaba quebrado en cuatro pedazos, con Hernán Siles Zuazo, Juan Lechín Oquendo y Walter Guevara Arze disputándole el poder a su otrora jefe, el presidente Paz Estenssoro, sino que el mismísimo vicepresidente, el general René Barrientos Ortuño, igualmente tentado por la silla presidencial, había puesto en jaque al mandatario, exigiéndole su renuncia.


-¡Los aviones! ¡Los aviones!

Aviones sobre Laikakota, sede de la batalla el 4 noviembre, registrados por Presencia.
Foto: Hemeroteca

Los niños señalaban festivos las circunvalaciones de los AT6 en el horizonte, mientras desalojaban presurosos las escuelas, prendidos de las faldas de sus madres, ajenos al drama que se gestaba en el Palacio de Gobierno. El vuelo rasante de los tres aviones de combate de la Fuerza Aérea sobre el cielo paceño confirmaba que la “tregua” anunciada pocas horas antes había servido, no para tranquilizar las aguas ni apaciguar los ánimos, sino para que El Jefe preparara su retirada y la entrega del poder a los militares.

Paz Estenssoro salió del Palacio a las 9:30. Había permanecido en su despacho toda la noche sin pegar  pestañas, acompañado de sus colaboradores más leales, los ministros Ciro Humboldt Barrero (Gobierno),  René Zavaleta Mercado (Minas y Petróleo), el general Luis Rodríguez Bidegaín (Defensa) y Guillermo Bedregal (Comibol), quienes le mantenían al tanto de la rebelión castrense.

También pasó la noche en el palacio el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, Alfredo Ovando Candia, pero el mandatario no sabía -aunque lo sospechaba- que estaba durmiendo con el enemigo, puesto que los altos mandos, con Ovando Candia a la cabeza, estaban desde hace tiempo con el golpe.

Los AT6 todavía no se habían lanzado en picada sobre el Laikakota, fortín de las milicias movimientistas, y El Calvario, donde se encontraban parapetados los carabineros leales al régimen, cuando Paz Estenssoro comenzó a despedirse de su gente. Para entonces la Plaza Murillo lucía desierta y nadie se percató de su furtiva salida rumbo al aeropuerto de El Alto.


Paz Estenssoro, el líder del MNR que estuvo 12 años en el poder, tras la Revolución.
Foto: Archivo de La Paz

-¿Dónde se va, doctor Paz?-, le preguntó José Luis Alcázar, reportero de Radio Fides, quien montaba guardia en el hall del palacio con otros cuatro periodistas, Juan León, José Vidaurre, Manuel Benítez y Marcelo Archondo, tras pasar la noche en vela a la espera del desenlace de la crisis.

-Hola… ¿Qué tal…? A un recorrido por nuestros puestos…- respondió a la rápida, casi sin detenerse.

-Vamos a inspeccionar nuestros puestos- acotó por su parte Humboldt.

-Ministro, ¿qué hacemos?- inquirió uno de los jefes milicianos, que aguardaba en el lugar, dirigiéndose al general Rodríguez Bidegaín.

-Manténgase serenos y conserven sus puestos- respondió.

Volviendo sobre sus pasos, Paz Estenssoro ingresó a la secretaría de la Guardia Presidencial para despedirse de sus edecanes y colaboradores. Las secretarias, emocionadas, rompieron en llanto.

-Hasta luego, cuídese… Adiós, hasta pronto- repetía, estrechando la mano de cada uno de sus subalternos. Frío e impasible, como era su estilo, el todavía presidente y líder de la Revolución Nacional se mostraba contenido, aunque su rostro, pálido y demacrado, revelaba la gravedad del momento.

Cruzó el hall con paso corto pero rápido y se detuvo bajo el dintel de la puerta del palacio. Con la mirada clavada en el farol de Gualberto Villaroel, el Presidente Mártir, al que sirvió como ministro de Hacienda dos décadas antes, pareció reflexionar por unos segundos sobre el destino de los héroes revolucionarios. Se abotonó el abrigo, se ajustó el sombrero, apretó su maletín de cuero bajo el brazo derecho, miró a izquierda y derecha y, antes de abordar el Cadillac blindado presidencial saludó a los soldados de la guardia con un leve gesto.


-¡Vamos!- ordenó finalmente a sus acompañantes.

El Jefe no se dirigía a inspeccionar las trincheras de las milicias, como había anunciado, sino al exilio. El reportero José Luis Alcázar no esperó un minuto más, tomó el teléfono, me llamó a la redacción de Radio Fides, donde me encontraba de guardia, y me pasó la noticia:

-¡Paz se está despidiendo! Ha dicho que está saliendo a inspeccionar las barricadas de los milicianos, pero las secretarias están llorando. ¡Se va!



Pero radio Fides, la única emisora independiente que estaba en el aire, no divulgó la información de inmediato. La retuvo media hora. El padre José Gramunt, director de la emisora, quiso evitar que el populacho de Villa Victoria y las laderas de El Alto bloqueara la carretera e interceptara el auto presidencial.

-Vamos a esperar un poco… Si damos la noticia ahora, podemos provocar una tragedia- me dijo para justificar su decisión. 

La caravana, integrada por un jeep Toyota y una vagoneta azul, tomó la calle Comercio, bajó por la Colón, siguió por la avenida Mariscal Santa Cruz y, apretando el acelerador, enfiló rumbo al aeropuerto, en una carrera contra el tiempo. En El Alto lo aguardaba el avión presidencial TAM 001 con los motores encendidos y con la Primera Dama, Teresa Cortés, y sus hijas a bordo.

Radio Fides interrumpió su transmisión para difundir el flash informativo en voz del locutor Salim Sauma:

-El presidente Paz Estenssoro acaba de salir del Palacio de Gobierno. Dijo que se dirigía a inspeccionar los puestos de resistencia al golpe, pero se despidió de sus colaboradores y del personal de la casa de gobierno. Fuentes gubernamentales informaron a Fides que el mandatario se dirige al aeropuerto de El Alto para abandonar el país…

La nave decoló a las 10:10 horas, mientras la radio Continental, “La Voz de los Fabriles”, plegada a la oposición, acorde con la línea adoptada por la Central Obrera Boliviana (COB), llamaba a la población a bloquear la autopista para evitar “la fuga del dictador”.

Fue el momento en que empezó el murmullo de moscardón de los AT6 de la Fuerza Aérea sobre el cielo paceño, seguido por el tableteo de las ametralladoras y los golpes secos de las bombas sobre las trincheras del Laikakota. Los aviones se lanzaban en picada sobre el montículo miraflorino y, tras arrojar sus cargas mortíferas, remontaban vuelo rumbo al Illimani, para retornar de inmediato en un nuevo raid, mientras las tropas y los universitarios que se plegaron a la revuelta cercaban a las milicias y tomaban posiciones en las faldas del cerro.



La resistencia duró el tiempo que llevó a los milicianos enterarse de que su líder se había dado a la fuga y que estaban defendiendo una revolución que había sido derrotada antes de que sonara el primer tiro.

Armados de “pistanes” (pistolas ametralladoras), ametralladoras pesadas, morteros e incluso dos armas antiaéreas, los milicianos intentaron resistir el ataque de los efectivos del Regimiento Ingavi y del Politécnico Militar, pero terminaron huyendo, despavoridos, por los túneles que unían las barricadas y los miradores del Laikakota con la avenida Saavedra, donde depusieron las armas y se entregaron con las manos en la nuca.

La prensa anunció al día siguiente un “saldo provisional” de medio centenar de muertos y un centenar de heridos, pero nunca se supo la cifra final de víctimas.

Para entonces, los pocos ministros y jerarcas del régimen que permanecieron firmes junto al presidente durante las febriles negociaciones de última hora, también habían abandonado el Palacio. Pálidos, demacrados y trasnochados, salieron presurosos en busca de asilo. No tuvieron tiempo para nada, ni para recoger una  muda de efectos personales. Con el primer tiro, multitudes enardecidas asaltaron y saquearon sus residencias.

Cuando los periodistas entraron al despacho presidencial, detrás de los golpistas, encontraron un escritorio limpio y ordenado, tal como lo había dejado Paz Estenssoro, con una pila de documentos de trámites burocráticos inconclusos debidamente encarpetados, ocho proyectiles de revólver 38 largo en un cenicero y tres de las ocho pipas de la colección del presidente depuesto.

Con el fondo musical de la marcha de los Colorados de Bolivia, tradicional de los golpes militares de la época, la radio estatal Illimani anunció al promediar el mediodía el fin de la resistencia y el triunfo de la “revolución restauradora”, mientras civiles armados recorrían las calles a bordo de camiones y camionetas haciendo disparos al aire y el ulular de sirenas de las ambulancias paceñas recordaba el trágico saldo del enfrentamiento. 

Un gentío multicolor y bullicioso se arremolinó en torno al cuartel general del Control  Político y la “casa del horror”, la residencia de su jefe, Claudio San Román, para conocer sus instalaciones, y otra multitud formó largas columnas en los senderos de ascenso al Laikakota, la “Linea Maginot de la Revolución”, para recorrer sus trincheras de un metro de profundidad, sus miradores de adobe y sus cuevas de piedra y cemento, sostenidas por pilares de madera, que servían como depósitos y vivienda para los milicianos.

En un ambiente de feria dominical, heladeros, fruteras, vendedoras de fritangas y caseritas con  canastas de sandwiches de chola hacían su agosto entre la multitud, mientras supuestos “combatientes” de la jornada revolucionaria, convertidos en guías improvisados, relataban sus hazañas en la “conquista” del cerro y describían los “horrores” que dijeron haber encontrado en la fortificación del cerro antes del saqueo.

-Los milicianos disparaban desde aquí a los soldados que avanzaban por la esquina de la Saavedra y Díaz Romero, pero cuando estallaron las primeras bombas, escaparon por ese sendero, hacia el desecho…- relataba un estudiante universitario que decía haber participado en la toma del cerro.   

“Ovando mismo hizo posible la salida del avión que llevó a Paz Estenssoro a Lima y Barrientos llegó a la capital en la tarde del 5. No se cumplió el pacto de respeto a la vida de los vencidos: la euforia de los aviadores barrientistas se descargó cruelmente sobre las milicias que guardaban el cerro Laikakota, que fueron diezmadas en un número que, según la denuncia de Paz Estenssoro, llegó a los 200 muertos”, escribió Zavaleta Mercado en La caída del MNR.



Como escribió Sergio Almaraz en Réquiem para una república, la resistencia de la milicia movimientista en el cerro Laikakota fue un “sepelio de tercera clase para una revolución arrodillada”. En Laikakota, acotó, el Ejército “disparó sobre el cadáver de una revolución”.



| Juan Carlos Salazar es periodista y exdirector de Página Siete.













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70 años de la Revolución de abril. DE PRIMERA MANO, UN RELATO DE JUAN CARLOS SALAZAR. EL DÍA QUE CAYÓ PAZ ESTENSSORO
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