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Sergio Ramírez: “No hay ningún deterioro de ninguna democracia en Nicaragua, lo que hay es una tiranía”

Vía: Infobae | 

Entrevista por: Hinde Pomeraniec | 

Asediado por el gobierno de Ortega, el exilio es su nuevo destino. Desde Madrid, adonde llegó para presentar su nueva novela, prohibida por el régimen, el gran escritor nicaragüense conversó con Infobae sobre la situación dramática en su país

Por la calidad y versatilidad de su obra, Sergio Ramírez es sin dudas uno de los mayores escritores en lengua española. Es, también, uno de los grandes referentes críticos de la deriva dictatorial del gobierno de Daniel Ortega y Rosario Murillo (esposa y vicepresidente) en Nicaragua y su posición se endureció a partir de los sucesos de abril de 2018, cuando las protestas en las calles terminaron con la muerte de más de 400 personas, en su mayoría jóvenes. En los últimos meses, y mientras se esperan nuevas elecciones para el mes de noviembre, se intensificó la campaña de persecución del gobierno nicaragüense contra diferentes personalidades críticas y candidatos opositores con causas falsas, inventadas y hasta demenciales para el sentido común.

Semanas atrás se publicó la nueva novela de Ramírez, Tongolele no sabía bailar (Alfaguara), tercera parte de una trilogía de género novela negra, cuyo protagonista es el inspector Dolores Morales, un hombre que participó de la guerrilla del Frente Sandinista y que en la actualidad se dedica a investigar sucesos supuestamente menores pero cuyas tramas se desarrollan en el marco de corrupción, abuso de poder y ejecuciones extrajudiciales de la Nicaragua contemporánea. Las novelas anteriores de la saga fueron El cielo llora por mí y Ya nadie llora por mí, en la que aparece por primera vez Anastasio Prado, Tongolele, un sicario del poder que en la nueva novela tiene un rol protagónico.


Luego del triunfo de la revolución sandinista, Sergio Ramírez fue vicepresidente de Daniel Ortega entre 1985 y 1990.

Sergio Ramírez nació en Masatepe, Nicaragua, en 1942. Es abogado, periodista, escritor. Fue político. Inició su carrera literaria como escritor de cuentos y en 1970 publicó su primera novela,Tiempo de fulgor. Al día de hoy tiene cerca de veinte obras de ficción publicadas que, sumadas a sus ensayos, componen una obra fabulosa en español que lo llevaron a ganar el Premio Cervantes en el año 2017. Entre sus libros se destacan Margarita, está linda la mar (ganadora del Premio Alfaguara), Castigo divino, Un baile de máscaras y Adiós muchachos.

Como político, encabezó el grupo de “Los Doce” -integrado por intelectuales, empresarios, sacerdotes y dirigentes civiles- en apoyo del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) y opositor al régimen de Somoza. Fue vicepresidente de Nicaragua durante los años 1985 y 1990, en los que acompañó a Daniel Ortega, quien estaba a cargo de la presidencia. En 1996 se retiró de la política para dedicarse a la literatura o, más bien, a la escritura.

Tongolele no sabía bailar fue prohibida en Nicaragua, los ejemplares que llegaron nunca salieron de la Aduana, y su publicación fue la excusa perfecta para que el gobierno de Ortega iniciara una suerte de cacería de Ramírez: la Justicia adicta lo acusa de “conspiración, incitación al odio y lavado de dinero” y fue ordenado su arresto. Cuando se dictó la orden de detención, Ramírez estaba en Costa Rica por su trabajo como escritor y desde allí partió luego a Madrid, ya que tenía programada la presentación de la novela, que se consigue en algunos países de la región y llegará a la Argentina en el mes de noviembre.

Sigue allí, junto con Tulita, su esposa, y no sabe si podrá volver a su país: el exilio parece ser su nuevo destino. Desde la capital española, el gran escritor nicaragüense conversó con Infobae por zoom: su estado de ánimo es bueno, no se lo ve abatido, y elige hablar para que se conozca la realidad de su país. “Yo oigo a mucha gente que dice ‘deterioro de la democracia en Nicaragua’: eso es un absurdo. No hay ningún deterioro de ninguna democracia en Nicaragua, lo que hay es una tiranía firmemente establecida y con la voluntad de quedarse allí a cualquier costo”, dijo, en esta charla en la que también habló de su obra, de su paso por la vicepresidencia de su país, de los jóvenes como la esperanza para terminar con la tiranía y de lo difícil que resulta estar separado de sus libros, algo que, en sus palabras, es estar “desarraigado de lo que es la esencia de mi propia vida”.

— En este momento sos casi un personaje literario, ¿no? Protagonista de una persecución, de un exilio. ¿Alguna vez pensaste que ibas a tener que volver a exiliarte?

— Bueno, la verdad es que no tenía esa previsión en mi vida. A la edad que yo tengo, ya uno solo piensa en cosas que no son fuera de las casillas normales en las que uno vive. Sin embargo, si se vive en América Latina es posible esperarlo todo. A mí siempre me ha gustado decir que nuestra atmósfera es de anormalidad y las cosas ocurren por causa del poder mal llevado o mal habido. Pero, generalmente, el gran factor de destrucción de las vidas privadas, y eso está mucho en nuestras literaturas, es el poder, que de repente golpea ciegamente por un capricho, por una decisión estúpida o razón de Estado, no sé, la razón de Estado es generalmente estúpida, y te saca de tu aparente normalidad de vida y te lleva adonde no quieres. Entonces, uno de esos vientos que soplan desde el poder es el exilio y tantos lo hemos vivido en América Latina, en tantos países, que se ha vuelto un fenómeno cotidiano y lo sigue siendo.

— Por diferentes razones, ¿no?

— Sí, por distintas razones. Yo recuerdo que durante las dictaduras del Cono Sur eran miles los exiliados hacia Europa, hacia México. Luego las dictaduras en Centroamérica, que siempre han generado exiliados como ahora en Nicaragua, que solo a Costa Rica han emigrado desde el mes de junio más de 40.000 nicaragüenses por razones sobre todo políticas, pero también el exilio provocado por la pobreza, por las carencias.


Sergio Ramírez, sus hijos (María, izq.; Dorel, Sergio) y su esposa, Tulita. Sus hijos nacieron en Costa Rica, adonde llegaron Ramírez y su esposa el mismo día de 1964 en que se casaron.


— En este momento estás en Madrid y llegaste allí desde Costa Rica, en donde ya también estabas de alguna manera exiliado porque había empezado una persecución judicial, que en realidad es una persecución política, que viene con distintas razones argumentada desde el gobierno y desde el Poder Judicial: conspiración, incitación al odio, lavado de dinero, vínculos con la Fundación Violeta Barrios de Chamorro. Sin embargo, uno podría decir que tu última novela, Tongolele no sabía bailar, es la verdadera razón de esa persecución ¿no?

— Sí, sin duda alguna. Mira, las prisiones que ha habido en Nicaragua recientemente desde el mes de mayo, cuando fue detenida y arrestada Cristiana Chamorro, eran porque Ortega no quería competencia en las elecciones que él mismo se ha encargado de anular, porque ya hablar de elecciones en Nicaragua a estas alturas es una broma. Y empezó a perseguir a dirigentes, activistas, políticos, y otros huyeron al exilio, muchos periodistas, entre ellos Carlos Fernando Chamorro. De manera que yo no estaba en esa lista de activistas políticos o de candidatos presidenciales que representaran para ellos un riesgo político, sino que lo que exacerbó mi situación fue la literatura. Es decir, yo siento que soy reo de haber publicado un libro, que está prohibido en Nicaragua, que no puede leerse allá más que a través de las plataformas digitales. Y por lo tanto creo que se vuelve a repetir la historia de América Latina de los libros prohibidos, de los escritores…

— Censurados.

— Perseguidos, sí. Que es parte también de nuestra historia.


Los reyes de España, Felipe y Letizia, junto a Sergio Ramírez y su esposa, Tulita (Gertrudis Guerrero), el día de la entrega del Premio Cervantes al escritor, en 2018. (AFP/ Juan Carlos Hidalgo)

Yo oigo mucha gente que dice “deterioro de la democracia en Nicaragua”: eso es un absurdo. No hay ningún deterioro de ninguna democracia en Nicaragua, lo que hay es una tiranía firmemente establecida y con la voluntad de quedarse allí a cualquier costo.

— Claro.

— Eso lo he perdido pero bueno, hay otros que han perdido más. Y esa es la gran realidad. Cuando uno se enfrenta a una tiranía cruel, despiadada, hay otros que pierden más. Hay 140 nicaragüenses, hombres, mujeres, de todas las edades, en la cárcel. Gente de mi edad a quienes no les dejan pasar sus medicinas; que han perdido 20, 30 libras, que no les apagan la luz nunca, ni de noche ni de día, en condiciones sumamente precarias. Y yo creo que mi caso, el de un escritor perseguido, debe servir para abrir una ventana sobre lo que realmente está pasando dentro de Nicaragua. Yo oigo mucha gente que dice “deterioro de la democracia en Nicaragua”: eso es un absurdo. No hay ningún deterioro de ninguna democracia en Nicaragua, lo que hay es una tiranía firmemente establecida y con la voluntad de quedarse allí a cualquier costo.

— En tu nueva novela aparece también la cuestión del espiritismo y lo esotérico forma parte de la trama. ¿Cómo fuiste viendo ese cambio en lo que tiene que ver con las figuras gobernantes en relación a esta misma cuestión?

— Fue muy novedoso. Esto comienza en el año 2006 cuando Ortega sube al poder con su esposa como gran asesora, y entonces se comienzan a hacer sesiones de aromaterapia, las sesiones de gabinete se llenan de flores, todo esto es parte del rito de la protección contra los malos espíritus. Lo primero que se veía en la sala de gabinete al principio en los años iniciales de este largo período de dictadura era el ojo de Fátima que presidía las reuniones de gabinete, ¿no? Después del ojo de Fátima vinieron los árboles de la vida. Y hoy, en lugar de los árboles de la vida es la estrella de cinco picos la que está en medio. El gabinete y los altos mandos junto con los gobernantes se sientan alrededor de un círculo y hay una estrella de cinco picos como en un aquelarre. Eso ya no está en la novela, ya no cupo.


En la nueva novela de Ramírez que enfureció al gobierno de Daniel Ortega, aparecen en la trama todas las prácticas esotéricas de la vicepresidenta Rosario Murillo. (Foto Esteban Biba/EFE)

— (Risas) Ya no había espacio para eso. Otra de las grandes novedades a lo largo del tiempo son los ricos de la revolución. ¿Cómo ve esa transformación alguien como vos, que vivió todo el período original y formó parte de ese gobierno? Una transformación que parece una pesadilla de literatura. ¿Cómo lo vivís?

— Mira, obviamente, y volvemos a Balzac, ¿no? Balzac retrata muy bien esta sociedad de los nuevos ricos. De la nueva gran burguesía que es engendrada precisamente por la Revolución Francesa. Y yo siempre pensaba en aquellos años: esto tiene que ser distinto. Porque la experiencia de las revoluciones es que siempre hay una élite que usa el dinero como forma de poder. Porque la élite siente que sin el poder del dinero no hay poder político. Y esto es lo que explica muy bien Balzac en la Comedia humana al hablar de los viejos combatientes de las barricadas después convertidos en grandes terratenientes, y en dueños de viñedos y perfumistas de la Place Vendôme, etcétera. Entonces, este mundo puede repetirse siempre; es una élite que goza de grandes privilegios, que hace grandes negocios a la sombra del Estado y, en esto, lo que se llama la izquierda en nada se diferencia de la vieja derecha. Porque la distancia entre izquierda y derecha para mí siempre estuvo en los ideales de cambio, y en llevar adelante esos ideales sacrificando la vida misma o la comodidad misma, como fueron a pelear los guerrilleros en 1979 contra Somoza. Pero, hoy en día, hay una élite en Nicaragua muy poderosa que está formada por viejos revolucionarios.

— Sos una persona muy ilustrada, muy formada, y al mismo tiempo hacés mucho por la divulgación de la literatura y creés en los géneros y en todo lo que tiene que ver con la cultura popular, de hecho también sos periodista y escribís para los medios. ¿Cómo ves ese matrimonio entre la cultura alta y la cultura popular?

— Son indisolubles. Es decir, hablar de una cultura alta, lo que se llama la cultura letrada, aislada de lo que es la vida, que bulle en la literatura, la vida de la cual surge la literatura, es absurdo. Aún cuando se piensa en alguien como Borges, al cual muchos acusan de elitista, Borges no es ningún elitista, los grandes cuentos de Borges son sobre los compadritos, sobre los cuchilleros, sobre el Sur, y eso es muy popular. Sin eso no existiría Borges. Borges no es una entelequia independiente de la vida argentina. Y así, el lenguaje se alimenta, el lenguaje crece desde abajo. Y cuando llega a las academias, las academias lo único que hacen es darle certificado. Pero las academias no inventan palabras, las palabras se inventan en el lenguaje diario.

— Dijiste antes algo acerca de las elecciones de noviembre en Nicaragua, como dando a entender que esas no van a ser elecciones. ¿Qué pensás que es lo que va a pasar en el próximo tiempo?

— Nada, una confirmación de Daniel Ortega y de su esposa en el poder. Un Consejo Supremo Electoral formado por siete operadores del régimen. Todos los candidatos presidenciales en la cárcel. Y los dirigentes que pudieron haber organizado la oposición también en la cárcel o en el exilio. El diario La Prensa, que es el único diario de papel del país, dejó de circular porque le embargaron el papel en la Aduana igual que embargaron mi libro y ahora está intervenido militarmente el diario La Prensa. Carlos Fernando Chamorro, uno de nuestros grandes periodistas, tuvo que huir a Costa Rica bajo una orden de prisión. Su casa, allanada. Decenas de periodistas han huido. Lo que los nicaragüenses pueden saber ahora lo escriben los periodistas y lo transmiten desde fuera de Nicaragua, desde los Estados Unidos, desde México. No hay campaña electoral, ni siquiera hay campaña electoral, y los candidatos que van a competir con Ortega en noviembre son fabricados por él mismo para repartirles unos cuantos asientos de la Asamblea Nacional, eso no es decente llamarlo elecciones y el que sigue llamándolo elecciones está pecando gravemente por omisión. Las elecciones no son eso, las elecciones son una libre competencia entre fuerzas opuestas que, democráticamente, compiten por el poder y gana aquel que tiene un voto más. Eso en Nicaragua para nada existe.

— Te hago la última pregunta y tiene que ver con la cantidad de gente que, de buena fe, habiendo creído mucho en lo que fue la revolución sandinista sigue pensando que está mal llamar dictador a Ortega y que en realidad sigue siendo el Occidente poderoso el que presiona del mismo modo que puede pasar, aunque las situaciones son diferentes, con Cuba o con Venezuela. ¿Qué le dirías vos a esa gente que confió en ese proyecto, que creyó en eso como izquierda, y que le cuesta mucho todavía advertir hoy la transformación, la enorme transformación de alguien como Daniel Ortega?

— Hay que quitarse las telarañas de los ojos. Yo creo que la izquierda tiene, la izquierda tradicional, no toda la izquierda, hay una izquierda muy obsoleta. Muy obsoleta, se ha quedado con la idea fija de los años 60, los años 70, que no deja de creer que la revolución cubana es la gran panacea de la América latina, que la revolución sandinista y los guerrilleros heroicos siguen en el poder, llevando adelante un proceso de transformación y cambio en Nicaragua. Esos son cuentos de caminos que alguien o los cree porque está muy mal informado, a pesar de la cauda, enorme información que hay en el mundo alrededor de Nicaragua, o porque no quiere ver, y en ese caso se trata de una ceguera irremediable. O porque sus prejuicios no lo dejan ver y la obsolescencia ideológica no le deja advertir que una tiranía de derecha y una tiranía de izquierda como la que supuestamente hay en Nicaragua no se diferencian en nada. La ley por la cual me han perseguido a mí, que es la Ley de Defensa de la Soberanía Nacional, es una ley que pudo haber sido dictada por Benito Mussolini, basada en principios ultra nacionalistas de defensa de la soberanía, de agresión contra la patria. Esa retórica no es para nada de izquierda.

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