HOMBRES VIOLENTOS




Por: Jenny Ybarnegaray Ortiz

El feminicidio es la forma más extrema e irreparable de la violencia hacia las mujeres. Sucede que cada vez que encuentro en la prensa o en las redes sociales alguna noticia o relato que habla de un feminicidio, algo en mí se rebela; cuando amaina en mí la ira y el desconcierto me pregunto ¿qué es lo que pasaría por la cabeza de ese hombre antes, durante y después de cometer un acto tan atroz? Leo, leo y sigo leyendo, ando buscando respuestas a esa pregunta y las hay de toda índole, explicaciones que van de las ciencias al sentido común, de la razón a la pura emoción, de la sociología, la psicología y la neurociencia a la filosofía, y ninguna respuesta me es suficiente frente al rastro de dolor que deja semejante acto en las personas que quedan, en las que aman a esa mujer con la que nunca más compartirán siquiera un plato de comida en la misma mesa.

Ya sabemos que la violencia suele escalar –aunque no necesariamente– desde las palabras que hieren, pasando por actos que lastiman física y moralmente, inmovilizan, provocan terror, hasta provocar la muerte. Esa forma de actuar tiene que haber empezado en algún momento de la vida de esos hombres, porque no es natural, no es normal que alguien inflija dolor en una persona a la que supone amar.

Duelos sin fin

Sucederán a ello los duelos múltiples de madres, padres, hermanos, hijos e hijas, amigas; sucederán los reclamos de justicia que a veces llegan con años de retraso y recorridos dantescos por los laberintos de ese sistema judicial abominable que sufre, de una u otra manera, toda persona que por alguna razón le ha tocado pisar una comisaría, una fiscalía, un juzgado. Con “suerte” –por llamarlo de alguna manera– la encontrarán, y el feminicida será condenado a treinta años de presidio sin derecho a indulto, con sentencia ejecutoriada y todo, y ahí se quedará, encerrado entre rejas, rumiando su destino, arrepentido o no de su acto, para habitar un lugar compartido con otros como él, violadores, asesinos, ladrones, perpetradores de todo tipo de delitos, en cárceles donde sólo ven pasar las horas, los días, las noches, los meses y los años, sin oficio ni beneficio, quizás haciendo alguna cosita o asistiendo a algún culto redentor, quién sabe usando toda su imaginación para agenciarse el alcohol “que les haga olvidar” o alguna otra droga. 


¿Se hace justicia?

Pero ¿se hizo justicia realmente? Desde el punto de vista del derecho, de las normas, quizás sí; desde el punto de vista de los deudos, tal vez sí, tal vez no, porque ninguna condena les será suficiente ni reparará el daño de haberles privado de la existencia de esa mujer que fue parte de sus vidas. Desde el punto de vista social, se habría hecho justicia si esa condena sirviese de impedimento para que otros hombres cometiesen el mismo acto; pero, no es así, sucede que dos o tres veces por semana se repiten esos actos, sucede que la saña y crueldad con la que otros hombres los realizan supera la imaginación de los anteriores, entonces vuelvo a preguntarme ¿qué pasa por el corazón y la mente de esos hombres?

Cuando veo fotos de los acusados en los estrados judiciales, horondos y sonrientes, sin huella de arrepentimiento por sus actos, negando su culpabilidad, al contrario, echando toda la carga de la culpa sobre la víctima, me provocan indignación, me vienen deseos de ponerlos frente al espejo, con las fotos de sus víctimas (en vida y destrozadas por sus manos) por delante. Pero, me vuelvo a preguntar ¿qué estaba pensando este desalmado cuando cometió feminicidio? ¿Acaso pensaba?


Es que era “su” mujer

Existe en los hombres un sentido distorsionado de la propiedad, las personas no somos objeto de posesión, sin embargo, la institución del matrimonio monógamo establece que las mujeres pasen de ser “señoritas” (hijas del señor) para convertirse en “señoras” (esposas del señor) adoptando el apellido del marido con el prefijo “de”, así queda sellado el sentido de posesión del marido sobre “su” mujer. Aun sin matrimonio, en noviazgo o convivencia, ellos presumen ese sentido de propiedad sobre las mujeres, de ahí se deriva mucho de lo que conocemos como violencia hacia las mujeres. ¿Qué son los celos si no? Son la expresión del fracaso de ese sentido de propiedad, de control, sólo la amenaza imaginaria del fracaso y la frustración que ello conlleva suele detonar la agresión. ¿Y las mujeres no son celosas? Se preguntarán ustedes, y claro que lo son, pero, a diferencia de los hombres, ellas no están mandadas a tomar posesión sobre el cuerpo y el ser de sus maridos, son ellas las “señoras de”, no ellos. Esa posesión está destinada a “garantizarles” a los hombres su paternidad, las mujeres siempre saben que sus hijos les son propios, los hombres no, he ahí el origen de esto (Engels). Si las personas comprendiésemos que hacer un compromiso de vida en común no es sinónimo de posesión, particularmente de los hombres sobre las mujeres (ni viceversa), probablemente mucha de la violencia que observamos cotidianamente podría ceder sustancialmente.

Ser violento: no se nace, se aprende

También he aprendido que no es sólo un problema “personal” de algunos hombres que cruzan la frontera del convivir para pasar al campo de los feminicidas, es un problema que tiene que ver con la socialización patriarcal de los varones, con el mandato de guerreros que cargan sobre sus espaldas, ser violentos o estar dispuestos a la violencia es un mandato masculino perverso, reforzado de mil maneras; por ejemplo ¿por qué ellos están obligados al servicio militar obligatorio, al entrenamiento en las “artes” de la guerra”? Porque así se convierten en “verdaderos hombres”, y cuando lo logran lo llevan como pendón en el pecho, como logro. El ser violentos les trae recompensas, sin duda, les es permanentemente reforzado como valor en todos los campos de la vida. 


Dejar de producir hombres violentos 

He ahí dos de muchas explicaciones. Lo cierto es que, como sociedad, estamos fallando gravemente, ya no podemos seguir contando muertas por centenas cada año, ni mujeres agredidas física, sexual o psicológicamente que se cuentan anualmente por miles, algo diferente tenemos que hacer para dejar de producir hombres violentos. 

Ante la primera señal de violencia, esos hombres deberían ser sometidos a procesos de resocialización para que aprendan a controlar su ira, para que entiendan que sus parejas no les son propias, que son personas libres, capaces de pensar y actuar con criterio propio, que ellos no necesitan ejercer control sobre ellas, para que aprendan a relacionarse de otra manera con las mujeres, a respetarlas. Y las mujeres deben dejar de tolerar la violencia, deben estar atentas a esas señales, aprender que un hombre “celoso” y controlador no las ama más por ello, que a la larga puede convertirse en su verdugo.

Escribo esto hoy, 25 de noviembre de 2020, día internacional para la eliminación de toda forma de violencia hacia las mujeres, en homenaje a más de un centenar de mujeres a quienes sus vidas les fueron arrebatadas este año no más, y a otras tantas centenas de mujeres asesinadas en los pasados años cuyas familias siguen peregrinando en busca de justicia.


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