Cómo la transmisión aérea por coronavirus dejó de ser una hipótesis para convertirse en una realidad



Pasaron casi 3 meses. Fue el 20 abril cuando propusimos una tercera vía de contagio en el artículo científico: “COVID-19: Más allá de su alta infectividad... ¿por qué nos contagiamos tanto? Hipotesis de la 3er Vía de contagio” que fue publicado en abril en la página de la Sociedad de Imágenes Cardiovasculares de la Sociedad Interamericana de Cardiología (SISIAC), en Infobae y también en conferencia en vivo.

Esta hipótesis estaba basada en trabajos previos de aerobiología de la doctora Lydia Bourouiba, directora del Laboratorio de Transmisión de Enfermedades y Dinámica de Fluidos del Massachusetts Institute of Technology (MIT, EEUU) y del doctor Kazuiro Tateda, presidente de la Asociación de Enfermedades Infecciosas de Japón, que a pesar de no tener contacto entre ellos, demostraron mediante videos ultrasensibles -de 1000 cuadros/s- que una nube de gas turbulento llena de micropartículas era expulsada por modelos humanos reales en cada exhalación, tos, estornudo e inclusive al hablar y más aún al hacerlo fuerte.




Incorporamos entonces en ese momento y como probable el concepto de la “3er vía de contagio”: las microgotas deshidratadas ultralivianas transformadas en micropartículas se denominaban aerosoles y podrían contener virus. Sin embargo, este aerosol residual estaría influenciado por corrientes de aire y ventilación, siendo relativamente sencilla su dispersión.

Esta hipótesis podría explicar el alto grado contagio que observábamos en centros de salud en ese momento. Además de la clásica explicación de las dos vías de contagio de un virus respiratorio (directo, de persona a persona a menos de 2 metros de distancia y por contacto de superficie); algo más parecía estar sucediendo en un mundo sin control de su pandemia. Observábamos también que en centros de salud y con personal correctamente equipado seguía existiendo contagio, y el foco podía estar en comedores sin ventilación, cuartos donde dormía el personal de salud, pases de sala donde no se cubrían con barbijo. Por lo tanto era muy factible que una 3er vía de contagio se sume a las clásicas rutas de transmisión viral. Sobre todo, en ambientes con alto de riesgo de infección como centros de salud, geriátricos, hacinamientos de diferente índole, transporte público sin ventilación, oficinas no ventiladas etc. En ese momento el Centro para el Control y Prevención de Enfermedades de los Estados Unidos (CDC), y la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomendaba sólo 2 metros de distancia interpersonal. Y tampoco recomendaba el uso de máscaras oronasales caseras en la población general.



Estas organizaciones tardan en tomar una decisión o dar una recomendación por todo lo que implica la exposición de un comunicado público. Numerosos trabajos publicados en los meses siguientes (ver al final de este artículo), dieron como válida la teoría de la transmisión por aerosol, y recomendaban enfáticamente la ventilación de los lugares y espacios. Pero como una pandemia es vertiginosa, dinámica y desconocida, las organizaciones internacionales se toman un tiempo (excesivo: meses), llegan invariablemente tarde, como fue el caso de la OMS, que por momentos parecía estar viendo la realidad en cámara lenta.

Tanto es así, que el lunes 5 de julio, Lidia Morawska del Laboratorio Internacional de Calidad del Aire y Salud de la Universidad de Tecnología de Queensland (EE. UU) y 239 reconocidos científicos de 30 países, realizaron la siguiente petición en un documento que publica en forma online en la revista Clinical Infectious Diseases con un título determinante: “Es hora de abordar la transmisión aérea de COVID-19”. El documento fue elaborado claramente para presionar científicamente a la OMS para que se actualice y acepte la teoría de la transmisión aérea como 3er vía de contagio, a fin que sus recomendaciones lleguen a los que tienen responsabilidad como dirigentes y a la comunidad global que “sólo se moviliza si la OMS lo dice”.

Esta influencia clave de la OMS en el mundo fue reflejada también en Argentina. Exponiendo mis argumentos en distintos niveles de dirigencia en salud, tanto la “hipótesis de la 3er vía” y el artículo del “Uso obligatorio de máscaras oronasales en la comunidad para el primer día post cuarentena”, que fue luego presentado como proyecto de ley; la respuesta de dirigentes muy importantes fue una frase inequívoca pero insuficiente: “la OMS no lo dice”, sin dar lugar al razonamiento con sentido común ni a la observación de la realidad. No es una crítica a los que solo escuchan a la OMS… sino a la OMS misma. Por eso, y dado el rol clave de estas organizaciones internacionales en el mundo, un grupo heterogéneo de prestigiosos científicos internacionales realiza el documento y lo hace en forma de petición.

Ellos afirmaron que “los estudios realizados por los firmantes y otros científicos han demostrado más allá de toda duda razonable que los virus se liberan durante la exhalación, el habla y la tos en microgotas lo suficientemente pequeñas como para permanecer en el aire y plantear un riesgo de exposición a distancias superiores a uno o dos metros de un individuo infectado”. Este problema es “especialmente grave” en los ambientes interiores o cerrados, en particular “los que están abarrotados y tienen una ventilación inadecuada” en relación con el número de ocupantes y los períodos de exposición prolongados”.

Cabe destacar que en ese grupo científicos no sólo hay médicos, hay químicos, ingenieros en aerobiología, ingenieros en salud y ventilación, físicos… que quizás sepan poco de virus, pero mucho de transmisión aérea. Esto apoya mi concepto personal que, en una pandemia como la que estamos viviendo, el rol de los infectólogos y epidemiólogos es imprescindible… pero también lo es el rol del resto de científicos, médicos terapistas, clínicos, cardiólogos, psicólogos, sociólogos y economistas. De hecho, la voz más influyente del coronavirus en el mundo es un ingeniero, Tomas Pueyo, traducido en todos los idiomas y leído por más de 60 millones de personas, que incluyen gobiernos muy influyentes.

Pueyo también fue uno los primeros en sugerir la transmisión aérea, basado (entre otros ejemplos) en lo que ocurrió al principio de la pandemia en una iglesia de Corea del Sur (sin ventilación y repleta de fieles), con la famosa paciente número 31. Era una mujer mayor que estando sintomática concurrió varios fines de semana al templo y cantó salmos por horas, y así transmitió el virus a 5000 personas.

El grupo de 239 prestigiosos científicos terminan el artículo con un claro pedido a la OMS: “Hacemos un llamamiento a la comunidad médica y a las instituciones internacionales y nacionales relevantes para que reconozcan el potencial de la transmisión aérea de la COVID-19”, indican los firmantes y abogan por el uso de medidas preventivas. Aunque reconocen que “todavía no existe una aceptación universal de la transmisión aérea del SARS-CoV2”, destacan que “hay pruebas de apoyo más que suficientes para que se aplique el principio de precaución”.



El principio de precaución nos exige que “en caso de amenaza para el medio ambiente o la salud y en una situación de incertidumbre científica se tomen las medidas apropiadas para prevenir el daño”. Y más aún si las medidas “per se” no significan daño… como ventilar, evitar hacinamientos en lugares sin ventilación o usar máscaras oronasales caseras.

Dentro de esta nube, los virus quedan atrapados en microgotas de todos los tamaños. A medida que la nube se desplaza, y dependiendo de las condiciones de temperatura y humedad ambiental, grado de turbulencia, velocidad de desplazamiento y flujo de aire, las microgotas van contaminado las superficies en su recorrido o se van evaporando (deshidratando) dentro la nube, que termina con residuos virales que pueden permanecer en el aire suspendidos por un tiempo variable.

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Cómo la transmisión aérea por coronavirus dejó de ser una hipótesis para convertirse en una realidad
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