¡ADIÓS PAPÁ! EN HOMENAJE A LOS CAÍDOS EN ESTA GUERRA




Esta es la carta de Suki Capobianco a su papá recién fallecido, Guillermo Capobianco, quien no murió de COVID-19, pero el dolor de los hijos es el mismo. Nota del editor.

Por: Susana Capobianco

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo...”

Recitábamos de memoria las primeras líneas de su libro de cabecera, 100 años de soledad, con picaresca complicidad. Me lo regaló cuando tenía 11 años y tenía tanto que decir en su dedicatoria que comenzó a escribir en la primera página en blanco y continuó su manuscrito hasta la página 35, en los bordes de la novela. Era un código secreto que nos unía. Un lenguage que nos interpretaba. La reflexión más profunda de su vida la encontraba siempre ahí, en esas páginas eternas que leyó decenas, cientos de veces. 

“Siempre que recorro sus páginas, para descansar y recrear la mente, me convenzo más de que, en realidad, puede también ser considerado como un tratado filosófico sobre el amor, la incapacidad de amar que desarrollamos tercamente los seres humanos; el poder extraño y misterioso y la soledad. El autor, parece sugerir que el poder es lo contrario del amor y que allí donde llega el poder o donde se lucha por él, desaparecen los sentimientos y la solidaridad humana, como pagando un precio ineludible y fatal.” Y el sí que sabía de eso. Del poder, extraño y misterioso y la soledad. 

Su vida, desde el día que nació, es una historia digna de Macondo y sus personajes. Los pasajes de su infancia alucinante entre magia, cantos y pobreza, iglesias chiquitanas y empanadas fritas que la maestra Angelinita preparaba desde el alba para sacar adelante a su prole y que el vendía en la estación. Noches colgados del árbol para poder ver películas en el cine del pueblo. Su primer trabajo como pintor de brocha gorda del gran puente metálico sobre el Río Grande en Puerto Pailas que fue además, como no, su primera experiencia como dirigente sindical, a los 13 años. Su incursión en radio, una de sus pasiones.

Encontró su destino irremediable en la política. Estaba en su ADN. Idealista hasta la ingenuidad, lo imagino despidiéndose de ella en plena dictadura, yo en la panza. Le regaló una orquídea, su favorita, mientras se abrazaban y le pedía que si no vuelven a verse, le diga a su hija que su padre la amó y que fue a pelear por la democracia, la patria y su futuro, tal era su convicción. 

Y llegó al poder. Esos tiempos los recuerdo bien aunque era una niña de escasos 6 años. Primero las campañas. Las calles y la gente, los días de la esperanza. Las intensas reuniones en casa donde discutían hasta altas horas de la noche y yo, en secreto, escuchaba desde las gradas. Luego el gobierno... que posiblemente fue la época que menos tiempo pasé con él. Siempre estaba rodeado de gente, pero me despertaba fascinación verlo. Caminaba erguido y sonreía, siempre. Tenía una de esas sonrisas que iluminan todo el cuarto y un vozarrón inconfundible que se escuchaba desde la calle. En los momentos de celebración, tomaba su guitarra y cantaba tan apasionadamente que no podía evitar ser el centro de la fiesta. No debe ser posible calcular cuántas veces escuché “Fuiste mía un verano” salir de su boca, pero la cantaba tan bien que no había forma de no tararear con el. 

Luego, la caída. Cuando pienso en la tragedia de ese final para semejante generación de jóvenes brillantes, con un valor y un sentido de entrega sin parangón, pienso nuevamente en sus reflexiones: “La historia alucinante y mágica de Macondo, tiene un trasfondo de amargura, melancolía y tragedia moral, íntima”. El capítulo de su caída es una historia triste de traición, de soledad. Después de recordarlo siempre, siempre rodeado de gente, lo recuerdo solo. Solo gritando su verdad. Solo peleando contra un imperio que probaría ser más poderoso de lo que pensamos. 

Después vino una etapa de muchas luchas. Memo inició, cual coronel, 32 guerras. Guerras para reinventarse, para conquistar otros espacios. Las perdió todas. Nunca más se le abrieron las puertas al “pico de oro” del parlamento de sus años, al otrora hombre fuerte del instrumento político de la esperanza, de las luchas clandestinas y las noches de Leonardo Favio. En el camino de sus batallas dejó de rastro, monumentos: escritos lúcidos y visionarios sobre geopolítica, cientos de artículos, 9 libros y su testimonio, plasmado en las “Memorias de un Militante: el ser cruceño me salvó la vida”; dos grandes amores, una compañera de vida hasta el último día, 4 hijos, 6 nietos y 3 bisnietos y una familia a la que le dio todo lo que tuvo y que veía como la plataforma del próximo proyecto político. 

Hace 5 años, cuando cumplía 70, le hice un regalo simbólico. Peregrinamos, mi camarada Rafa y yo, por las calles de Berlín en busca de pescaditos dorados. Encontramos unos plateados que terminamos pintando de color oro y los pusimos en una cajita de madera tallada a mano que conseguimos en el mercado Turco. Eran los pescaditos de Aureliano Buendía. 

Le escribí una carta que mezclaba fragmentos de nuestro libro, el hilo conductor de décadas de historia nuestra. “Mi carta de cumpleaños y mi regalo son un tributo a vos, a la novela que representa tan bien el tiempo y la historia de nuestros pueblos, de nuestras familias, de nuestras vidas... pero en especial es un tributo a mi Aureliano, al hombre que me enseñó a llorar de la emoción, a conmoverme con el dolor de la gente, a sonreir siempre, porque sin humor la vida no vale, el que me contó del hielo, de Macondo, de Bolivia y que en sus historias me enamoró de todo un pueblo, de las ilusiones, de la política que hoy corre por mis venas. Te regalo, papito querido, un símbolo del sabio Aureliano que al no ganar batallas, para mí, ganó la guerra final; esa que ganan los inolvidables, los que viven bajo su propia ley.” Y Memo es un inolvidable. 

El último capítulo de su vida fue el que más honor le hizo a sus 100 años de soledad que tanto amaba. Llegó a nuestras vidas unos días después de que recibiera esa carta de cumpleaños y los pescaditos dorados. Un infarto cerebral anunciaba la llegada de una peste parecida a la que azotó a Macondo. Era la enfermedad del olvido. “En cualquier lugar que estuvieran, recordarán siempre que el pasado era mentira, que la memoria no tenía caminos de regreso, que toda primavera antigua era irrecuperable, y que el amor más desatinado y tenaz era de todos modos una verdad efímera”.

Los últimos días, reinaba otra peste terrible. Era la enfermedad de la distancia... de la soledad. La pandemia nos obligó a separarnos y estar solos, al menos físicamente. Un golpe del destino. Una caída en la noche, que lo llevaría a librar su última batalla. Durante 20 días peleó contra su cuerpo cansado, hasta que ya no pudo más. Esa noche, yo estaba despierta y sabía que no podría dormir. Llamé a la enfermera y le pedí que me ponga en conferencia, para acompañarlo. Su nivel de oxígeno bajó súbitamente e intuímos el final. Cerró los ojos y su respiración se hizo cada vez más lenta. Yo le decía lo que el seguramente sabía, en algún lugar de la conciencia. Todo eso del amor, del sentido de la vida. De cuánto lo admiraba por todo lo que fue. Por la dignidad en la derrota. Por su incansable pasión por su tierra y por su gente. Nos separaban pandemias, oceános y usos horarios. Nos unía una pantalla y una vida de complicidades. 

Y se fue. Un suspiro hondo y voló libre de nuevo. La Parca, su “fiel compañera”, como llama a la muerte en sus memorias, esta vez le ganó la partida. Acabó su parte en la historia, pero la historia continúa y los que seguimos en la lucha recibimos su posta, su amor y su esperanza. Luca, el más pequeño de los suyos, cada noche mira al cielo y le manda un beso a su Nono. Solo tiene dos años, pero crecerá sabiendo quién es y de dónde viene. 

No hay día que no piense en vos y que no me hagas falta. 

Hoy, a 75 años del día bendito que te vio llegar a este mundo, celebro tu vida y agradezco el privilegio de nuestra historia. Brindo por vos, que eras tanto para mí. Mi papá, mi confidente y maestro. Mi cómplice. Mi Aureliano. 

“Vendrán otros que continuarán la “zaga” de estas Memorias y de sus recuerdos, como un homenaje a la juventud y lucha del pueblo boliviano y cruceño con quien tuve el privilegio de combatir mi vida entera, con la fortaleza, la convicción revolucionaria y la mística de mi juventud y la madurez que se gana con la experiencia. Hasta entonces, Guillermo Capobianco Ribera”.

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