LA CRISIS DEL CORONAVIRUS Y LA GRAN DEPRESIÓN DEL 2008

Por Francisco Paco Alcalá.-

El economista Francisco (Paco) Alcalá, investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de Valencia, España, ha realizado una interesante comparación de la crisis económica que está siendo generada por la pandemia COVID19, con aquella que afectó a la economía internacional entre 2008 y 2009. 

A continuación, se presenta un resumen para nuestros lectores, en el que se ha tomado la licencia de omitir las referencias muy específicas al caso español.

¿Cómo se inicia y cómo se propaga una crisis?

Una crisis se produce en dos oleadas. La primera, se da en torno a un grupo particular de sectores económicos que han vivido un auge desproporcionado e insostenible durante el periodo previo, mientras que la segunda, se produce con la propagación de sus efectos al resto de la economía, alcanzando a sectores sostenibles y empresas viables que, en condiciones normales, no deberían tener problemas. Esta amplificación opera a través de tres canales: el financiero, el de la demanda de consumo y el de las expectativas. 

En la crisis del 2008-2009, el núcleo de la crisis estuvo constituido por el sector de la construcción y las industrias complementarias a él y se manifestó como la explosión de la burbuja inmobiliaria que al final comprometió no solo a las empresas, trabajadores e inversores de los sectores protagonistas del auge previo, sino también al sector financiero que les había otorgado abundante crédito y vio desplomarse el valor de las garantías ofrecidas por los deudores.

A su turno, en la segunda oleada, los bancos vieron reducida su capacidad crediticia debido a las pérdidas que destruyeron su capital, lo cual condujo a la restricción del crédito a empresas viables generándoles problemas de liquidez y solvencia, que se propagaron a otras, en un efecto dominó.

A la amplificación de la crisis a través del canal financiero, sigue una reducción de la demanda en los sectores protagonistas, que da lugar a una cascada acumulativa de quiebras, aumentos del desempleo y reducciones sucesivas de demanda en el resto de sectores y empresas que inicialmente no estaban afectados (amplificación a través del desempleo y la demanda). 

La drástica reducción de la actividad económica resultante, genera expectativas pesimistas sobre la capacidad del país para salir de la crisis e, incluso las empresas y familias solventes, aplazan sus decisiones de inversión y adquisición de bienes. Esto amplifica y mantiene en el tiempo los efectos iniciales de la crisis.



¿Cómo es la crisis económica causada por el COVID19 (CEC)?

La crisis económica causada por el Coronavirus (CEC) se debe a la imposibilidad de que los trabajadores y los consumidores se puedan reunir en los lugares de trabajo para producir o comerciar, lo cual impide el proceso productivo y la generación de ingresos de un amplio conjunto de empresas. 

No obstante la diferencia en la causa originaria de la crisis, los tres mecanismos de propagación y amplificación de sus efectos descritos anteriormente, pueden actuar de modo similar en ambas crisis. Sin embargo, en la CEC hay dos diferencias con respecto a los mecanismos habituales de propagación de la crisis, una positiva y otra negativa. 

En el lado positivo, hoy se cuenta con un sistema bancario en condiciones de financiar a empresas que están en dificultades como resultado de la crisis, pero que deberían ser viables a medio plazo. 

En lo negativo, hay un mecanismo adicional de amplificación de esta crisis: la interrupción de cadenas de producción nacionales e internacionales, obliga a otras empresas de la cadena a parar o modificar sus planes de producción por falta de insumos intermedios o de salida de su producto.

Las vías de salida de cualquier crisis comienzan actuando sobre las causas originarias y amortiguando el efecto de los mecanismos de propagación y amplificación, lo cual debe ser seguido de políticas de respuesta a la crisis. 

En la CEC la actuación sobre el origen, implica resolver el problema sanitario, con medidas de corto plazo (tests de prueba, uso de mascarillas, confinamiento) hasta que se encuentre una vacuna, lo cual ocurrirá en el largo plazo. Además, es necesario revisar y corregir las posibles debilidades en el sistema sanitario. 

Para neutralizar los mecanismos de propagación y amplificación, es necesario asegurar que el sistema bancario siga funcionando con normalidad, que fluya el crédito hacia las empresas que venían funcionando correctamente y que se faciliten moratorias en los créditos a las familias más afectadas por la crisis, al mismo tiempo que las autoridades flexibilizan transitoriamente las regulaciones sobre los bancos. 

El aligeramiento o el diferimiento de las cargas impositivas y de la seguridad social, también contribuirá a asegurar que los negocios que eran viables antes del impacto superen la crisis.
El segundo mecanismo de propagación de la crisis (caída de la demanda de consumo) puede atenuarse con apoyo estatal para el pago de planillas, a fin de que no se interrumpa la relación laboral mientras se espera que las empresas puedan reanudar su actividad. 

Para las amplias capas de la población que por situarse en la economía informal, ser trabajadores por cuenta propia u otras circunstancias, quedan fuera del subsidio o con ingresos muy insuficientes, se hace necesario poner en marcha otras fuentes de apoyo económico en forma de ingreso mínimo vital, renta básica garantizada u otros similares, mientras se supera la crisis. 

El tercer mecanismo de amplificación de la crisis que es necesario desactivar corresponde a las expectativas negativas y la posible desconfianza en la capacidad de recuperación de la economía. Las precondiciones para la confianza en la recuperación económica son, naturalmente, el control del problema sanitario y la implementación eficaz de las medidas de amortiguación de los efectos de las crisis comentadas anteriormente. Adicionalmente, hay que dotar esas medidas de credibilidad financiera y sostenibilidad política. 

Financiando la respuesta a la crisis

En principio, las posibles vías que tienen los países para financiar las medidas económicas extraordinarias son varias: recortes de otras partidas presupuestarias, accesos a fondos de reserva, endeudamiento y reforzamiento de los ingresos fiscales. Cabe también comentar la posibilidad de reducir los hipotéticos despilfarros del sector público o la corrupción, para lo cual se requiere la mejora del control, la transparencia y la evaluación gasto público. 

Pero el grueso de los fondos necesarios para enfrentar la CEC, tendrían que provenir de la cooperación internacional, ya sea con recursos a fondo perdido, o de liberar las restricciones para incurrir en mayor endeudamiento, lo cual permitiría que el impacto presupuestario de la crisis pueda distribuirse a lo largo de los próximos años. 

Con todo, la posibilidad del endeudamiento no evita que, tarde o temprano, los principales costes de atenuación del impacto económico de la crisis recaigan sobre los contribuyentes de cada país. En consecuencia, la financiación de las políticas de respuesta a la crisis requerirá, inevitablemente, un reforzamiento a medio plazo de los ingresos fiscales que permita devolver los créditos y reducir el endeudamiento. Los impuestos son un instrumento clave de los estados democráticos para canalizar la solidaridad entre los distintos grupos de población. Es conveniente recordar esta idea ahora que la población es más consciente de las necesidades colectivas. Por razones de eficacia recaudatoria y de mejora en la equidad en la distribución de las cargas tributarias, el refuerzo fiscal debería ir acompañado de una modernización del sistema impositivo.

Mirando más allá en el tiempo y en el espacio

Aunque la CEC no ha tenido su origen en excesos cometidos por sectores concretos, es previsible que los efectos negativos sobre algunas actividades como la hostelería, la industria turística y los espectáculos se mantengan más allá de lo que duren en el resto de sectores. Puede ser necesario apoyar estas actividades más allá del corto plazo, facilitar su transición hacia modelos de negocio complementarios o alternativos y, quizás, fomentar el turismo interno (pasar de Quédate en casa a Quédate en Bolivia).

Dado que cabe esperar que se afiancen aún más los canales de consumo y ocio a través de Internet, las grandes empresas internacionales que gestionan buena parte de estos canales podrían salir beneficiadas de la crisis económica. Resulta urgente —más todavía que antes de la crisis— una modernización del sistema fiscal que asegure que estas empresas contribuyen al esfuerzo económico del país de acuerdo con su facturación y beneficios. 

En estas semanas se ha puesto de manifiesto la enorme importancia de las oportunidades que ofrecen las tecnologías digitales para el teletrabajo, la formación a distancia y el ocio, pero las condiciones en las que las empresas y las personas han podido aprovechar esas oportunidades han sido muy heterogéneas. El esfuerzo para recuperar atrasos en el terreno digital debería prolongarse en el tiempo y consolidarse.

El impacto del virus sobre los países en desarrollo podría ser catastrófico dentro de poco tiempo, debido a la imposibilidad de confinar una población que en gran medida vive al día y a la precariedad de sus infraestructuras sanitarias. Solo la baja edad media de la población, el dudoso efecto ralentizador de las altas temperaturas sobre la transmisión del virus y la menor actividad de la población en recintos cerrados, junto a su menor movilidad, podrían paliar el impacto. El incremento de capacidad productiva de mascarillas, desinfectantes y otros insumos sanitarios en las economías desarrolladas, que podría resultar parcialmente redundante más adelante, deberá servir para facilitar la solidaridad internacional. El apoyo financiero será también necesario, no solo por solidaridad sino también por el interés de las propias economías avanzadas en mantener funcionando la economía global y evitar la evolución del virus por el planeta.


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