TEORÍAS DEL RACISMO

Por: Patricia Alandia | 

El racismo ha sido bastante desarrollado por intelectuales indianistas, pero poco estudiado en el ámbito académico boliviano como tema central, aunque se tienen estudios de otros campos que hacen referencia a él como un problema estructural. No obstante, podemos ver que determinados hechos sociales de nuestra historia reciente, que han enervado el racismo hasta su manifestación violenta, han impulsado investigaciones y publicaciones sobre este tema; es el caso de los hechos del 2008 y del 2019. Uno de esos estudios es Racismo y poder en Bolivia de Fernando Molina, patrocinado por Oxfam y la Fundación Friedrich Ebert Stiftung, razón por la que ha tenido una importante promoción. Molina lo presenta como una teoría sobre el racismo, un estudio académico y político, pensado desde la psicología social. 

Si bien Molina ya se ha quejado de algunos comentarios, pues afirma que no pasan de argumentos “ad hominem” (tan frecuentes en sus críticas sobre otros autores), su propósito principal, dice, es generar reacciones, y creo que esa es la mayor cualidad y logro de su texto, atizar e instalar el debate. No obstante, las reacciones suelen servir de retroalimentación para la maduración de las propuestas; ese es el objetivo de la socialización de un trabajo, que inicia en su presentación formal. Por ello, me llamó la atención que, en la presentación de su libro, ante el señalamiento de ciertas ausencias, Molina las haya justificado arguyendo que no es un estudioso del tema, y que escribe para un público boliviano. Más aún, cuando Carlos Macusaya, uno de los panelistas, imaginó con suspicacia la razón de su participación, Molina le respondió que lo había invitado para que diga lo que dijo y para que “el libro le sirva”. En fin, pese a su poco interés, comentaré algunos aspectos de su libro, ya que a mí sí me interesan las reflexiones “académicas”, aunque sean estériles para muchos. 

Lo primero que me sorprendió fue que se presente como una “teoría del racismo”, no solo porque son las primeras aproximaciones serias del autor al tema, sino porque, entiendo, una teoría surge frente a vacíos explicativos y, como él reconoce, no se ha dado el tiempo de revisar toda la literatura existente al respecto; de haberlo hecho, probablemente habría visto su esfuerzo innecesario y se habría concentrado en el análisis sobre las élites blancas, que es el objetivo central de su libro.  

Molina parte con una definición de poder, en la que no voy a detenerme porque, salvo algunas denominaciones, no diverge de otros autores; sí me interesa su concepción de/del racismo. Define el racismo como “una disposición social heredada”, que neutraliza e incluso reduce el poder social de los individuos racializados, operando como un mecanismo de desvalorización social de los sujetos a quienes se categoriza como indígenas. El problema de esta definición es que fusiona dos dimensiones distintas, la individual y la social, que, explicadas cada una en su nivel, ayudarían a entender las relaciones que posibilitan la configuración del racismo. La disposición se entiende como una condición constitutiva del ser humano, que se expresa en la acción; según el psicoanálisis, teoría de la que extrae algunos conceptos, el ser humano poseería en el núcleo de su psique un rechazo a la alteridad, a la que ve como amenaza. Entonces, todo ser humano sería por definición racista o, si se quiere, discriminador (aunque hay psicólogos sociales que utilizan el término racismo como un encapsulador de todos los tipos de discriminación). 

Al referirse a una disposición social, estaría trasladando esa condición del individuo al cuerpo social, es decir, las sociedades serían constitutivamente racistas, no obstante, el adyacente “heredada” modifica esa condición constitutiva y le otorga una cualidad cultural, de construcción que se va moldeando en la interrelación social y en la transmisión intergeneracional. Básicamente, el racismo sería un fenómeno latente que se configura y se manifiesta culturalmente. Si bien es evidente su manifestación sociocultural, considerando sus propias explicaciones en las relaciones de poder interpersonales, no puede estar ausente en su definición el origen de esas relaciones, pues el racismo es, como la mayor parte de estudiosos del tema coinciden, un sistema estructural de dominación y explotación que jerarquiza la sociedad a partir de las diferencias étnicas. Entonces, si es una disposición social heredada, cabe preguntarse cuál es su origen, cómo se configura, mediante qué mecanismos se transmite y por qué se mantiene casi inalterable a lo largo de los años (esto último se infiere de sus explicaciones posteriores). En este capítulo no se responde a esas preguntas, pues analiza el racismo apenas en su aproximación fenomenológica. 

Con esas limitaciones, para Molina, el racismo está compuesto por dos elementos interrelacionados: una creencia y una actitud (debería haber dicho conjunto de creencias y actitudes, pues de ninguna manera pueden singularizarse). La creencia, dice, se define como “una inclinación cognitivo-racional, aprendida”. Cuesta entender el sentido de “inclinación” (tal vez utilizado para no repetir disposición), pues implica una elección, que en todo caso existiría en su momento constitutivo, no ya en su condición de herencia. Lo que no explica Molina es que las creencias, como componentes del racismo, no se construyen de manera individual, sino pertenecen a un sistema que las articula y les da sentido, ese sistema es la ideología; en ese sentido, el racismo, además de un sistema de prácticas sociales, tiene su componente mental, que se adquiere y aprende en el proceso de socialización. La ideología racista, al ser un conjunto de creencias sociales, forman parte de las representaciones construidas socialmente. Molina no alcanza a explicar cómo se trasmiten estas creencias, y en este punto habría sido importante que incluya el rol de los discursos. Como los discursos circulan en los distintos ámbitos de la vida social: escuela, medios de comunicación, calle, entre otros, no solo se internalizan en las cogniciones de los “blancos racistas”, sino de los sujetos racializados. 

El segundo componente al que hace referencia es el de actitud. Molina la define como una inclinación a actuar, pero de carácter emocional. Dice que es una “pulsión” (lo que entienda por ella), que predispone a favor o en contra de alguien; en el caso del racismo, dice que predomina la aversión al fenotipo, aversión a la condición cultural de los “indígenas”, única forma identitaria que reconoce por oposición a “blanco”. Si bien su definición de creencia se acerca a la concepción de categoría cognitiva que quiere asignarle, la de actitud es definitivamente confusa, y más porque mediante una operación metonímica se sirve de ella para introducir otra definición del racismo, que es la que predomina en sus análisis: “en tanto actitud, el racismo es la aversión al indígena”. 

El concepto de actitud no es nuevo; si bien ha sido rechazado por algunos teóricos de la psicología social, es un concepto central en la psicología cognitiva, y, a partir de ella, en el análisis crítico del discurso y en la sociolingüística, entre otras disciplinas; en esta última, se aplica al campo específico del uso de lenguas. Las actitudes son parte importante de las representaciones mentales. En general, suelen definirse como las opiniones internalizadas que definen nuestros juicios de valor, positivos o negativos. Las actitudes lingüísticas, por ejemplo, se explican en términos de la valoración que se asigna a las lenguas, y, a partir de ellas, a los hablantes. Si bien esas valoraciones no necesariamente implican opiniones racistas, en una sociedad poscolonial como la nuestra, muchas de esas valoraciones estarán determinadas por el racismo. Por ejemplo, el castellano será valorado positivamente, en tanto que las lenguas indígenas, negativamente, pero ello tanto por parte de los castellanohablantes como por parte de los hablantes de lenguas indígenas, bilingües o no. 

Volviendo al concepto de actitudes, Molina les asigna un carácter emocional. Las emociones no son mentales, son pasajeras y de experiencia personal, de manera que no podrían explicar fenómenos sociales. No obstante, hay muchas teorías que las utilizan para explicar el racismo u otros tipos de discriminación. Ahora bien, las emociones pueden asociarse a creencias, y activarse cuando se hace referencia a esa creencia. El psicoanálisis tiene algunas explicaciones, que pareciera que Molina integra a su teoría, pero con algunas contradicciones.

Al dar un ejemplo de actitud, Molina se refiere a la “tendencia de los blancos de invisibilizar a los indígenas”, es decir, a negar su presencia social. Para explicar esta “actitud”, da el ejemplo de las trabajadoras del hogar, siempre indígenas, y de cómo las familias no reparan en ellas ni les importa lo que realizan. Al respecto, Jorge Bruce, en su estudio psicoanálitico sobre el racismo en Perú, “Nos habíamos choleado tanto”, se refiere exactamente a este hecho (la relación de las familias con respecto a los trabajadores del servicio doméstico), sin embargo, como ejemplo del racismo como manifestación de la pulsión de muerte, que supone una “progresiva indiferencia al otro”. 

La emoción a la que hace referencia arriba Molina, es decir “la aversión”, que luego es intensificada con el término “repulsión”, y que suele explicitarse en los discursos cotidianos y políticos cuando se refieren a “odio”, constituye un vínculo emocional, que en la ejemplificación de Molina no existiría, y menos aún en la explicación de Bruce. Como puede verse, los componentes del racismo a los que Molina hace referencia son mentales, y son componentes compartidos socialmente, por ello, el racismo es un fenómeno social. Entonces, no se puede hablar de disposición, sino, como afirma Teun van Dijk, de cognición social, determinadas por la ideología que justifica las relaciones de poder imperantes.

Tomo el trabajo de Bruce, debido a las evidentes similitudes en los ejemplos analizados, pese a que Molina no lo cita entre sus referencias, y no asume una postura psicoanalítica. El apartado del libro de Molina “Encholamiento versus mestizaje” pareciera seguir más aún la línea analítica de Bruce, pues se centra en la explicación de la ausencia del deseo sexual del blanco hacia el indígena, al que denomina “pulsión negativa” ─en lugar de pulsión de muerte, concepto sí existente─, caso que definiría al “racista integral”; los matices en la relación entre deseo y aversión evidenciarían matices de racismo. El trabajo de Bruce llega a este tipo de explicaciones a partir de casos clínicos concretos de personas que sufren el racismo; Molina no explica cómo llega a sus conclusiones.

Finalmente, en el ensayo “Blancos, cholos e indios. Identidades ‘en sí’ y ‘para sí’”, Molina describe la organización social boliviana, que, más que en clases, presentaría estamentos, siguiendo la lógica de la Colonia. Habría sido interesante que incluya estas consideraciones en su definición de racismo, ya que, como advertí, queda coja sin este componente esencial. Esta estamentación estaría atravesada por la identidad étnica: solo los blancos, asegura, pueden formar parte de los estamentos altos; quien quiera ascender tiene como condición el “blanqueamiento”. Si bien en ese proceso de “blanqueamiento” incorpora componentes culturales, enfatiza en que el rasgo fenotípico es definitivo, de manera que un rico que no se ve “blanco” no es aceptado por el estamento alto. 

Estos procesos de “blanqueamiento” ya han sido explicados en varios trabajos; lo particular en el trabajo de Molina es la esencialización de la categoría “blanco”, a la que le añade como adyacente el término “jailón”, un apodo sociopolítico peyorativo, que, por esa carga negativa y su condición efímera (las nuevas generaciones dicen “jaila”), no funciona como categoría analítica, salvo que el propósito sea el mismo que el de los hablantes que lo utilizan. Desde esa perspectiva, no habría forma de superar el racismo.

Como bien reconoce el mismo Molina, el objetivo explicativo de toda esta “teoría” es político ─esto se evidencia con claridad en su último ensayo─, y sirve de piso a la narrativa gubernamental que ha repetido hasta el cansancio que las manifestaciones del 2019, organizadas por grupos de “blancos”, estaban motivadas por su racismo y odio, apenas contenido en 14 años en contra de un Gobierno de indígenas, que les había quitado sus privilegios. Fuera de algunos de los cargos en la administración pública (algunos porque varios “blancos jailones” se reciclaron y levantaron el puño, muy sueltos de cuerpo), habría que preguntarle qué perdieron las élites “blancas” para promover semejante movilización ciudadana. ¿La Banca no experimentó la mayor bonanza de su historia en pleno proceso de cambio?; ¿los agroindustriales no recibieron como regalo un paquete de normas que no habían conseguido en otros gobiernos?; ¿acaso las transnacionales dejaron de percibir sus jugosos beneficios, que incluso incrementaron con la devolución de costos de inversión? 

No puede negarse que una parte de los movilizados eran y son expresa y vergonzosamente racistas, pero, considerando los millones que salieron a las calles en todo el país, basta con recurrir a operaciones aritméticas básicas para constatar que miles de ellos habían votado por Evo Morales el 2005 y/o el 2009. En consecuencia, así como Evo Morales y, especialmente, García Linera utilizaron sistemáticamente el racismo para escudarse de las denuncias de corrupción y asegurar las lealtades, en este caso, el racismo es utilizado para tapar el fraude, el desconocimiento del Referéndum del 2016 y las consecutivas violaciones a la CPE que aseguraban su perpetuidad en el poder.

Coincido con Molina en que negar el racismo es inadmisible; existe y atraviesa todos los ámbitos de convivencia social. Sin embargo, es un problema complejo, que no puede reducirse a las prácticas que ha identificado en su entorno más próximo. Y la salida no está en profundizar las diferencias esencializándolas, como hizo el Gobierno del MAS durante los últimos 10 años de su gestión, mientras reproducía el racismo colonial en contra, sobre todo, de los pueblos indígenas de tierras bajas. Está bien señalar las prácticas racistas de las clases, grupos o personas, para generar conciencia, reflexión, cambios, pero no se puede sacar de la ecuación al Estado, cuya transformación a plurinacional no pasa de la retórica. Y sobre todo hay que mirar en dirección de la educación, tan escandalosamente deficiente y abandonada, razón por la que no solo profundiza las diferencias sociales, sino que desahucia el desarrollo de la interculturalidad, el bilingüismo y la descolonización, conceptos tan desgastados en el discurso gubernamental. 

Negar que el racismo ha sido manipulado políticamente por el MAS y que, por lo tanto, le conviene a este perpetuarlo e incluso profundizarlo, es tan pernicioso como negar que el racismo existe. 

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