Apuntes desde el confinamiento: tensión discursiva entre lo individual y lo colectivo

Por María Gabriela Mazzuchino, vía Nexos.-

La pandemia por covid-19 no escapa al vasto rumor de discursos sociales. En estos tiempos tan convulsos, de confinamiento también interior, son múltiples las voces (frases, ráfagas de imágenes o fragmentos de discursos más amplios) que nos interpelan, y muchas de ellas tienen como vehículo privilegiado las redes sociales. En lo que sigue, comparto algunas ideas, que he dado en llamar “apuntes” por su carácter inacabado, acerca de ciertas construcciones y prácticas discursivas a raíz del coronavirus.

Diversos trabajos, deudores de La enfermedad y sus metáforas, de Sontag (2013), alertan sobre el riesgo de conceptualizar a las enfermedades mediante metáforas bélicas, con las que claramente se piensa en un campo de batalla, el cuerpo del enfermo, así como en vencedores y en vencidos, y, a la par que se contribuye a la mitificación de unos, se estigmatiza a otros. Desde el comienzo de la pandemia, hemos recibido este tipo de mensajes en forma de notas, tuits y publicaciones digitales varias, así como de cantos y aplausos efusivos desde los balcones, que celebraban el carácter heroico del personal médico y la fortaleza de “los campeones” que “vencían” al covid.

Ilustración: Estelí Meza

Alertadas por el inquietante avance de las metáforas belicistas en torno de la pandemia en Europa,1 un grupo de lingüistas españolas2 tuvo la iniciativa de abrir una página web-repositorio de tales usos, “para promover formas no bélicas de lenguaje sobre el covid-19 […] metáforas y otros tipos de lenguaje figurativo para motivar y unir a la población en estos tiempos difíciles”. La empresa, sin duda loable, se asienta en una inmensa esperanza en el poder de la palabra como herramienta transformadora de la realidad: “toda metáfora es una propuesta de ordenar la realidad […] y también tiene un impacto social, si la metáfora se acepta” (Olza 2020). Si, en efecto, las metáforas moldean nuestro pensamiento (Lakoff y Johnson 2015), ¿qué mejor que desechar las que (re)producen la violencia y el prejuicio, y reemplazarlas por otras más amables?

En Twitter, el hashtag #ReframeCovid no solo clasifica las propuestas e inquietudes en torno del problema (y de la iniciativa de sustituir las metáforas bélicas), sino que también nos insta de manera optimista al cambio. Y está bien que así sea. Ahora bien, ni la iniciativa pretende ser prescriptivista, ni el hablante, por sí solo, tiene el poder de remar contra la fuerza social de la lengua; de ahí que Olza (2020) reconozca que, a lo sumo, lo que podría lograrse es la coexistencia de metáforas, pero no la eliminación de las que tienen carácter bélico. La lengua es social, y no siempre podemos predecir sus vaivenes ni menos aún controlarla; las palabras no son nuestras, sino que somos lo que otros han dicho, así como sujetos que (se) hablan pero que no se reflejan exactamente en su discurso, pues este siempre es una representación verbal, en la que resuenan ecos o perspectivas enunciativas diferentes (Ducrot 2001). Además, muchas de las formas que empleamos para referirnos a esta pandemia no son realmente nuevas ni menos aún cosas u objetos que podamos moldear o manejar a discreción.

Para Cingolani (2020),3 por el contrario, “no se consolidó una metáfora bélica”, como podría parecer; más aún: hay un “fracaso de la metaforización”, que ha sido desplazada por la metonimia, una figura que opera sobre la base de “relaciones de proximidad, contigüidad y encadenamiento”: “una pandemia es, ni más ni menos, que un gran mal de contacto”, afirma el semiólogo argentino.

Siguiendo esta línea interpretativa, podríamos aventurar que las imágenes de los ataúdes apilándose o de las innumerables fosas abiertas se superponen con (y se oponen a) las que retratan lo que ocurre en la intimidad de los hogares, donde la vida cotidiana también asume formas metonímicas, muchas de ellas con la dimensión de lo micro: masa madre y pan artesanal, elaborado tras muchas horas de fermentación (controlada); ejercicios y menúes “naturales” a la carta, para “reforzar el sistema inmunológico” y, por qué no, para encontrar los abdominales escondidos, porque el estar confinados debe ser una “oportunidad” para cuidar de nuestro cuerpo; cadenas de tiktoks con “desafíos” tales como imitar algún paso de reguetón en pocos segundos, y “mensajes positivos”. Lo viral también avanza sobre la pantalla, con mensajes que nos instan a “recuperar” el tiempo perdido, ahora que el tiempo parece estar en suspenso. En Instagram, además, nos ofrecen todo tipo de cursos (de panadería, claro está, pero también de yoga, de elaboración de quesos y de cerveza casera), e incluso cubrebocas de diseñador de entre 5,000 y 13,000 pesos (si no más). La vida parece haberse aletargado, pero no el ritmo de consumo.

Nuevas formas de control: del “Esto ya pasará” a “Tienes que quererte más”, lo que implica cultivar tu propia huerta, cuidar lo que comes, hacer ejercicio y meditación, y producir y producir. Es tiempo de acabar esa tesis inconclusa (porque, se sabe, el tiempo apremia, y la incertidumbre y temor desatado por el virus no deben atentar contra nuestros objetivos profesionales); es tiempo de escribir ese libro que no pudiste escribir hasta ahora, es tiempo de adelantar materias o de “aprovechar el costo de oportunidad” (sin ser oportunista, claro), y de mostrarte proactivo, optimista, informado y crítico, pero sensible.

Estamos, muy probablemente, ante nuevas manifestaciones del discurso neoliberal, que Martín Rojo et al. (2010: 93) definen como una “mutación en todas las esferas de nuestra existencia […] [que] nos anima a superar metas, a acumular competencias, títulos y destrezas de todo tipo […] y a experimentar esta explotación como una oportunidad para la transformación personal”. Palabras como autocuidado, autocontrol y autodisciplina son, desde esta perspectiva, formas lingüísticas que cristalizan ese marco de pensamiento economicista, que “sitúa […] [al sujeto] como responsable único de su situación, sin cuestionar el papel que el contexto y las causas estructurales juegan en su devenir” (Martín Rojo et al. 2010: 98). Ese énfasis en lo individual no excluye la vigilancia y el control de los demás, como se desprende de tantas publicaciones en línea que denuncian actitudes “fascistas”, y en las que aparece la metáfora del vecino como “vigilante” o “guardia”.

En un decálogo que empezó a circular el 13 de junio, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), nos invita a desarrollar “algunas actitudes que podríamos experimentar para salir con seguridad a la calle, realizar nuestras actividades de siempre y vivir sin miedos ni temores”.4 Mientras lo leía, me intrigaron tres aspectos. Primero, el sintagma “podríamos experimentar actitudes”: ¿cómo conjuntar una experiencia (percibida, vivida) con una actitud (voluntaria)? ¿O será “experimentar” en el sentido de “ensayar”?, me pregunté. Segundo, ¿a quién estaba destinado el mensaje? Y tercero: ¿por qué un “decálogo”? La elección de ese nombre (me) suscita reminiscencias bíblicas, la transmisión de una verdad revelada, o bien literarias (inevitable pensar en el Decálogo del perfecto cuentista, de Quiroga).

En Twitter, descubrí una que otra controversia respecto de las dos últimas cuestiones: por un lado, ante las críticas por el género escogido, un decálogo, los seguidores de AMLO defendían que sería el más adecuado para hacer llegar el mensaje de manera concisa, precisa y clara; por otro, señalaban que todo lo que dijera el presidente estaría siempre sujeto a cuestionamiento por parte de sus detractores, por lo que a ellos no estaría dirigido, estrictamente, el mensaje.

Sobre el primer punto, si el texto mismo se titula “decálogo”, no caben dudas de que estamos ante un discurso que podría inscribirse dentro del campo de lo instruccional, pues supone ejercer un rol, el de experto, para dirigirse a otro, el aprendiz, con el fin de que sepa hacer algo que se desea que haga. Esto, que es más claro cuando de un proceso instrumental se trata, adquiere nuevos ribetes en el decálogo presidencial, de corte más bien espiritual: no se ofrecen indicaciones sanitarias sobre cómo lidiar con el virus (para eso están las “recomendaciones expertas”), sino sugerencias de otro tipo. Es decir que, de las dos finalidades amplias que Silvestri (1995: 11) identifica en los géneros instruccionales, “organizar patrones de conducta y planificar secuencias de acciones”, el decálogo presidencial focaliza en la primera.

Para ello, se vale de una estructura que remite a las instrucciones, con pasos (no secuenciales) encabezados por un número, y verbos apelativos, la mayoría en primera persona del plural, lo que genera la impresión de que el orador se incluye entre los interlocutores a los que exhorta. En el último punto, en cambio, la interpelación se centra en el tú, en la segunda persona del singular, por lo que claramente se interpreta como un imperativo: “Tengas o no una religión, seas creyente o no, busca un camino de espiritualidad, un ideal, una utopía, un sueño, un propósito en la vida, algo que te fortalezca en lo interno, en tu autoestima, y que te mantenga activo, entusiasmado, alegre, luchando, trabajando y amando a los seres queridos, al prójimo, a la naturaleza y a la patria”. Si el enunciador está ejerciendo o no un rol “religioso”, en vez del rol de mandatario que cabe esperar, es algo que requiere más estudio, pero es evidente el peso de lo moral.

Respecto del segundo punto, a quién se dirige el decálogo, más allá de nuestras afinidades ideológicas o partidarias, como en cualquier discurso político, más aún si es público y digital,5 los dichos de AMLO surgen en un contexto específico, pero llegan a una pluralidad de destinatarios, aun a los no previstos ni imaginados por el autor; se estructuran de cierto modo (atendiendo a las posibilidades genéricas; en este caso, de un “decálogo”, y a las restricciones del medio);6 se asocian con un determinado imaginario, marco de creencias o posicionamiento ideológico (que también es, claro está, discursivo), y, por supuesto, configuran a un destinatario múltiple: no solo el adepto o prodestinatario, como afirmaban los seguidores de AMLO en las redes, sino también el contradestinatario o adversario, siguiendo la tipología de Verón (1987).

Podrá argüirse que la primera persona del plural del comienzo es excluyente, que es un “nosotros” que no busca incluir a todos los destinatarios posibles, sino solo a los adeptos (y es posible que así sea), pero, ante las críticas, cabe reflexionar también sobre la transparencia del lenguaje. Si “yo” existe solo para quien toma la palabra, y en virtud del “tú”, como planteó Benveniste (1979), y si el discurso no es mero reflejo de una realidad ni, menos aún, producto de un único sujeto racional y consciente, que dispone de la lengua como un demiurgo (por lo que decíamos: la lengua es social), ¿a quiénes se refiere aquí “nosotros”?

Sin ánimo de analizar pormenorizadamente este discurso, lo primero que noto es que los sujetos o perspectivas enunciativas que se cristalizan en él resultan algo escurridizos. ¿Es esa primera persona del plural un nosotros que incluye a la figura presidencial, o funge más bien como un plural sociativo, esa forma afectiva que usamos cuando queremos mostrar empatía hacia el otro y, muchas veces (por ejemplo, con los niños), lograr que hagan algo o vencer una resistencia? ¿Quiénes, de entre nosotros, debe salir (por obligación) cada día a la calle? ¿Qué es lo no dicho sobre tales salidas? ¿Salir a qué? ¿Cuáles son, concretamente, esas actividades?

Por otra parte, el llamado a “seguir el propio criterio”,7 separa claramente dos dimensiones: la técnica o propia de los expertos (mediante una nominalización o nombre más abstracto: “recomendaciones médicas”) y la de la vida cotidiana, encarnada en la singularidad de quien se ve obligado a salir a la calle (interpretamos que para subsistir). Frente a las recomendaciones expertas, generales, se impone la vida misma del que sale a jugársela a la calle, y que (se supone) debe ejercer su libertad con responsabilidad. Un llamamiento individual que no se pretende individualista (como parece desprenderse, por ejemplo, del punto tres del decálogo), pero que se plasma en un tú personal, reducido a su ámbito cotidiano y más cercano, alejado de lo colectivo.

Es una hipótesis un tanto aventurada la que sigue, pero en el llamado a ser responsable de modo individual creo percibir ecos del discurso “positivo”, ese que se conecta con “La incertidumbre y la retórica de la incertidumbre […] [y que] Nos empuja a ‘cuidar’ de nosotros mismos de forma disciplinada y autorresponsable” (Sunyol y Codó 2019: 93),8 así como a cultivar determinados “valores”. En el punto nueve del decálogo, a partir de la cita textual de un referente popular, se afirma que “En nuestra América, como lo canta Rubén Blades, ‘a pesar de los problemas, familia es familia y cariño es cariño’ ”, y se invita a actuar “con optimismo”: “El buen estado de ánimo ayuda a enfrentar mejor las adversidades”. Este subjetivema9 revela una visión interpretativa acerca de la pandemia, conceptualizada desde lo emocional como infortunio o desgracia; es decir, como algo de cierto modo inevitable o inmanejable, que hay que sobrellevar con buen ánimo.

Los instrumentos para encarar esa adversidad son, también, de índole emotiva: el optimismo, la solidaridad, la moderación o austeridad, la igualdad, entre otros subjetivemas valorativos axiológicos. Entre los consejos que buscan alentar ciertas conductas, también se incluyen preferencias de consumo: “optemos por lo natural, lo fresco y nutritivo […] animales de patio y de potrero, no engordados con hormonas”, recomienda el decálogo en el punto siete.

En una entrevista, el psicólogo Edgar Cabanas, autor del libro Happycracia,10 reflexiona acerca de las peculiaridades y riesgos que entraña la llamada “psicología positiva”: “Para la psicología positiva, todo es susceptible de ser instrumentalizado para nuestro bien, bienestar o interés. Y lo mejor que podemos hacer es no dejarnos abatir por las circunstancias externas […] para centrarnos en trabajar nuestras actitudes, nuestros pensamientos y nuestras emociones positivas” (Cabanas 2020). Me resulta inevitable trazar un arco entre el decálogo y este pensamiento, por lo antes expuesto.

Ahora bien, a diferencia del discurso neoliberal que echa mano del lenguaje positivo, el decálogo no conecta claramente felicidad y rendimiento económico, aunque, sospechamos, la razón de ello puede vincularse con un dilema planteado en los últimos tiempos, al que podríamos llamar, siguiendo a Jorquera Álvarez (2020), como la disyuntiva “economía o salvar vidas”. En el marco de la conflictiva realidad chilena y de una crisis más amplia que la desatada por el covid-19, la autora analiza los efectos discursivos de tal disyuntiva (que ella llama “dicotomía”), a raíz de las repudiables expresiones del gerente de la Cámara de Comercio de Santiago, Carlos Soublette: “No podemos matar toda la actividad económica por salvar vidas”. Del análisis de diversos discursos en torno de esta afirmación, resalto una de las conclusiones de Jorquera: “‘Perder vidas’ es perder ciertas vidas, las que ya se han estado perdiendo desde antes del covid-19”. Lo indecible (hay vidas de primera y de segunda, o vidas que no valen lo mismo, frente a la economía) aparece ominosamente expresado por el líder de la Cámara de Comercio.

En el decálogo de AMLO, en cambio, lo indecible sigue siendo indecible (en ningún momento, como en el caso chileno, se defiende la necesidad de reactivar la economía a costa de la vida humana), pero el llamamiento a la responsabilidad individual, junto con la indefinición sobre el destinatario construido y la presencia de numerosos implícitos, nos llevan a asociar lo planteado con el problema de la economía: lo que se presupone es que quien sale a la calle es aquel que debe salir para trabajar, para subsistir. No es un llamamiento a la responsabilidad individual entendida en términos del confinamiento, como en otros países.

En Argentina, donde el confinamiento ha sido estricto, la retórica pareciera apuntalarse en lo colectivo e incluso en lo futbolístico,11 de modo que el confinamiento se plantea como un esfuerzo de todos, un trabajo en equipo y dirigido a un objetivo más amplio. Desde mi punto de vista, aunque es cierto que resultan menos estigmatizantes que las metáforas bélicas, estas otras, en torno del deporte, también reproducen la lógica del ganar o perder o la oposición entre vencedores y vencidos que tanto criticó Sontag.

El presidente Alberto Fernández (AF) remarca que “después de mucho tiempo los argentinos nos unimos para resolver un problema y dejamos de lado cualquier diferencia política”.12 La primera persona del plural es, aquí, claramente un nosotros inclusivo, y la pandemia, “un problema” que motiva superar las diferencias políticas, condensadas en la famosa metáfora de “la grieta”.

A la par, algunos tuits de la Casa Rosada invitan a cuidarse en segunda persona singular: “Seguí cuidándote”. Vemos, entonces, una estrategia discursiva similar a la del decálogo de AMLO, pues también se construye un destinatario individual y cercano.13 El tuit está acompañado por un video sobre la “reactivación de las actividades de producción”, en el que también se advierte sobre el incremento de contagios en lugares donde el virus se creía controlado, y se insta al “respeto por las recomendaciones sanitarias […] que implica mucha responsabilidad individual”: no generar encuentros de muchas personas, identificar los síntomas por más leves que sean, no compartir el mate, etcétera.

En una conferencia de prensa del 23 de mayo, AF afirmó que “El virus no nos busca, nosotros buscamos al virus. Por eso hemos decidido llevar adelante la cuarentena y hemos logrado garantizar la atención sanitaria de cualquier argentino que la requiera”. Mediante la antítesis, se intenta reforzar la imagen comprometida y agentiva del gobierno, en medio de cuestionamientos sobre el número de controles que se estaban realizando. El virus, aquí, además de animado, se inscribe en una representación inversa de los hechos, al modo del juego del gato y el ratón, que lo pone en posición de presa, y no del cazador. Claramente, se trata de una conceptualización optimista, que busca reforzar la imagen activa y comprometida del gobierno argentino.

En la misma conferencia,14 el presidente sostuvo que “Angustiante es enfermarse, no salvarse, no preservar la salud. Angustiante es que el Estado te abandone y te diga arreglátela como puedas, no que el Estado te diga quédate en tu casa y cuidate, yo mientras tanto voy a buscar donde está el virus”. La negación y las reiteraciones, por vía de la anáfora, conectan polifónicamente los dichos de AF con la voz opositora, la que sostiene que el confinamiento es “angustiante”, perspectiva que claramente el presidente no comparte, y a la que se enfrenta abiertamente. La dimensión argumentativa es evidente, gracias a las negaciones, que no solo evidencian “la presencia de dos puntos de vista antagónicos susceptibles de ser atribuidos a distintos seres discursivos” (García-Negroni 2009: 63), pues el presidente corrige una afirmación o punto de vista previo, pero tomando distancia de él y planteando el propio como el único válido, al precisar qué entiende por “angustiante”, lo que se conoce como negación metalingüística.15

El virus nos interpela individual y colectivamente, y se inscribe en un marco problemático previo, en el que la polarización y la polémica son lo habitual. El último enunciado de AF podría vincularse con el decálogo de AMLO: ¿hasta qué punto el llamado a la “responsabilidad individual” del mexicano no supone un “arreglátelas como puedas”? Después de todo, como el decálogo mismo deja entrevar (por vía del implícito), es la familia, y no una institución estatal específica, como el IMSS o el ISSSTE, “la mejor institución de seguridad social en el país”.

En suma, lo que parece estar en juego es la (aparente) disyuntiva entre la libertad, condensada en lo individual, en las salidas y en la reactivación económica, y el bien común, que implica acatar el confinamiento y las medidas de los expertos y del gobierno, aunque se resienta la economía. Lo que está en juego, en definitiva, es el alcance de la relación que se establezca entre autocuidado y salud pública.

En Costa Rica, mientras tanto, el gobierno impulsa otra metáfora muy interesante, que se enmarca en la retórica que venimos analizando: la de “la burbuja productiva”. Al parecer, es tiempo de salir a la calle, pero manteniendo las distancias y, por supuesto, moviéndose en burbujas,16 que no son definidas, como cabría esperar, por el número y la cercanía de sus integrantes, sino por el efecto que se busca alcanzar, de carácter económico: productivas<lo que produce.

Nunca, ni aun en la situación más excepcional en que nos encontremos (¿puede haber otra que lo sea más que esta?) debemos dejar de producir. Póngale usted un objeto directo al verbo, pero produzca (lo que sea). No hay tiempo para el ocio, que ya antes era un lujo. Pero solo los que pueden permitirse (como si fuera un lujo) quedarse en casa producirán (lo que sea) frente a su pantalla, sin exponerse al riesgo del contagio (o exponiéndose muy poco); el resto tendrá que poner el cuerpo y hacerse cargo de su propia salud, pues ya no parece haber una red social que los contenga. Paradójicamente (se me ocurre, a partir de este análisis de Tristán), la burbuja es ese minúsculo espacio cerrado (si se abriera, se rompería) que permite “abrirse” al exterior para “abrir la economía”. Esta metáfora en apariencia inocente es, en realidad, muy peligrosa, pues, para alentar la producción, se reviste metafóricamente al sujeto de una imagen que sugiere aislamiento, pero también extrema fragilidad, “corta vida”. Otra vez, los implícitos nos llevan a establecer asociaciones no deseadas seguramente por el emisor del mensaje.

En las redes también circulan críticas de las innumerables publicaciones que buscan instalar el terror en torno del covid-19 (lo siento, Real Academia Española, pero en mi mente no tiene género femenino, aunque sea “enfermedad”).17 ¿Por qué no se nos informa también sobre los casos “de éxito”?, cuestiona alguien en Twitter. ¿Cómo transitan la recuperación quienes no murieron? Interesante es lo no dicho, y no solo lo dicho. En ocasiones, las palabras sobran: las imágenes de los muertos olvidados en las calles de Guayaquil señalan el vacío de eso que no se puede formular con palabras.

Los memes, con su repetición inherente, también echan luz sobre este periodo oscuro y de aparente letargo: desde hace un tiempo, está circulando el meme “de los perritos”,18 que puede resultar conservador, no solo en las formas (lo positivo se asocia con un cuerpo “hegemónico”, fuerte, de gimnasio, y lo negativo, con lo regordete, suave, tierno), sino también en el contenido (lo positivo es el pasado; lo negativo, lo reciente). Es cierto que merece la pena reflexionar sobre este tipo de imágenes, sobre todo si parecen responder a la retórica de la glorificación del pasado para justificar el rechazo de las nuevas generaciones, cuando no el otorgamiento de menores o nulos derechos en el presente. Pero el meme me interesa no tanto por su carácter inicial, como por la mutación que observo últimamente, cuando muestra una cara menos amable de nosotros mismos, los que no podemos (ni de lejos) llamarnos millenials o centennials, y contrasta nuestro pasado (reciente) y nuestro presente, o cuando expone humorísticamente cómo nuestra cotidianidad ha mutado a raíz de la pandemia. ¿Será que somos como perros o mascotas del virus? En vez de bozal, cubrebocas. Y a respetar órdenes y a quedarse donde nos indica el amo.

Analizo mis intervenciones en las redes sociales: en Facebook y en Instagram, nunca, como hoy, compartí tantas fotos de comida, de vida silvestre (en esa hora semanal que me permito afuera), de ocurrencias de mi hijo (que está aprendiendo a escribir, pero que ya se cree escritor), de recuerdos de gente que está muy lejos o que ya no está. En Twitter, en cambio, comparto (por lo general, para mí misma, como pensando en voz alta) retazos de lecturas o frases de algunos de los tantos ponentes “virtuales” que sigo estos días.

Lo que tenemos automatizado de la comunicación, eso a lo que, en situaciones “normales”, no prestaríamos mucha atención (lo paraverbal y extraverbal: los gestos, las miradas, las posturas, los tonos…) cobra nuevos sentidos, sobre todo al enfrentarnos al silencio demoledor de la pantalla: los intercambios, además de escasos o cronometrados (la duración de una clase, el tiempo disponible en Zoom), se vuelven más rígidos y pautados, cuando no controlados, si dependen de la velocidad de nuestra conexión a Internet, de la capacidad de una plataforma, de la calidad de nuestros dispositivos, de que el otro acceda, por fin, a encender su cámara y a participar de la “conversación”.

La charla entre amigos, cara a cara, se convirtió en una panacea (ni hablemos de compartir un mate, ese ritual que algunos, ahora, mantenemos en solitario): “Susana Distancia”, esa prosopopeya con que nos instan en México a no acercarnos a los demás para “preservarnos y preservarlos”, ha limitado o anulado todo contacto físico. La representación visual de Susana evoca la de una superheroína similar a la Mujer Maravilla,19 los brazos extendidos, como dentro de una burbuja (imaginamos que una especie de campo magnético, de poder, que impide el acercamiento y que repele al enemigo, al virus). Pero nosotros somos humanos, no superhéroes.

Hace poco escuché, en uno de los tantos webinars que intentan romper la cuarta o quinta pared detrás de la cual nos “protegemos”, que algunos pueblos indígenas de Perú no llaman al virus por “su nombre propio”, sino que le dicen “la peste”, porque hacerlo sería ponerle rostro, encarnarlo, tratarlo como a un igual y, por el solo hecho de darle nombre, abrirle las puertas de casa (López 2020).

Una casa-trinchera, una casa-búnker, una casa-fortaleza desde donde nos pertrechamos para enfrentar a esa cosa informe,20 que no necesita que le abramos la puerta para entrar a jugar, porque puede esconderse dentro del vecino, del hermano, de la pareja, del hijo… Como en un cuento de Philip K. Dick, el “enigma de otro mundo” de la película de 1951 o “la Cosa” de Carpenter (1982), así, en mayúsculas, el virus constituye lo innombrable e informe, eso que por un lado es dicho con el sustantivo más corriente aplicable a cualquier ente (cosa), adaptable, porque se va transformando para vivir (aunque, técnicamente, un virus se mueve en una zona gris, la de lo no vivo ni muerto, o es una especie de muerto-viviente, zombi despojado de humanidad y, por lo tanto, de lenguaje), y, por otro, es personificado y dotado de cualidades humanas, lo que lo hace más concreto, pero también más “cercano”. A diferencia de la esfinge, el virus no nos arroja a la cara una pregunta concreta, sino muchas. Hay, incluso, quien pone en duda su existencia y duda de todo lo concerniente a la pandemia, y el virus de la naturaleza se convierte en el virus de la desinformación y de las fake news, poderosas aun entre “intelectuales”.21

¿Nos pensamos a nosotros mismos como sujetos u objetos? ¿Somos los agentes de algo, o estamos padeciendo esta “situación”? (Me fascinan los eufemismos, como este de “situación”, con que pretendemos aligerar la gravedad de la pandemia). ¿Nos percibimos realmente como un colectivo que actúa codo a codo contra el contagio, o el virus ha disuelto los delgados lazos que nos mantenían unidos? En estos días, encima (y me inquieta usar este marcador, por lo que voy a decir), las manifestaciones populares contra el racismo en Estados Unidos, desatadas por el asesinato de George Floyd, nos exponen a un doble riesgo: el “No puedo respirar” de la víctima se ha convertido en la amenaza invisible que pende sobre todos nosotros,22 y que articula lo político con lo personal.

Todo este momento está condensado, metonímicamente (¿simbólicamente?) en los pulmones, esos órganos con los que llevamos a cabo, de manera instintiva, una de las funciones más elementales, la de respirar, y que, a la par que nos comunican con lo que nos rodea, porque todos aspiramos el mismo aire, nos permiten comunicarnos con los demás, gracias a la fonación. “Respirar”, esa acción espontánea, sobre la que no solemos meditar y que nos mantiene vivos, hoy por hoy parece un desafío. Lo que no queda muy claro es si este está siendo un desafío social o meramente individual. Me temo que la disyuntiva trasciende la gestión de la pandemia.

María Gabriela Mazzuchino

Lingüista y profesora del ITAM.

Referencias

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Ducrot, Oswald (2001). El decir y lo dicho. Buenos Aires: Edicial.

García Negroni, María Marta (2009). “Negación y descalificación: a propósito de la negación metalingüística”. Ciências & Letras. N° 45, 61-82. Disponible aquí.

Haidar, Julieta (2020). “La pandemia de coronavirus desde la complejidad y la transdisciplinariedad”. Conversatorio virtual Usos y (des)usos del lenguaje y los discursos en el contexto de la pandemia por covid-19. Centro INAH Michoacán, 16 de junio de 2020. Disponible aquí.

Jorquera Álvarez, Tamara (2020). “Efectos discursivos de la dicotomía entre salvar vidas o economía en el Chile post revuelta social”. Conversatorio virtual Usos y (des)usos del lenguaje y los discursos en el contexto de la pandemia por covid-19. Centro INAH Michoacán, 16 de junio de 2020. Disponible aquí.

Kerbrat-Orecchioni, Catherine (1986). La enunciación: de la subjetividad en el lenguaje. Buenos Aires: Edicial.

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López, Luis Enrique (2020). Ponencia sin título. Segunda sesión del Conversatorio virtual Usos y (des)usos del lenguaje y los discursos en el contexto de la pandemia por covid-19, Centro INAH Michoacán, 18 de junio de 2020. Disponible aquí.

Martín Rojo, Luisa, Noelia Fernández-González y Marta Castillo González (2010). “Discurso y gubernamentalidad neoliberal”. Viento Sur N° 168, 93-113.

Olave, Giohanny (2019). Análisis del discurso en disputas públicas. Retorno a la erística. Colombia: Universidad Industrial de Santander.

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Verón, Eliseo (1987). “La palabra adversativa. Observaciones sobre la enunciación política”. En AA.VV. El discurso político. Lenguajes y acontecimientos. Buenos Aires: Hachette.

1 Ante la expansión de la pandemia, Macron (Francia) y Sánchez (España) de inmediato manifestaron que “Estamos en guerra”. Esto se tradujo en un estado de alarma, entre otras medidas para enfrentar la emergencia sanitaria.

2 Entre ellas, Inés Olza, del CEMID, Instituto Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra. La propuesta se inspiró en el “Menú de metáforas alternativas para hablar del cáncer” de Elena Semino y un grupo de investigadores de la Universidad de Lancaster, que proponían como sustituto la metáfora de la enfermedad como “camino” (Olza 2020). Con este enlace se llega a la página de la iniciativa. También hay un correo electrónico al que pueden enviarse las metáforas de nuevo cuño para referirse al virus.

3 El autor menciona también la metáfora de catástrofe natural, utilizada, entre otros, por el Papa. Olza (2010) rescata este tipo de metáforas como otra de las opciones recomendables para sustituir a la bélica, pero no me queda claro, en un contexto como el nuestro, México, que, tras varios sismos de gravedad, sea una alternativa adecuada.

4 Las cursivas son mías.

5 A partir de un análisis discursivo que estoy desarrollando, y que se inscribe en una visión no apocalíptica de las redes sociales, defiendo que en ellas puede haber discurso político, e incluso argumentación, contra las visiones logicistas o racionalistas imperantes, solo que se trata de una argumentación “cotidiana”, que en muchos tramos aprovecha formas antiguas, por ejemplo de la Erística (como sugiere Olave 2019), y que reactualiza un género de larga data, que algunos, como Angenot (1982) creían extinto: el panfleto.

6 El decálogo, de tres páginas de extensión, fue compartido en Twitter con un enlace que remite al texto en PDF, acompañado del video del mandatario, en ropa informal, pero con un trasfondo, el del palacio presidencial, sumamente formal, además de institucional-político, que contrasta con el tono del texto.

7 “Considero que ya hemos tenido el tiempo suficiente para familiarizarnos con las recomendaciones médicas y las disposiciones sanitarias y que ahora es momento de ponerlas en práctica siguiendo nuestro propio criterio”. El singular (de quien se responsabiliza de su discurso, el locutor), da paso a la primera del plural, al colectivo dentro del cual aquel se incluye. ¿Cómo poner en práctica las disposiciones? Según esto, “siguiendo nuestro propio criterio”.

8 La cita está incompleta, y las autoras se refieren, en este aspecto del discurso neoliberal, a su énfasis por la acumulación de capital “que nos prepare para el futuro”, pues analizan etnográficamente “las lógicas y prácticas de autocapitalización” (o, generalizando mucho, la concepción de sí mismo como “capital”) por parte de los estudiantes del bachillerato internacional.

9 Expresión que permite identificar las “huellas” de la enunciación; lo subjetivo no se cristaliza solo en el uso de la primera persona, sino que también se rastrea a través de expresiones lingüísticas (como, en este caso, un nombre), los subjetivemas, que brindan indicios sobre las creencias, representaciones y sensaciones acerca de lo formulado (Kerbrat-Orecchioni 1986).

10 Debo esta referencia al corpus de lecturas del seminario organizado por el grupo de investigación lingüística MIRCo (Multilingüsmo, identidades sociales, relaciones y comunicación) de la Universidad Autónoma de Madrid. En estos tiempos de hiperconexión, este tipo de iniciativas nos ayudan a pensar en la pandemia (y en otros problemas) en un marco crítico más amplio y desde otros ángulos.

11 Un aviso de la Asociación Argentina del Fútbol (AFA), que fue muy elogiado y considerado “emotivo”, cuando no “emocionante”, retoma “la mística” del fútbol y del trabajo en equipo (cf.). El anuncio es, para Olza (2020), un ejemplo de metáfora positiva, por su valor aglutinador de lo social.

12 Entrevista en Telefé Noticias, 17 de junio de 2020.

13 En España, la interpelación también fue por momentos individual; sonada fue la etiqueta de Twitter #QuédateEnCasa, que luego se expandió a otros países, entre ellos México, y que también aparece en su forma voseante.

14 Ante el cuestionamiento de una periodista respecto de “la angustia por la cuarentena”; cf.

15 Como García Negroni (2009: 77) señala, a partir de Ducrot (2001), en realidad hay dos negaciones próximas: la polémica, que simplemente consiste en oponer dos puntos de vista antagónicos, y la metalingüística, que acabamos de definir.

16 Al comienzo, el gobierno impulsó la metáfora de “burbujas sociales”, muy cuestionada según Tristán (2020). Añadimos que, además, esta expresión, en sí misma, es un oxímoron.

17 Suscribo al razonamiento de la lingüista Elena Álvarez Mellado: “Sobre el eterno debate de el/la covid, una cosina voy a decir: si tan primordial era mantener la noción de ‘enfermedad de’, que en inglés subyace a covid, igual habría que haber traducido la sigla a la ECOVI (la enfermedad del coronavirus)”.

18 Que hasta tiene cuenta de Twitter propia.

19 El gobierno de México habilitó una página en la que, bajo la etiqueta #QuédateEnCasa, de la que ya hablamos, invita a los cibernautas a subir sus dibujos de Susana Distancia. Esto resulta algo paradójico, no solo por el mensaje del decálogo, que contempla las salidas, sino porque, en teoría, la intervención de Susana sería más lógica en el exterior.

20 Aunque, por supuesto, “El confinamiento es para los que tienen casa, no para quien vive en la calle o en la favela”, nos recuerda Julieta Haidar (2020).

21 No me detendré en este aspecto, pues constituiría materia de un texto mucho más extenso.

22 El vínculo entre los dos hechos aparece en la exposición de Tristán (2020).

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CABILDEO DIGITAL: Apuntes desde el confinamiento: tensión discursiva entre lo individual y lo colectivo
Apuntes desde el confinamiento: tensión discursiva entre lo individual y lo colectivo
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